Entre el cambio climático y la maldita Niña: ¿hasta dónde llega la responsabilidad del gobierno?

Parte por obra de la naturaleza, pero más por la historia acumulada de daños ambientales y por la falta de liderazgo, de prevención y de coordinación, este gobierno que se dice tecnocrático ha fracasado al manejar las crisis invernales. La nueva ley evoca el complejo de Adán… sin recordar a Noé.

Por: Camilo Cárdenas Giraldo *  / Razón Pública

Buscando culpables

En 2010, a raíz de los daños causados durante la primera ola invernaldel actual gobierno, el Cambio Climático fue oficialmente declarado culpable de lo que estaba ocurriendo.

Ante el reclamo generalizado por la falta de labores preventivas o de mitigación, el gobierno nacional pasó a culpar a los gobernadores y alcaldes por no haber hecho nada al respecto.

Debido a las protestas de estos últimos, las Corporaciones Autónomas Regionales fueron mostradas como las verdaderas culpables. Se anunció un revolcón y los mandatarios territoriales se calmaron porque, de inmediato, con el argumento de la descentralización, se les empezaron a girar los enormes recursos aprobados para la emergencia invernal, sin que existieran aún procedimientos ni criterios para utilizarlos, ni tampoco estudios o planificación alguna.

Esto fue motivo lógico de numerosos problemas que solo ahora están saliendo a la luz pública, debido a las protestas de la ciudadanía, las investigaciones de la Contraloría y aún a debates en el Congreso Nacional.

Llegó el año 2011: el presidente declaró a la “Maldita Niña” como el karma de su mandato y responsable del desastre que sufrió el país, debido al aumento de los daños acumulados entre la primera y la segunda ola invernal.

Ante los nuevos clamores en cuanto a que tampoco se habían adelantado tareas preventivas entre una y otra ola —aunque la segunda Niña también había sido anunciada— el gobierno declaró que el de 2010-2011 había sido el fenómeno de “la Niña más fuerte de la historia” y que por ello Colombia no estaba preparada; además, que la continuidad de las lluvias no había permitido realizar acciones preventivas, porque no habían sido dos sino una sola temporada invernal.

Nos encontramos ahora a mitad de camino de un invierno normal, sin Niña de por medio: en el norte del país aún no han comenzado las lluvias, pero desde hace ya varias semanas las principales noticias en los medios se refieren a inundaciones y a daños ocasionados por laactual temporada invernal en cerca de una tercera parte de los municipios, sin que la mayoría de los daños producidos en los dos años anteriores se hayan reparado.

Ante esa situación, la ciudadanía, los gobernantes territoriales, el Congreso y los medios de comunicación se preguntan qué está sucediendo ahora, por qué tanto daño durante un invierno normal, qué se hizo con los billonarios recursos aprobados para la emergencia, y por qué no se adelantaron labores preventivas para evitar lo que está sucediendo.

Al parecer, las explicaciones ofrecidas por el gobierno ya no resultan tan convincentes: los actores han aprendido a no “tragar entero”. Encuestas recientes indican que el mal manejo de la emergencia invernal ha sido una de las razones del descenso en la popularidad del presidente.

Diagnóstico equivocado

Frente a este panorama desolador, se necesita examinar el peso relativo de los factores que han incidido sobre la situación actual:

  • Primero, independientemente del cambio climático, Colombia ha sido siempre uno de los países con más alta pluviosidad en el mundo: una precipitación media anual dos veces superior a la de América Latina y tres veces el promedio mundial.
  • El cambio climático y sus efectos son una realidad global. Pero es aún materia de discusión el fijar con precisión en qué medida ese fenómeno afecta al territorio colombiano en particular.
  • Existe casi unanimidad en cuanto a que los eventos meteorológicos extremos serán cada vez más frecuentes y de mayor magnitud.
  • La presencia alternada de eventos Niño/Niña no es nueva ni es casual; son manifestaciones de la naturaleza normales y recurrentes, que se presentan desde hace miles de años y cuya periodicidad es variable.

