Lucha social en calles y fábricas francesas


La clase obrera –y, en general, el pueblo francés– viene protagonizando una de las más intensas confrontaciones contra la política neoliberal en suelo europeo.

La pretensión del gobierno de Sarkozy de reformar el régimen pensional imponiendo un aumento en la edad de jubilación se ha convertido en el detonante de una masiva movilización social que, entre tanto, dura ya varias semanas y está llamada a convertirse en referente de lucha contra una estrategia capitalista que busca descargar el peso de la crisis sobre los hombros de la población.

Contrario a los maquillajes de la más diversa procedencia, especialmente aquellos mediáticos, que se empeñan en minimizar la crisis capitalista, la situación actual de las economías europeas representa un caso contundente que demuestra que ésta se encuentra lejos de haber sido superada. La crisis ha acentuado la agresividad del capital en su incesante búsqueda por restablecer las condiciones de rentabilidad y desplegar las menguadas condiciones de acumulación. Los países de la periferia europea (Europa oriental y Grecia, hasta el momento) han sido sometidos a draconianos programas de ajuste económico impuestos por el Fondo Monetario Internacional, con miras a garantizar el pago de la deuda pública. En varios de ellos se ha asistido a una intensificación de la lucha de clases, tal y como se pudo apreciar en las calles de las principales ciudades griegas, tomadas meses atrás por cientos de miles de trabajadores. España, Portugal, Irlanda, Italia y otros países europeos
están sentados sobre el barril de pólvora del endeudamiento público; asimismo, los demás países europeos. Todo pareciera indicar que los meses venideros pueden estar cargados de una creciente movilización social en ese continente.

Más allá del sentido específico de la lucha francesa, esto es, de la resistencia de los trabajadores a conceder mayor tiempo de trabajo a favor del capital, aplazando con ello la posibilidad del descanso luego de una larga vida laboral, así como del rechazo a cofinanciar el déficit fiscal estructural con la expropiación del ingreso que representa aplazar por dos años adicionales el pago de la mesada pensional, llamo la atención sobre lo que tal lucha representa en un sentido más amplio. En efecto, por una parte, lo que se encuentra en juego es la posibilidad de derrotar en el campo de la lucha social lo que se anuncia como el inicio
de un ataque frontal y sistemático contra las instituciones del bienestar aún existentes en la sociedad francesa y la pretensión de una profundización del proyecto político-económico neoliberal, aprovechando la crítica situación socioeconómica que ha generado la crisis capitalista.

Por la otra, el sujeto político que podría asestar tal derrota trasciende el campo del trabajo asalariado para acoger todas las formas del trabajo flexible y precarizado, así como los más amplios sectores sociales y populares, en los que –sobre un fundamento de solidaridad intergeneracional– se han articulado hombres y mujeres, incluyendo a los sectores estudiantiles. Lo que se ha visto en las huelgas generales de Francia es el desenvolvimiento de la potencia del mundo del trabajo es sus más variadas formas de existencia y de organización. La calle y la fábrica francesas son hoy un campo de batalla. Nuestra solidaridad está con los desposeídos de las trincheras de ese mundo del trabajo.

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