Extorsionistas del Micrófono

Por estos días mandatarios locales y regionales cumplen sus primeros tres meses de gobierno. Para todos, con escasas excepciones, iniciar ha sido complicado. Las rentas fueron esquilmadas; la información, de manera tradicional, no apareció porque los contratistas se la llevaron al terminar su vínculo laboral; los funcionarios nuevos, algunos inexpertos, apenas se van articulando a los engranajes y programas institucionales; y la presión de mucha gente por conseguir empleo o un contrato hace difícil el arranque de los gobiernos. Pero existe una talanquera peor: el chantaje o extorsión de algunos medios.
Por: Agustín Angarita / Blog de opinión y análisis
Es frecuente escuchar a los mandatarios quejándose del tema. Para ellos es muy engorroso sentir cómo desde los micrófonos, la mayoría de las veces, o desde la prensa escrita o desde la televisión, infaman, lanzan acusaciones temerarias, exageran temas, manipulan informaciones o traman ataques sistemáticos con el único fin del chantaje.
Por ejemplo, en una capital intermedia, un curtido periodista y su delfín, desde los micrófonos de una radiodifusora, se dedica a difamar del mandatario y su gobierno, para después de varias semanas de injurias y mentiras (del “periodo de ablandamiento”, como lo llaman ellos), hacerle saber al mandatario que por cifras, digamos de diez millones de pesos mensuales, podría hacer que sus micrófonos se vuelvan gobiernistas de inmediato, “al otro día”. Y que si con frecuencia les “engrasan” la mano con uno que otro millón, los comentarios sólo serían alabanzas, loas y ditirambos. Para que no se note el talante inmoral de sus procederes, rezan, invitan a su empresa radial a funcionarios que luchan contra la corrupción para poder posar de anticorruptos, de cívicos, honorables y enamorados del terruño.
Pero ahí no para el chantaje, además del dinero en propaganda y de los “engrases”, pide grandes sumas para los eventos especiales que monta, siempre soportados en los recursos estatales. Además, tiene contratistas propios, y exigen contratos amañados y a la medida de sus secuaces con los que ya tienen pactada su jugosa comisión por contrato conseguido.
Ese tipo de periodismo rastrero, que se vende al mejor postor, que no tiene escrúpulos y que su único dios es el dinero, pone contra la pared a muchos funcionarios. Y lo hace porque la ciudadanía en general no conoce cómo actúan los que supuestamente la informan. Porque le da credibilidad a toda clase de información que salga de este tipo de medios de comunicación y porque existen mandatarios que no se amarran los pantalones y se dejan manosear de estos verdaderos sicarios del micrófono. La verdad es que, de esta calaña, son pocos los periodistas, si ese nombre les cabe. Pero el daño que hacen enloda la profesión más bella del mundo, como la llamó Camus, hiere de manera grave la democracia, insulta a los ciudadanos y transforma el cuarto poder en la licencia para mentir, chantajear y extorsionar.
Estos negociantes de la información, desesperados por sus bajas audiencias, se unen con los derrotados para amenazar con revocatorias del mandato y además demoler credibilidad y honor de los gobernantes que se nieguen a pagarles.
Amigos lectores, ¿creen que en esta ciudad tenemos personajes de esa talla? ¿Creen ustedes que el CTI debería investigar sus actuaciones y las autoridades nacionales evaluar si merecen licencias de funcionamiento y permisos de trabajo…?
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