¿Por qué es tan débil la izquierda colombiana?

La gran disputa política en Colombia no es entre izquierda y derecha sino entre la derecha y la derecha extrema. Los partidos reformistas y movimientos sociales tienen mucho menos fuerza que en el resto de América Latina. La explicación más cercana es el conflicto armado, pero este hecho tiene raíces –y tiene consecuencias– más profundas.

Por: Hernando Gómez Buendía / Razón Pública

Un país excepcional

Admito, para los puristas, que “derecha” e “izquierda” son conceptos esquivos, debatidos y cambiantes con el contexto nacional y con la época. También admito que en América Latina hay bastante discusión sobre qué significa la izquierda y hasta dónde se extienden sus límites[1].

Pero aquí adoptaré la noción convencional, donde la izquierda está formada por los partidos y movimientos comunistas, socialistas o populistas que abogan por la redistribución efectiva de la riqueza y se oponen a la hegemonía de Estados Unidos.

Es la izquierda que gobernó en Argentina durante los primeros años de Perón o, aún, a su manera, con Cristina Kirchner; en Brasil, con Getulio Vargas; en Bolivia con Paz Estenssoro, con Juan José Torres o con Evo Morales; en Chile con Salvador Allende, en Cuba desde 1959, en Ecuador con Correa, en Guatemala con Árbenz, en México con Lázaro Cárdenas, en Nicaragua con el Frente Sandinista, en Panamá con Torrijos; en Paraguay con el curioso doctor Francia o el no menos curioso obispo Lugo; en Perú con Velasco Alvarado, en Uruguay con Battle y Ordóñez o con Tabaré Vázquez, y en Venezuela con Chávez, por supuesto.

El gran ausente de esta lista es Colombia: somos el único país de América del Sur (y casi el único de América Latina[2]) que no ha tenido una revolución social (tipo Bolivia, Nicaragua o México), ni un gobierno socialista o anti-yanqui. Lo más que hemos tenido son “burgueses progresistas” (la frase es de López Michelsen), como José Hilario López en el siglo XIX, Alfonso López Pumarejo en su primer gobierno y tal vez Lleras Restrepo hace ya 50 años.

También somos el único país donde la izquierda no ha pasado el umbral de la tercera parte de los votos en elecciones nacionales: el M19 logró un 26 por ciento en la Constituyente del 91, y el candidato del Polo Carlos Gaviria obtuvo un 22 por ciento en las presidenciales de 2006.

Más todavía, en el Senado los dos records fueron las cinco curules de la Unión Patriótica en 1986 y las diez del PDA en el 2006 —apenas una décima parte del poder legislativo— y muy por debajo de todoslos vecinos latinoamericanos.

Débil, también el movimiento social

Esta debilidad excepcional de la izquierda colombiana se extiende por igual a las organizaciones populares:

  • Según la base de datos de la Escuela Nacional Sindical, tenemos la tasa de sindicalización “más baja de América Latina” y en efecto, “una de las más bajas del planeta” —tan solo 4,1 de cada cien trabajadores (la de Estados Unidos es 11,4, la de Finlandia es 71), y el número de huelgas en Colombia es notoriamente bajo.
  • En sus mejores momentos —el agrarismo de los años 20 o la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos (ANUC) de los 70— el movimiento campesino ni de lejos ha tenido la pujanza de Bolivia o de Brasil, de México o de Ecuador. Los estudiosos concuerdan en que la dispersión, la represión, o la cooptación por parte de los gobiernos de turno se han encargado de frustrar los intentos de movilización masiva del campesinado[3].
  • En fin, para no alargarme, me remito a la base de datos de lasluchas sociales del Centro de Investigación y Educación Popular (CINEP) y al paciente trabajo de Mauricio Archila y sus colegas sobre las protestas populares en Colombia a lo largo de los años[4]: aunque no es fácil la comparación estadística, son evidentes la fragmentación, el carácter esporádico y la escasa resonancia de las acciones colectivas de los trabajadores, usuarios de servicios, consumidores y abanderados de los “nuevos movimientos sociales” (ambientalistas, feministas, LGBTI…) y aún de los indígenas, si se los compara digamos, con Ecuador, Argentina o Venezuela.

