En torno a la peatonalización de la Séptima

Análisis reflexivo de un habitante del Centro de Bogotá: desde las diferentes visiones y escalas del centro de la ciudad, pasando por los sucesivos modelos de ciudad que han fracasado sistemáticamente, pasando por edificios fantasmas hasta tratar de encontrar juntos el alma de la ciudad.

Por: Manuel Hernández Benavides* / Razón Pública

Varios “centros” y varias “ciudades”

Se tiene la idea de que el Centro de Bogotá es una parcela urbana de treinta cuadras y punto. Hay otra versión: el Centro Ampliado. Y una tercera más reducida: La Candelaria y el barrio de la Catedral. Todas tienen razones en su delimitación y es necesario referirse a esas formas de vida urbana.

Comencemos por la más grande: el Centro Ampliado. Este sería un sector de alta concentración de universidades y que iría desde la Avenida Sexta hasta la calle 45 y desde los Cerros hasta la Carrera Treinta. Así lo ha entendido un grupo de urbanistas y de analistas urbanos que siguen las lúcidas indicaciones de Carrizosa Umaña en su libro sobre Desequilibrios territoriales y sostenibilidad local, publicado por la Universidad Nacional hace siete años, poco conocido y menos comentado.

Este sector — llamémoslo matriz de la ciudad — daría pie para pensar efectivamente en una redensificación como la propuesta por el alcalde Petro, que se extendería aún más: abarcando barrios como los que rodean la carrera 24, que llegaría por el norte hasta el Parque Simón Bolívar y se extendería hacia el sur, hasta los límites de la Avenida Primero de Mayo en su confluencia con la NQS.

Ese sector de la ciudad está regido de alguna manera por los ritmos que impone el corredor universitario, deshabitado en gran medida o muy poco densificado. A veces uno se pregunta cómo es posible que los buses de Transmilenio por la Caracas y próximamente por la Décima se reflejen en extensas cuadras de edificios vacíos. Una ciudad fantasma viendo pasar unos articulados atestados.

Hay algo que no marcha en el diseño de la movilidad de la ciudad, pues se han ignorado los nuevos cauces y se cree aún en los recorridos hacia y desde el centro histórico como el único eje de movilidad que habría que reforzar. Esto demuestra lo poco que los analistas han ampliado sus visiones a medida que la ciudad ha ido recibiendo nuevas corrientes migratorias.

Hay otra ciudad al suroriente y otra al noroccidente. Seguimos lejos de una visión integral de la ciudad y de sus necesidades y expansiones futuras. Se podría proponer una discusión territorial sobre el diseño y la política que dio origen y vida a las actuales localidades.

De troncales y vendedores ambulantes

Este tema recurrente ha sido tratado sin embargo de forma poco rigurosa. Los medios masivos de comunicación intentan centrar sus enfoques sobre la Carrera Séptima, ahora que van a demoler el puente sobre la Calle Veintiséis. Lo que se viene es una demolición en toda regla.

Incluso se podría decir — y Petro lo ha insinuado — que algo torpe tiene que haber en el diseño de la troncal de Transmilenio por la Veintiséis, si no se pudieron conservar los puentes de la Trece, la Caracas y la Décima, aparte del de la Séptima. Esto ya es irreversible. Los elevados costos y el enfoque faraónico se impusieron sobre la sensatez y la moderación.

Por lo mismo, no se trata tanto de una “peatonalización” deliberada, sino de una medida parcial y temporal para soportar el cierre de la arteria vial y sus consecuencias en la irascibilidad de un sector de bogotanos.

Y la forma también recurrente como se usa el coco de las vías de una ciudad como Bogotá: los vendedores callejeros o ambulantes. “No habrá vendedores” se dice y mientras tanto crece la aversión por estos. Ni un grupo especializado de sociólogos tendría una respuesta unánime.

Aventuremos: es el temor a la inclusión. Es una aversión a la pobreza expresada en la necesidad del “rebusque”. Es la tasa obstinada del desempleo. Es la mirada de otro que no comprendemos ni vamos a comprender nunca. Es una forma de zafarse de cualquier intento de comprender lo que de verdad está pasando. Es una forma de pasar de agache por parte de comerciantes, intermediarios de enormes empresas de productos chinos, algo así como los dueños de los contenedores que surten al más grande mercado a cielo abierto de Bogotá: el que se va a construir de San Victorino hacia abajo y que abarca el antiguo San Andresito, detrás del Hospital San José. En fin.

Ciudad para mostrar, ciudad para vivir

Hasta se podría hablar de las consecuencias indeseadas o no previstas del modelo de ciudad derivado del city marketing. En 1997 nace y se comienza a propagar una idea: es preciso mercadear a Bogotá, como una marca en los mercados de inversionistas globalizados. Hay que retocarla, maquillarla, venderla, ponerla atractiva. Hay que atraer capital extranjero a los servicios públicos. En ese macroproyecto estratégico y muy simbólico, se diseñan hoteles con fácil salida al aeropuerto, se multiplica por seiscientos o más la capacidad de camas en hoteles de cinco o más estrellas.

