Santos en las encuestas: la imagen no lo es todo

Dos encuestas contradictorias en las últimas semanas sobre la tendencia de una variable clave para el gobierno: la favorabilidad del presidente. Se mide mal, se interpreta mal… y se toman malas decisiones. Un llamado a la cordura de un experto en la materia.

Por: Ernesto Rojas Morales* / Razón Pública

La frivolidad de las encuestas

Es de esperar que los dirigentes políticos tomen sus decisiones basados en evidencias reveladas por las cifras estadísticas. Pero es altamente inconveniente que lleguen a hacerlo bajo la influencia de una interpretación frívola de las encuestas patrocinadas por los medios masivos de comunicación.

Una reciente medición [i] de la “imagen favorable” del presidente Santos muestra una tendencia a la baja: del 73 por ciento de favorabilidad en noviembre del año anterior, se pasa a un 58 por ciento seis meses después. En forma paralela desciende la proporción de personas que se declaran satisfechas con el “trabajo que está haciendo” al descender 16 puntos porcentuales durante los últimos diez meses.

Para valorar el significado de estos indicadores es conveniente recordar que la “imagen” de un personaje formada en la mente de un encuestado proviene de la apariencia externa, de las acciones, manifestaciones, gestos o símbolos usados por el hombre público observado. Es por tanto una percepción elaborada en la mente de cada persona al recibir de los medios de comunicación unos textos, imágenes o sonidos referentes al presidente.

Errores de percepción y subjetividad de la respuesta

La buena, mala o regular imagen de una persona depende de factores muy subjetivos del observador. Las sensaciones recibidas son elaboradas en su imaginación de acuerdo con sus experiencias anteriores, sus intereses, sus motivaciones personales, sus expectativas y sin duda del entorno social donde se mueve.

La valoración de la imagen de un personaje es subjetiva en alto grado y además se ve afectada por el grado de “atención” prestada por el espectador a las noticias o datos recibidos y por el fenómeno de “proyección”, según el cual solo se ve en el otro individuo lo que se desea ver y no su totalidad.

Los expertos identifican varios errores frecuentes en el proceso de percepción, fenómeno dominante en las encuestas de imagen o de satisfacción:

  • Uno de tales errores ocurre cuando la información de que dispone el encuestado es tan intensa que las características de la persona evaluada se perciben mayores de lo que son en la realidad (acentuación perceptiva).
  • Otro de los errores es atribuir al personaje evaluado características propias del grupo social al que pertenece (estereotipo).

Existen otros efectos comunes que alteran la percepción, tales como el “prejuicio” o costumbre de pre-establecer opiniones sobre las personas independientemente de las realidades observadas, y el efecto “halo” (suponer que si es bueno en algo lo es en todo).

El marketing político

Las encuestas que tratan de medir sensaciones como el optimismo, el pesimismo, la felicidad, la satisfacción o la imagen, han venido cobrando importancia en el mundo del mercadeo por ser indicadores del clima de los negocios o de la aceptación de una marca.

Sin embargo, es poco sensato trasladar esta práctica, sin tomar todas las precauciones, al mundo de lo político, no solo por lo impreciso de las generalizaciones hechas para toda una nación, sino por atribuir a la medición de la imagen un valor similar a la de un pronóstico de la intención futura de voto.

Existe poca relación objetiva entre las mediciones de imagen y las de intención de voto. Por ejemplo, en mayo de 2010 —fecha próxima a la primera vuelta de las elecciones presidenciales— la imagen favorable [ii] de Juan Manuel Santos era de “solo” 53 por ciento. En ese momento, las encuestas pronosticaban sus votos por debajo del 40 por ciento. Ese mismo mes obtuvo el 47 por ciento en los sufragios escrutados para la primera vuelta. Poco después, en junio, alcanzó el 69 por ciento de los votos en la segunda vuelta electoral.