El peso del conflicto armado

La explicación más obvia de esta anomalía es nuestra otra gran anomalía: una historia inacabable de violencia política. Desde Rafael Uribe Uribe o Jorge Eliécer Gaitán hasta Pardo Leal, Carlos Pizarro o Bernardo Jaramillo, en Colombia los líderes de izquierda han sido sistemáticamente asesinados.

Los dirigentes campesinos, los sindicalistas, los voceros de los pueblos indígenas y las comunidades afro-descendientes, los desplazados que aspiran a recuperar sus tierras, suelen ser silenciados con la muerte, con la amenaza o con el exilio.

Según la Organización Nacional Indígena (ONIC) por ejemplo, más de 1.400 indígenas fueron asesinados entre 2002 y 2009 y –en vez de disminuir– la violencia “se agravó” en los últimos años (122 asesinatos en 2010 y otros 118 en 2011).

O según la Corporación Arco Iris, 127 campesinos que reclamaban la restitución de sus tierras han sido asesinados en los últimos seis años. Y en estas condiciones es evidente que las causas populares no pueden avanzar.

Pero el conflicto armado tiene otro modo más sutil y si se quiere más perverso de debilitar a la izquierda desarmada: las guerrillas no solo no han logrado ninguna conquista social, sino que han sido la traba principal para que surjan los movimientos populares en Colombia.

El punto es muy sencillo: detrás de cada movilización o protesta ciudadana, el gobierno, las fuerzas armadas, los medios de comunicación y la gente del común ven –o se imaginan, o quieren inventar, que para el caso es lo mismo– alguna forma de complicidad con los guerrilleros:

  • Ese ha sido el sambenito de los partidos de izquierda, desde el viejo Partido Comunista hasta el alicaído PDA e incluyendo al movimiento “Marcha Patriótica” que nació por estos días: el propio Navarro Wolff declaró que “me suena parecido a Unión Patriótica” y que “(los promotores del movimiento) deben tener información (sobre las FARC) que nosotros los ciudadanos de a pie no tenemos”.
  • Esta ha sido la razón para que uno tras otro se hayan roto los partidos y coaliciones de izquierda entre una línea civilista que rechaza inequívocamente la violencia y una línea que, en nombre de la paz, justifica la aparición de las guerrillas aunque sin apoyarlas. Como esta segunda posición no está libre de ambigüedad, trascribo acá de la entrevista del entonces candidato presidencial Gustavo Petro en Razón Pública: “Yo no soy crítico de la lucha armada en general. Yo tomé las armas alguna vez. En la realidad colombiana el uso de las armas está llevando a un fortalecimiento de la extrema derecha y el debilitamiento de una opción democrática… La persistencia de las FARC en las armas mueve mi crítica, pero yo no puedo criticar la historia de las FARC, no puedo criticar por qué surgieron, son realidades de nuestra historia.”
  • En todo caso, desde la derecha, éste ha sido un buen pretexto para reprimir o criminalizar las acciones populares en Colombia:

– el “Estado de Sitio” que rigió durante 66 años de los 105 que tuvimos la Constitución de Núñez (o 31 de los 42 años entre 1949 y 1991, o 17 de los 21 que transcurrieron entre la expiración del Frente Nacional y la Constituyente del 91);

– los “estatutos de seguridad” y aún “estatutos antiterroristas”, que desde entonces penalizan determinadas acciones de protesta (incluso la nueva Ley de Seguridad Ciudadana castiga, por ejemplo, “la obstrucción” del transporte público), o que prohíben marchas, ilegalizan huelgas o ponen la policía a disolver protestas (dos ejemplos recientes: la hidroeléctrica El Quimbo y los encontronazos del Escuadrón Móvil Antidisturbios (ESMAD) con los estudiantes de Bogotá y Medellín).

  • Y ésta sobre todo ha sido la razón para que la gente, incluyendoa los estratos populares, mire con tanta desconfianza a los partidos que pretenden abanderar las causas populares.

