Victimas del desarrollo


Por Carlos Victoria*

Los desastres que destruyen vidas no son obra exclusiva del invierno, ni de su inclemencia, ni de su crudeza. Los desastres se han venido construyendo, aceleradamente, desde la apropiación mercantilista del planeta. Son el resultado del llamado desarrollo económico. Es la prueba irrefutable que la sostenibilidad y sustentabilidad, políticas diseñadas como paradigmas tras la bomba atómica, la guerra de Vietnam y la carrera nuclear, han sido un absoluto fracaso. La ferocidad del capitalismo salvaje, ha sido más fuerte que las tormentas, vendavales, granizadas y avalanchas, poniendo en riesgo su propia existencia. El calentamiento global es uno de sus más espantosos logros. El desarrollo está pasando la cuenta de cobro, y la factura llega a manos de los más pobres, transformados en sus auténticas víctimas, y paradójicamente en objetivo de sus políticas.

Este desarrollo devoró las cuencas altas de nuestros ríos. Sus afluentes tampoco escaparon. Desde los años setenta las multinacionales madereras, en alianza con gamonales y terratenientes, y con la complicidad estrecha de las Corporaciones Regionales, arrasaron con los bosques nativos, para dar paso a los bosques de plantación. Así ocurrió en el Macizo Colombiano, y de ahí para abajo. Con ambas rodillas en el suelo, hacendados y mandarines importaron el modelo del Valle de Tennessee, en los Estados Unidos, para generar energía y “controlar las inundaciones del río Cauca”. Así nació otro monstruo: la represa de Salvajina. En los años ochenta nos prometieron que jamás el río se volvería a salir de su curso. Hoy los cientos de damnificados de La Virginia (Risaralda), y otros municipios del Valle del Cauca constatan lo contrario.

En la región central del país, tras la liberalización de los precios del café, los bosques cafeteros fueron talados para dar paso al paquete tecnológico de la competitividad: miles de hectáreas resultaron expuestas al denominado café de sol. Llegó el caturra, la variedad Colombia, etc., y millones de toneladas de suelo fértil salieron arrastradas a los lechos de los quebradas y ríos. Aparecieron de inmediato las avanzadas agroquímicas de la revolución verde con abonos derivados del petróleo. Patético: miles de campesinos endeudados, empobrecidos, y desplazados fueron a parar a los centros urbanos. Víctimas del afán desarrollista -como lo afirmé en 1982 en un artículo publicado por el periódico El Pueblo – campesinos e indígenas de los andes, recibieron el trato de subversivos por el Estado colombiano por reclamar su derecho a la tierra. Su descendencia abrió trocha y se instaló en las selvas del sur, como peonaje del narcotráfico. Allí llegó la guerra, la tala, las fumigaciones, la carne de cañón, el luto…la diáspora.

Los estragos del desarrollo no solo pueden contabilizarse por las víctimas y damnificados de inundaciones, remociones en masa, destrucción de cultivos y colapso de las infraestructuras. Estas son las más calamitosas. Las demás viven bajo el amparo de las estadísticas. Se suman, por lo tanto, las víctimas de la especulación financiera, de la globalización económica, del modelo de agro negocio que, en el caso de la caña de azúcar para la producción de etanol en el Valle geográfico del Río Cauca, ha destruido empleos, ha contaminado las aguas de sus ríos, y el aire que respiran los habitantes de los centros poblados. Con mis estudiantes hemos constatado, en lo que va de 2010, no menos de 600 personas atendidas en el hospital de La Virginia, con afección en sus vías respiratorias. Lo mismo debe estar sucediendo en otros municipios, donde las quemas de los cañaduzales, para facilitar su corte violan, cada vez que pueden, las restricciones establecidas a los ingenios. Léase Grupo Ardila Lula, y otros.

El economista brasilero Celso Furtado (1980) ya lo advertía “la revolución de los precios, provocada por la mayor eficiencia de la mecano factura, apresuraría el desmoronamiento de las organizaciones artesanales en regiones donde no existían condiciones para la creación de formas alternativas de empleo.” La cita viene al caso de la región observada, donde los latifundistas empujados por los precios del etanol están metiendo caña “a dos manos”, como dicen los campesinos. Hoy la gran amenaza para los corteros, no solo es el que río Cauca destruya sus ranchos en el sector de Caimalito (occidente de Pereira), sino que el Ingenio Risaralda introduzca maquinaria de corte “Si se mecaniza la industria azucarera, se reducen los costos de mano de obra pero se eliminan empleos. (Revista Dinero, febrero 29 de 2009)

Las perspectivas hoy son más pesimistas que las que hacíamos ayer (Los pecados de la minería, El Pueblo, Cali, 1984) si nos atenemos a que una de las denominadas locomotoras económicas del gobierno Santos es la gran minería. Ya podremos prever que dejará a su paso esta locomotora: destrucción, destrucción y más destrucción, en un país donde las autoridades ambientales les tiembla la mano para frenar el ímpetu del capital multinacional, pero sí son duros con los pequeños mineros, madereros, pescadores, y campesinos. Entre otras cosas esta semana en la gobernación de Risaralda se revivió el anhelo oficial de desalojar a quince familias campesinas de la cuenca alta del Río Otún, mientras a los dos o tres hacendados, entre ellos los propietarios del predio Everfit, son prácticamente intocables.

Las victimas del desarrollo reunidas este fin de semana en el Municipio de Riosucio (Caldas) son expresión legitima de la degradación de las condiciones de vida, el aumento de la pobreza, la desigualdad, el destierro, el desempleo, la hambruna, la corrupción, la violación de los derechos humanos, la impunidad, y por supuesto el desplazamiento climático. Estas voces son las señales de un pueblo que se resiste a morir en manos de la injusticia social, de la inequidad, y la desesperanza. La agenda de las víctimas del desarrollo, en Colombia, es la agenda del derecho a soñar con un país donde el grande no se devore al chico, y donde los gobiernos no sigan haciendo demagogia con los pobres. Donde tengamos derecho a vivir en paz, pero con dignidad. No a cualquier precio, ni mucho menos al costo de sacrificar los bienes naturales, ni la vida de quienes pensamos diferente. Ni mucho menos un desarrollo de sudor y lágrimas.

*Profesor Universitario

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