Crisis en Europa: Alemania ve el inicio de una nueva época europea

Fuente: La Vanguardia

Por: Rafael Poch

Optimistas, prudentes, pesimistas y hasta algunos nuevos tonos anti británicos, se reparten el balance alemán de la última “histórica eurocumbre” de Bruselas. Balance en general positivo, pero al mismo tiempo confuso y lleno de inseguridades. Es la extraña combinación que provoca un sistema que no se entiende a sí mismo, y que nadie parece entender, lo que recuerda al de aquella URSS del Gosplan.

En el Frankfürter Allgemeine Zeitung, la afirmación en portada de “inicio de una nueva época europea” viene equilibrada por una prudente editorial en la sección de economía, que es un “ya veremos, quedan demasiados cabos sueltos”. La cumbre ha sido, “una buena base para recuperar la confianza en la eurozona”, ha dicho Hans-Peter Keitel, presidente de la patronal BDI.

Desde Zürich el ilustre NZZ, que ayer publicaba “on line” la preocupación de los expertos de la banca suiza por la pasividad del Banco Central Europeo, glosa en su edición impresa la “salida de la crisis de la deuda”, resultado de la “perseverancia” de Merkel. La canciller no se rige por “ambición de poder alemán”, sino por la “sobria y fría razón de una Europa estable y competitiva”, dice. Una “socialización de las deudas a través de los eurobonos” es “necedad”, afirma en su editorial.

Para Die Welt esta cumbre “cambiará Europa”. Habríamos querido más, dice, “el fin de la solidaridad ilimitada con los arruinados”, por ejemplo. Lamentablemente, todavía hay mucho del “viejo modelo francés” en esta Europa, afirma. “Sería deseable una exclusión temporal de Grecia de la unión monetaria, y si fuera necesario también de Italia”, pero algo es algo: “esta cumbre hace época y cambiará Europa y nuestro país”, estima.

El enfado con Inglaterra es casi agresivo. “Cameron es el perrito faldero de la industria financiera”, se lee en el Landeszeitung ¿ Por qué pertenece esa nación de euro-escépticos a la UE?”, se pregunta el Westfälischen Nachrichten. “Fue un error admitirlos”, dice Alexander Lambsdorf, jefe de los liberales en el Parlamento Europeo. “Ahora deberán decidir entre ser el 27 Estado de la UE o el 51 de EE.UU”, observa Markus Ferber, su colega del grupo bávaro en Estrasburgo.

No hay duda de que Merkel se ha impuesto en Bruselas, pero con una receta errada. Cameron ha sido el único que la ha rechazado, pero por motivos de la misma errada factura. Y no se sabe que es peor.

A un lado el gobierno alemán, que en lugar de pensar en Europa en términos de una inteligente solidaridad anticrisis piensa en que Europa “hable alemán”, como dijo el elocuente jefe del partido de Merkel. No un alemán razonable, sino un vulgar y prepotente dialecto del fracasado dogmatismo monetarista. Al otro lado, el gobierno británico, que en vez de afrontar la reforma del casino, protege sus intereses. En medio, un presidente francés políticamente bajito en urgencia electoral. El resto son comparsas, políticos que apenas intervienen en las cumbres europeas -por lo menos en cuestiones estratégicas- a menos que se trate de sus intereses más inmediatos ligados al plátano canario o al tulipán holandés, y que tienden a practicar el “efecto borrego”: alinearse con la mayoría. Para esa mayoría seguidista, evitar verse fuera del club de la presunta primera división, mucho más que la convicción, es la motivación principal para suscribir el nuevo pacto “17 plus”.

Se desconoce cómo se van a resolver, de aquí a marzo, los embrollos jurídicos que contiene el nuevo curso, pero se sabe que el asunto se decidirá en condiciones de recesión económica. Se desconoce cómo quedarán las instituciones europeas, cuyo papel en un nuevo marco Londres podría disputar jurídicamente.

Martin Schulz, el futuro presidente socialdemócrata del Parlamento Europeo, se pregunta si el portazo de Cameron, es, “el principio del fin de la pertenencia británica a la UE”. En tal caso, con qué consecuencias. Es sólo un aspecto. Entre Francia y Alemania hay muchas otras diferencias, de fondo y de forma. Y en los próximos meses los parlamentos europeos tendrán que ratificar la cesión de su principal poder soberano: la política fiscal-presupuestaria, base de la soberanía. Será un proceso complicado, no sólo en Praga y Budapest, feudo de euroescépticos. Todo eso en condiciones de la esperada recesión y sin un cortafuegos claro en el tema de la deuda.

Una cumbre para solucionar una crisis, la del euro, que crea otra, la de la Unión Europea, sin resolver la primera. Si los mercados siguen reaccionando a la confusión y a la inseguridad, no hay duda de que la inestabilidad que impone intereses poco sostenibles a Italia y España continuará. Políticos, publicistas y expertos están perdidos en ese bosque caótico e incomprensible, en el que, como en una película de Tarkovski, ya no funcionan las categorías de la normalidad.

El berlinés Tagespiegel es el único que se refiere al “precio” de la cumbre: “la división de la Unión Europea”, pero apenas profundiza en el asunto. El izquierdista “Tageszeitung” titula que “Merkel salva la eurocrisis”, pero su comentario de portada afirma que la canciller, “está cavando en la tumba de la UE” y que, “para los inversores está claro que la escalada de la crisis continua”.

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