Hoy el llamado bajón de la imagen favorable de Santos (a un 58 por ciento según Ipsos o a un 66 por ciento según Datexco) está por encima de la favorabilidad que tenía al iniciar el proceso que lo llevó a la presidencia (un 53 por ciento según Ipsos).

Un santista bien podría decir que el presidente está ahora en mejores condiciones para ganar una nueva elección por tener mejor imagen que en vísperas de la elección pasada, pero naturalmente estaría incurso en un sofisma estadístico.

De igual manera pecarían los uribistas al suponer que el expresidente ganaría una futura votación en competencia por la presidencia, porque en otra encuesta reciente el 53 por ciento de los encuestados lo ha señalado como “el mejor presidente de los últimos tiempos”[iii].

El costo de no ser caudillista

A pesar de todo o precisamente por esto, los expertos en mercadeo político recomiendan a sus clientes–candidatos hacer una encuesta para identificar la imagen del “mandatario ideal” y en función de sus resultados, construir un perfil parecido para el aspirante.

Uno de tales expertos, tratando de explicar el bajonazo de la imagen del presidente apuntó, con aire científico, que “esto le ha ocurrido a Santos por apartarse del estilo caudillista de Uribe, considerado como el prototipo del gobernante, después de ocho años de exposición acentuada con ayuda de reflectores y parlantes”.

Si bien podría calificarse como abuso de las cifras, este tipo de aseveración no deja de ser útil, especialmente cuando el análisis se focaliza sobre una misma pregunta aplicada a lo largo de varias encuestas. El análisis dinámico de las variaciones y el discriminar los resultados según regiones y estratos socioeconómicos ayudan a evaluar la efectividad de las comunicaciones oficiales y el clima político, pero no mucho más.

Pretender que este tipo de encuestas determine la oportunidad de abrir la campaña electoral del 2014 con la reelección de Santos o la de Uribe vía vicepresidencia, es sin duda uno más de los errores cometidos en la interpretación de las mediciones estadísticas del quehacer político.

Preguntas necias, respuestas inocuas

Aunque el tema más taquillero para los comentaristas es obviamente la dicotomía Santos–Uribe, las encuestas se refieren a otros temas de extrema complejidad y amplitud, como indagar si se “aprueba” o no el manejo que el gobierno está dando al problema de la seguridad.

La respuesta a esta pregunta conduce directamente a la perplejidad en sentido estricto: miti–miti. Es el mismo fenómeno estadístico que ocurre cuando se lanza una moneda cientos de veces: por el azar, el 50 por ciento caerá en cara y el resto en sello.

Los encuestadores debieran observar la regla de oro de “no preguntar al que no sabe”, porque de infringirla se exponen a tener el mismo resultado del carisellazo.Por ejemplo, en un tema de alta especialidad aparecen empatadas las dos posiciones antagónicas: negociar la paz o liquidar militarmente al enemigo. Y en un tema de escaso conocimiento – como el del Fiscal General– resultan iguales la opinión favorable y la desfavorable sobre un personaje de tan reciente designación.

 Volver a las ideas claras y a los programas serios

No se puede desconocer la existencia de una nueva forma de hacer política, donde la comunicación ya no se transmite por la red de células partidistas. Se hace por la “web” de una manera personalizada y directa, donde las propuestas son mínimas y simples, empaquetadas en mensajes prediseñados para cada público.

Podría aventurarse la afirmación de que está llegando el momento de poner en duda lo enseñado en el célebre libro Public Opinion de Walter Lippman: la mejor manera de transmitir una idea ya no es la imagen.

* Ingeniero Civil de la Universidad Nacional, Director del Departamento Administrativo Nacional de Estadística (1967-1971) y (2004-2007), Concejal de Bogotá, Representante, Senador y Consejero Presidencial. Creador del primer sistema permanente de encuestas por muestreo de hogares en Colombia y del sistema de captura electrónica de datos para censos y encuestas en las Américas.

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