El síndrome de El Caguán: lecciones de un fracaso

Durante más de tres años se habló de paz para hacer la guerra. Son muchas las lecciones no aprendidas. La principal: solo cuando una guerrilla ha decidido salir de la guerra es posible un diálogo hacia la paz. Pero aún así, se requiere una presencia activa de la comunidad internacional y de la sociedad civil…y reconocer la existencia del conflicto.

Por: Jaime Zuluaga Nieto* / Razón Pública

Iban por todo el poder

A mediados de 1999 visité la Zona de Distensión en seguimiento de los diálogos iniciados entre el gobierno nacional y las FARC. Tuve la oportunidad de preguntarle a Alfonso Cano por qué estaban en un proceso de paz. La respuesta fue sorprendente: “Aspiramos a conformar un gobierno de coalición en el que nosotros, las FARC, seamos al menos el 50 por ciento. Si no es así, seguimos haciendo la guerra, que es lo que sabemos hacer, y vamos por todo el poder.”

Evidentemente las FARC creían estar en condiciones de conquistar el poder por las armas o, subsidiariamente, por el diálogo. También la Agencia de Inteligencia de Defensa de Estados Unidos y otros “tanques de pensamiento” cercanos a Washington estimaban que —de continuar las FARC golpeando a las Fuerzas Armadas— podrían derrotar al Ejército en cinco años.

El paramilitarismo venía creciendo. Acababa de agruparse en las AUC y había iniciado una escalada sangrienta para extender su presencia en el norte; el narcotráfico consolidaba sus redes criminales y su poder económico. Masacres, desapariciones forzadas, asesinatos selectivos, secuestros, golpes a las Fuerzas Armadas y un gobierno afectado por la crisis de legitimidad configuraban un marco de cuasi-anarquía: en el debate internacional, Colombia se consideraba como un “Estado fallido” en potencia.

Ante semejantes condiciones, algunos sectores de la sociedad civil —golpeada por las violaciones a los derechos humanos y al derecho internacional humanitario— promovieron el Mandato Ciudadano por la Paz, la Vida y la Libertad. En octubre de 1997, diez millones de colombianos dijeron no a la guerra y a sus atrocidades. Sin este Mandato, los diálogos de paz no hubieran sido posibles o, al menos, no habrían contado con el respaldo interno e internacional que tuvieron ese 7 de enero de 1999.

Silla vacía, premonición de un diálogo vacio

La presencia del presidente, de representantes de organizaciones sociales y de paz, de gremios económicos, de Naciones Unidas, del Grupo de Países Amigos, del embajador de Estados Unidos —y con el Mandato por la Paz como telón de fondo— rodearon de legitimidad y de expectativas el inicio de los diálogos, a pesar de la premonitoria “silla vacía” y de la ausencia de Marulanda.

Este acto es revelador de las fortalezas y debilidades de un proceso nacido en medio de la campaña electoral de 1998. Si bien era indispensable el liderazgo presidencial, el haber puesto desde un comienzo al presidente como interlocutor directo en un proceso tan complejo desgastó la figura presidencial ante sus interlocutores y ante la sociedad, y de paso envió un mensaje equívoco a las FARC que debieron interpretarlo como expresión de debilidad frente a la guerrilla.

A la comunidad internacional nunca se le definió adecuadamente su papel en el proceso, se desperdició su presencia durante más de dos años y solamente al final, cuando ya el diálogo se encontraba en deterioro irreversible, se trató de aprovechar ese potencial. Una lección aprendida: todo proceso de paz requiere del acompañamiento estructurado de la comunidad internacional.

Se desperdició también la participación de la sociedad civil. Esta se canalizó a través del Comité Temático y de las Audiencias Públicas:

  • El Comité se integró con representantes del gobierno escogidos entre personalidades provenientes de organizaciones sociales y empresariales, y con los delegados de la guerrilla. La representación gubernamental nunca tomó iniciativas, no planteó propuestas para estructurar la agenda y en general su participación fue improvisada.
  • Las Audiencias — acordadas a instancias de las FARC — convocaron alrededor de 25 mil personas, pero funcionaron más como un “muro de lamentaciones” y una tribuna de denuncia política que como espacio organizado para la participación de la sociedad con incidencia en la agenda.

La Agenda Común hacia una Nueva Colombia, concertada entre las partes, resultó de una magnitud tal que la hacía inviable. Su concreción habría hecho de la Mesa un sustituto de la institucionalidad democrática. Otra lección aprendida. 

“Diálogo sin condiciones”, ingenuidad sin límites…

Pastrana aceptó durante la campaña electoral la exigencia de las FARC de “despejar” cinco municipios para iniciar el diálogo. Propuso además una “agenda abierta y sin condiciones previas”, lo que tuvo implicaciones posteriores en el diseño del proceso.

La falta de condiciones afectó gravemente el desarrollo del diálogo. El control de la Zona de Distensión se dejó enteramente en manos de las FARC, sin acordar una reglamentación clara para su funcionamiento. Adecuadamente reglamentada, otro habría sido el manejo de las discrepancias.

