La reticencia del Sur

La reticencia demostrada por América Latina después de la crisis financiera de 2008 es digna de destacar, especialmente si se la compara con el desempeño de la región en los ochenta y los noventa. Pero ahora que la economía mundial se enfrenta otra vez a la incertidumbre, la región debe encontrar nuevas estrategias para reducir los efectos que puedan derivarse de la volatilidad de los mercados financieros y de un estancamiento prolongado en las economías más ricas del mundo.

Por: Paulo M. Levy* / Project Syndicate

Si bien el crecimiento de América Latina corresponde a tendencias internacionales, no sería raro que en 2012 las economías de la región vuelvan a superar el desempeño de los países industriales. Aunque la contracción del comercio internacional y la reducción de los flujos financieros probablemente causarán cierta desaceleración del crecimiento, es de suponer que la tasa anual se mantendrá cerca del 4% promedio alcanzado por la región entre 2000 y 2008.

La abundancia de liquidez en los mercados internacionales y la persistencia de una alta demanda por parte de China y la India pueden evitar que los precios de loscommodities (especialmente los de los productos agrícolas) caigan tanto como durante la crisis de 2008 y 2009. Las ganancias en términos comerciales han sido fundamentales para el crecimiento de la región, dados los bajos índices de ahorro interno en América Latina, porque alientan las inversiones sin provocar un gran deterioro del balance de cuenta corriente.

La presencia de intensos flujos de ingreso de capitales, especialmente en la forma de inversión extranjera directa, y la recuperación de las condiciones de intercambio producida de 2009 a esta parte han vuelto a la región menos vulnerable a perturbaciones externas (es decir, a una repetición del abrupto cambio de sentido de los flujos de capitales ocurrido a fines de 2008 y principios de 2009). Y lo que es más importante, la mayoría de los países latinoamericanos han sabido tomar medidas anticíclicas para mitigar cualquier impacto externo negativo.

Por ejemplo, muchos países que estaban contrayendo su política monetaria cuando aparecieron los primeros signos de turbulencia han puesto freno a la subida de los tipos de interés o, como Brasil, ya han comenzado a reducirlos. Además, los ajustes recientes aplicados en la mayoría de los países latinoamericanos evitaron que la situación presupuestaria y el déficit de cuenta corriente se conviertan en fuentes de vulnerabilidad.

Es lo que aparentemente sucede en Perú, donde la prudencia fiscal mantuvo el déficit y la inflación bajo control. Y lo mismo puede decirse de Colombia, ya que allí las buenas previsiones de ingresos podrían permitir un aumento temporal del gasto que contrarreste cualquier riesgo procedente del exterior. Excepciones notables son Argentina y Venezuela, donde las tensiones macroeconómicas han reducido la posibilidad de aplicar medidas anticíclicas, y México, cuyo destino está ligado al de los Estados Unidos por vínculos comerciales a gran escala.

En Brasil, el país más grande (y uno de los más prósperos) de la región, vemos reflejadas varias de las tendencias económicas de América Latina. Tras el estallido de la crisis financiera global en el último trimestre de 2008, hubo en Brasil una abrupta caída de los tipos de interés, el crédito se expandió con rapidez y la política fiscal pasó de ser neutral a fuertemente expansiva. Además, la cuantiosa inyección de fondos del Tesoro brasileño al Banco Nacional de Desarrollo también contribuyó a proteger al país contra la pérdida de inversiones.

Esta política de estímulo llevó a un crecimiento firme tanto del consumo como de la inversión, y la actividad económica se recuperó rápidamente. Mientras la apreciación cambiaria del real ponía un tope a los precios de los bienes transables, los bienes no transables (especialmente los servicios) siguieron actuando como una fuente de presiones inflacionarias. Para combatir el acelerado aumento de precios, a fines de 2010 las autoridades adoptaron medidas tendientes a detener el sobrecalentamiento de la demanda interna, primero por medio de restringir el crédito y aumentar los encajes bancarios (el tipo de medidas que se conocen como “macroprudenciales”) y luego mediante una reanudación de la subida de los tipos de interés.

Pero el pasado agosto, el súbito deterioro de las condiciones financieras externas y la perspectiva de un estancamiento prolongado en Europa y los Estados Unidos indujo a Brasil a invertir el rumbo de su política. El banco central ya redujo en 150 puntos básicos el tipo de interés de referencia, al 11%, y se espera que la tendencia a la baja llevará los tipos reales a mínimos históricos dentro del período posterior a la crisis.

Pero tal vez el precio que haya que pagar sea que la inflación anual se mantenga considerablemente por encima de la meta del 4,5%. De hecho, en fecha más reciente, las restricciones al crédito implementadas a fines de 2010 fueron relajadas para estimular la demanda de los consumidores.

Además, es probable que este año la política fiscal brasileña pase de ser restrictiva a neutral o ligeramente expansiva. El gobierno prometió que haría el cambio más gradualmente que en 2009-2010, lo que dará flexibilidad para reducir los tipos de interés en el largo plazo.

En 2012, el gobierno planea aumentar el salario mínimo en un 14% de acuerdo con la regla actual de ajuste, con un fuerte impacto sobre las prestaciones de la seguridad social. También es probable que se retomen los gastos en inversión pública que durante el año pasado estuvieron restringidos. Estas medidas, sumadas a una reducción de la recaudación impositiva, deberían reducir el superávit primario y contribuir a revitalizar la demanda.

América Latina ha logrado avances sustanciales en su marco de política macroeconómica, lo que da a sus autoridades más espacio de maniobra para suavizar el impacto de las perturbaciones externas. Pero cuando se trata de fomentar el crecimiento económico a largo plazo, administrar la demanda no es suficiente. Las autoridades latinoamericanas, que supieron timonear con éxito sus países a través de la crisis, ahora deben reemprender las reformas necesarias para mejorar la competitividad y garantizar que las altas tasas de crecimiento logradas sean sostenibles.

* Paulo M. Levy es economista investigador en el IPEA, instituto estatal de investigaciones económicas aplicadas del Brasil.

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