Pero la ciudad grande, caótica, con trescientos mil desplazados, mantiene su inercia. Y en esa paradójica dinámica inercial, sin proyecto ni modelo de ciudad, el electorado de esta dichosa capital decide votar por los candidatos que justamente no representan el city marketing, sino otra cosa que ese mismo electorado no sabe qué es ni qué puede ser.

Mientras tanto se conquista la gratuidad en los colegios públicos, crece la inseguridad por las pandillas menudas y se paralizan los proyectos por falta de definición del Plan de Ordenamiento Territorial (POT).

Se acaba de conquistar un derecho para los estratos uno y dos: el mínimo vital de agua; se logra convencer a los que toca del desarme obligatorio, y se habla de la gobernanza del agua y de la densificación del Centro Ampliado.

Mientras tanto, el tema menor de la peatonalización vacilante del Centro Pequeño se vuelve a agitar para desconcierto de los comerciantes de La Candelaria y de los cada vez menos visitados almacenes de la Séptima.

Y a los medios masivos de comunicación lo único que se les ocurre es asustar con el coco de los vendedores ambulantes. Y la Alcaldía, en su afán por dar una respuesta, garantiza que no va a tolerar a los vendedores, sólo a los censados, a quienes se les asignarán casitas pintorescas o toldos gitanos. Ya se ha evidenciado el uso disfuncional de los módulos metálicos gemelos que en poca cantidad sirvieron para demostrar que el problema será siempre mayor que las soluciones.

Por la peatonalización de las ideas

El POT se sigue pensando por localidades y no por integralidades o articulaciones. Este año será la definición, y la ciudadanía debería, en la medida de lo posible, tomar conciencia de lo que está pasando: en veinte años Bogotá pasó del modelo de coqueteo simbólico del primer Mockus, a quien algunos todavía toman en serio, a la crisis del modelo de city marketing que ya cumple quince y a la elección de Petro.

¿Qué vendrá? El descrédito sistemático del alcalde Petro, por parte los medios, y la tornadiza opinión, que pedirá más obras cuando debería estar vacunada contra esa enfermedad: el faraonismo inane.

Cada vez habrá más desplazados con cédula, deseosos de votar pero sin saber para qué. Y en ése panorama del entorno de los cuatro centros: el íntimo, el Histórico, el Centro Ampliado y el Ampliado Plus, mucho habrá que pensar y hacer.

La Candelaria y La Catedral, la Concordia y Las Aguas, la avenida Ciudad de Lima y el corredor universitario entre los cerros orientales y la carrera treinta, incluyendo a la Universidad Nacional, bien soportan abundantes calles y carreras peatonalizadas.

Este Centro debe aceptar un reto que es visible e invisible a la vez. El de ser un núcleo de mediación entre la ciudad del norte y la del sur, que lleva hasta el estigma de la S en su nomenclatura. Entre la ciudad excluida, pero activa comercialmente y la ciudad excluyente, burocrática y financiera, del Centro Internacional, la Setenta y Dos y la Cien.

Esa ciudad que se sueña con ser una integralidad, capaz de vivirse sistémicamente, requiere un POT que incluya estas consideraciones. Y otras muchas más. La peatonalización así vista sería una respuesta a la tan manida reacción de muchos habitantes de Bogotá. Sólo se puede ser peatón donde ya no se es peatón: en los centros comerciales.

Debajo de esta frase fácil se esconde un problema de fondo: la desaparición del espacio público en el territorio y su sustitución por lasredes sociales, como lo había previsto Castells.

No es la peatonalización del centro un tópico de poca monta. Es un reto enorme y una propuesta para soñar. Y soñar es lo que hay que hacer. No se comprende una participación democrática sin sueños y sin comunidades, más allá de la mecánica de la participación o de sus consecuencias en las artes de la ciencia política. Gestar comunidades y aceptar los envites de los modelos de ciudad y las apuestas de los proyectos para ponerlos en obra.

Pero eso será para cuando el POT muestre cómo se va a interpretar un proyecto de ciudad conforme a un modelo de ciudad. Y aclarar estos dos conceptos tarda y requiere de una peatonalización de las ideas. Eso sí está lejos.

* Escritor y profesor universitario. Su novela Ése Último Paseo es una visión de Bogotá desde comienzos del siglo XX hasta el emblemático y trágico año de 1985. Ha participado en múltiples encuentros académicos sobre temas urbanos y fue consultor de la Agencia Española de Cooperación ante la Empresa de Renovación Urbana, para el tema de la sostenibilidad urbana, entre 2005 y 2006.

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