Si el gobierno nacional tuviera un diagnóstico claro, ya debería haber ofrecido excusas al país por el error de llamar Maldita Niña a una manifestación propia de la naturaleza, expresión que en boca del primer mandatario no contribuye propiamente a arraigar una cultura racional secular, una cultura de prevención elemental frente al clima y una cultura de conservación del agua en particular, que tanta falta nos hace.

Ni liderazgo ni planeación

Como no puede esperarse que el presidente sea un especialista en riesgos y desastres, parece claro que el mandatario carece de asesores que lo orienten en políticas para el manejo acertado de este tipo de crisis.

La sensación generalizada es que el gobierno va corriendo detrás de las emergencias, dejándose sorprender a diario por los acontecimientos e improvisando cada vez la respuesta y las medidas frente a los hechos.

Se ven muchas cabezas: el Presidente de la República, los jefes de Colombia Humanitaria, de la Unidad Nacional de Gestión de Riesgos, del Fondo de Calamidades, del Fondo de Adaptación, pero no se observa un liderazgo claro en el manejo de las crisis, tanto sobre el propio Estado, como sobre la sociedad en su conjunto.

Parecería que lo importante fueran los discursos y el efecto apaciguador de los anuncios. Se habla a diario de plata y de mercados disponibles o entregados, despertando grandes expectativas que no se están cumpliendo, según la opinión de diferentes actores en los distintos territorios.

Pero ninguno le dice al país y a las regiones para dónde vamos en cuanto a políticas, planes y programas, ni hay quién explique los términos y cronogramas para ejecutar los proyectos concretos de prevención, mitigación, recuperación y reconstrucción, que son los que interesan a los ciudadanos de cada localidad.

A esa grave deficiencia de liderazgo se suma la falta de una estrategia de comunicación de doble vía con las regiones y las poblaciones, como lo amerita una situación de crisis, tal como la que con muy buenos resultados fue desarrollada después del terremoto del Eje Cafetero.

Para lograrlo, en esta ocasión el gobierno pudo haber rescatado la experiencia de organización del Estado acumulada por el Sistema Nacional en anteriores situaciones de desastre, aunque haya sido severamente debilitado por los gobiernos anteriores.

¿Un nuevo sistema de prevención y atención de desastres?

A propósito, el presidente sancionó recientemente la nueva ley del Sistema Nacional para la Gestión de Riesgos, puesto que las leyes creadoras del Sistema Nacional para la Prevención y Atención de Desastres en 1988 y 1989 ya requerían una actualización, insistentemente solicitada de tiempo atrás.

Sin embargo, estas normas han sido el referente en América Latina durante más de dos décadas para la creación de sistemas para la gestión integral de riesgos, ya que contienen lo fundamental para trabajar en forma organizada y descentralizada, con concepto preventivo y con lo esencial para dirigir y coordinar las acciones del Estado central y territorial. Sobre esas bases, Colombia había logrado numerosas experiencias preventivas de reducción de riesgos y manejo de situaciones de desastre, que se le reconocen internacionalmente.

No tiene buena presentación que el gobierno pretenda insinuar que solo ahora, con la expedición de la nueva ley, habrá un Sistema Nacional para la Prevención y Atención de Desastres, pues más parece una disculpa algo cínica.

Como si por primera vez el país fuera a pasar de la atención de emergencias al conocimiento de los riesgos y al trabajo preventivo, y como si gobierno, comunidades y sector privado fueran a trabajar en conjunto por primera vez.

Por todo esto podríamos tomar textualmente las palabras del señor Presidente, expresadas el año pasado ante un episodio del conflicto interno, y decir a los funcionarios del Gobierno Nacional: “No nos crean tan pendejos”.