Las FARC aprovecharon de la peor manera estas ventajas regaladas por la contraparte, que de paso alimentaron su prepotencia. Si el propósito explícito del gobierno fue construir confianza mediante esta “ausencia de condiciones”, el comportamiento efectivo de las FARC fue el de “abusar de la confianza”.

Este proceso se inició durante la campaña electoral y fue elemento central de ella. Otra lección: un proceso de paz no debe estar contaminado por las urgencias electorales. La improvisación y las concesiones a la contraparte deben quedar excluidas desde el inicio.

Negociar en medio del fuego 

Un elemento novedoso — pero a la larga equivocado — fue intentar negociar en medio del conflicto. Solamente la Zona de Distensión quedaba al abrigo de la guerra. Era una manera de desprenderse de los modelos aplicados durante las administraciones de Betancur y Barco, en los que se convino el cese al fuego.

El ensayó fracasó y produjo el “síndrome del Caguán”: rechazo a toda negociación política, a “despejes” y a agendas reformistas. Adelantar diálogos en medio de la guerra, de violaciones de derechos humanos y del derecho internacional humanitario, del narcotráfico y del paramilitarismo en ascenso en connivencia con sectores de las Fuerzas Armadas y de las élites políticas y económicas, es una empresa imposible si los diálogos no se transforman en negociación y se logran acuerdos que alivien la situación de la población.

Jugando con cartas trucadas

Pero había más en el trasfondo. En su libro La Paz en Colombia, Fidel Castro cita los memorandos de Arbesú, responsable del Departamento de América del Comité Central del Partido Comunista cubano, donde le informa de sus diálogos con Marulanda, quien tenía claro que la guerra no iba a parar, que el presidente no era capaz de controlar a los enemigos de la paz y que estábamos ad portas de una intervención militar estadounidense.

De allí que “la única forma de presionar al gobierno es la guerra, y que esta no se paralizará, por lo que no aceptarán un cese al fuego; muy por el contrario, en breve iniciarán una fuerte ofensiva militar que pretenden generalizar a todo lo largo del país… por tanto, se abren dos frentes: el militar y el político” [1].

Y efectivamente prevaleció el frente militar. Las FARC no estaban dispuestas a salir de la guerra… salvo si el diálogo los conducía al poder como lo expresó Cano. Y en su prepotencia, abusaron al límite y agudizaron la degradación de la guerra.

Por su parte el expresidente Pastrana escribe en febrero de este año que “Optar por el monopolio de la fuerza con las Fuerzas Armadas y la Policía -desechando la enquistada noción de la fuerza del Estado compartida con las Convivir y el narcotráfico- fue el giro histórico y definitivo para la seguridad. Con el Plan Colombia, este vuelco hacia la institucionalidad nos permitió sentarnos a la mesa de diálogo en desventaja inicial, prácticamente desarmados, con la certeza de que se habría de concluir, tras éxito o fracaso, con un Estado armado hasta los dientes y listo, como nunca antes, tanto para la guerra como para la paz” [2].

También el gobierno jugó con los frentes militar y político: el “Caguán” y el Plan Colombia, sin lograr contener ni al paramilitarismo ni al narcotráfico, ni frenar la “cooptación forzada del Estado” por estas fuerzas.

Aprender de la experiencia

La síntesis es ilustrativa: durante treinta y nueve meses, más de tres años, se habló de paz, sin avanzar en la negociación, pero se hizo la guerra. Y la lógica de la guerra acabó por imponerse. El gobierno olvidó otra lección esencial de los procesos de paz exitosos de los años noventa con el M19, el EPL, el MAQL y el PRT: una condición para sacar adelante un proceso de paz es partir de la decisión del grupo insurgente de salir de la guerra.

Sin esta decisión de por medio gobierno y FARC jugaron, cada uno a su manera, a ganar tiempo. El resultado fue el “síndrome del Caguán”, el país militarizado, precipitado en una crisis humanitaria y de derechos humanos cada vez más grave y el inicio de una nueva etapa de nuestra guerra prolongada: la de la seguridad democrática y la cooptación forzada del Estado por narcos y paramilitares.

Lo que fracasó en el Caguán no fue la opción de la salida política negociada, sino un inadecuado diseño y un peor manejo del diálogo, tanto por parte de las FARC como del gobierno nacional.

Ahora,el desafío es superar el “síndrome del Caguán” y retomar la opción de la solución política negociada, bajo un nuevo diseño desde luego, donde no tienen cabida zonas de distensión como las que conocimos en el pasado y para el cual habrá que pensar seguramente en nuevos contenidos de la agenda.

La lectura de este fracaso y de los diez años de políticas orientadas a poner fin a la guerra por la vía militar deja algunas lecciones claras: la guerra no es el camino y son elementos esenciales para el diseño de un nuevo modelo de negociación política el reconocimiento del conflicto armado y de los factores que alimentan su reproducción, la participación activa de la sociedad civil, el acompañamiento internacional y el aprendizaje de las experiencias pasadas.

* Profesor investigador de la Universidad Externado de Colombia y profesor emérito de la Universidad Nacional de Colombia.

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