La vulnerabilidad creció

Bajo ninguna circunstancia se puede culpar al actual gobierno por los daños causados durante esta crisis invernal. Aunque se discuta si la pasada Niña fue la más fuerte de la historia, es innegable que las vulnerabilidades sociales, ambientales, físicas, económicas e institucionales del país son las principales causas de los daños invernales -y que estas han crecido sustancialmente en las últimas décadas. Entre las muchas fuentes de vulnerabilidad que vienen creciendo de tiempo atrás se destacan la pobreza, la marginalidad y las desigualdades, el deterioro ambiental, la ocupación de zonas de amortiguación de crecientes, la construcción de diques y carreteras en sitios inadecuados, el desplazamiento por el conflicto interno, el crecimiento desordenado de las ciudades, la corrupción y el desconocimiento de las normas y de los planes de ordenamiento territorial.

Esas son las causas que deberían estarse atacando; en muchas de ellas el punto central no son los recursos económicos sino la decisión política del gobierno. Pero, ante todo, el abandono de la planificación preventiva durante más de diez años ha contribuido a que el problema crezca y a que se hayan perdido la experiencia acumulada y los avances que se habían logrado en incorporar el concepto preventivo en la cultura institucional y ciudadana.

Desde 2010 se viene mencionando que se va a trabajar con concepto preventivo, sin que por lado alguno aparezcan las directrices sobre cómo, cuándo y quién debe hacerlo. Más bien parecería que casi todo el gobierno confundiera la gestión preventiva de los riesgos con los preparativos para la atención de emergencias, y que primara la búsqueda de resultados inmediatos, sin visión de mediano y largo plazo.

 En el pasado sí hubo experiencias destacadas

Otra disculpa reiterativa del gobierno es que ante “la Niña más fuerte de la historia”, Colombia no tenía experiencia para abordar el desafío.

Por eso valdría la pena que los funcionarios responsables revisaran textos y noticias -o consultaran a los expertos en la materia- porque algunos de ellos opinan que en otros eventos —como la Niña 1988-1989— se presentaron lluvias aún más intensas que las recientes.

Las inundaciones de entonces afectaron a cerca de la tercera parte de los municipios, lo cual no significa que haya sido la que produjo más daños, por razones que el gobierno debe investigar, pues con alta probabilidad están asociadas con el posterior aumento de las vulnerabilidades de todo orden.

Lo más significativo es que entonces no se disponía de la ley creadora del Sistema Nacional; sólo funcionaba una pequeña oficina en construcción en Presidencia. Pero con la participación de todo el Estado se logró atender el desastre resultante sin que, como se le reconoció públicamente al gobierno, se hubiera presentado un solo problema de orden público por esta causa.

Más destacada fue la forma como se manejaron el Niño 1997-1998 y la Niña 1998-2000. Para comenzar, el DNP adelantó una investigación que culminó con el documento ”Primera aproximación a la evaluación de las causas de las inundaciones en Colombia”; valdría la pena que el gobierno lo revisara y actualizara y, a la vez, lo comparara con lo ocurrido a partir de 2010, es decir, 13 años después.

En esa ocasión, a partir de un mandato del CONPES, el DNP, el Ministerio del Ambiente y la Dirección Nacional para la Prevención y Atención de Desastres lideraron coordinadamente un proceso de planificación y ejecución preventiva y de mitigación frente al fenómeno Niño/Niña, formulando para ello un plan nacional, varios planes nacionales sectoriales y varios planes territoriales.

Posteriormente hubo labores de seguimiento y evaluación, que se reflejaron en documentos del Ministerio del Ambiente y del CONPES. Muchos podrán decir que parte de estas acciones quedaron en el papel, lo cual es cierto.

Pero si el actual gobierno hubiera tenido el propósito de trabajar anticipadamente con visión de planificación preventiva, desde antes de llegar a la situación repetitiva de crisis, debería haber rescatado y aprovechado, entre otros, este enorme y magnífico trabajo, desarrollado por primera vez en el país, en lugar de decir que no estábamos preparados porque Colombia no tenía experiencias de esta naturaleza.

No repetiré las augustas palabras del señor presidente pronunciadas el año pasado, pero las sigo recordando…

Ingeniero Civil de la Universidad Nacional, primer Director del Sistema Nacional para la Prevención y Atención de Desastres, consultor en Reducción de Riesgos Socio-naturales.

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