La izquierda misma, por supuesto, ha agravado el problema:

  • Por intentar en unos casos el doble juego inaceptable de la “combinación de las formas de lucha”; en honor a la verdad hay que advertir que esta fórmula surgió en 1961, durante la reunión clandestina del IX Congreso del por entonces ilegalizado Partido Comunista, que fue adoptada en el X Congreso de 1964, y que ha sido rechazada por todos los demás partidos o movimientos políticos legales de la izquierda en Colombia.
  • Por la miopía de ser el mascarón de éste o aquel sindicato o aquel sindicalista (un hecho que Álvaro Delgado recordó la semana pasada en esta revista).
  • Por una historia de faccionalismos que nada tienen que ver con realidades colombianas porque nacieron de las divisiones más o menos esotéricas en el “campo socialista” (líneas URSS, China, Albania, Cuba…) además de las disputas burocráticas y las pequeñas vanidades.
  • Y también, porque ha estado empeñada en hallar la salida política de un conflicto que no quiere política (a diferencia, digamos, de las guerras centroamericanas, del IRA o de ETA)[5].

Raíces más profundas

Pero la debilidad de la izquierda colombiana va más allá de nuestro viejo conflicto armado, y en efecto proviene de raíces históricas muy hondas. A riesgo de simplificar, arriesgaré esta hipótesis más o menos hilvanada:

  • Somos un “país de regiones”, y en cada región hemos tenido una economía campesina que debilita la organización popular: el minifundio es insolidario, el latifundio es paternalista y la plantación es esclavista.
  • Hemos tenido un Estado débil y sin las rentas, digamos, de Venezuela, de Perú o de Panamá. En un Estado así la política no importa, y el bienestar de la gente depende más de su propia iniciativa.
  • No tuvimos, por eso, mucho empleo público, y tampoco tuvimos desarrollo industrial considerable. En un país donde, además, 6 de cada 10 trabajadores siguen siendo informales, el sindicalismo no podía prosperar.
  • En cambio hemos tenido el proceso de expansión de la frontera agrícola más prolongado de América Latina; la colonización ha sido una válvula de escape para evitar las grandes movilizaciones urbanas y ha reemplazado la protesta colectiva por la migración individual en busca de una quimera.
  • Después está el clientelismo como sistema político, que por definición evita la representación de intereses colectivos y hace primar la lealtad vertical hacia el cacique sobre la lealtad horizontal –o la “conciencia de clase”, como decían los sociólogos de antes.
  • La tradición católica y la familia patriarcal castellana (junto con el mestizaje, que fue disolviendo la identidad de “los de abajo”) confirman y refuerzan el predominio de las lealtades verticales, hacia “el patrón”, hacia “el jefe”, sobre los nexos de solidaridad con quienes tienen el mismo origen humilde.
  • Y por supuesto, no me podrían faltar la cultura del atajo y delsálvese quien pueda que constituyen nuestra impronta nacional y nos convierten en este gran país de solitarios.

La propia izquierda, otra vez, es parte de este juego. El maestro Fals Borda le dedicó buena parte de su clásico La Subversión en Colombia[6] a demostrar cómo y a explicar por qué los dirigentes populares que logran cierto éxito se dejan seducir cuando les abren las puertas de los clubes o cuando sus hijos llegan a colegios bilingües. Es la cooptación o “captación de anti-élites” por parte de las “élites”, a cuya cabeza están los “guerrilleros del Chicó” que se especializan en endulzar oídos.

Tal vez ese conjunto de razones sirvan para explicar la otra gran anomalía de Colombia: somos el único país de América Latina (y hasta donde yo sé, de los pocos en el mundo) donde la gran política no es una disputa entre izquierda y derecha sino entre derecha y extrema derecha: ahora, sin ir más lejos, la oposición a Santos es Uribe y no es Polo.

¿Acaso aquí tendremos una pista para entender por qué, después de Haití, somos hoy el país más desigual del Continente y algo así como el cuarto en el mundo?


* El perfil del autor lo encuentra en este link.

[2] Costa Rica, Honduras y Salvador tampoco han tenido gobiernos revolucionarios ni socialistas; pero Costa Rica con el primer Figueres hizo su propia “revolución de clase media”, y en Salvador la izquierda ha sido poderosa con el Frente. De modo pues que Colombia y Honduras son los países con una izquierda más débil.

[3] Jesús Antonio Bejarano revisó estos estudios en Campesinado, luchas agrarias e historia social en Colombia: notas para un balance bibliográfico, Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura, v. 11, 1983, pp. 251 -270; entre los textos más conocidos están el de Pierre Gilhodés (1988), Las luchas agrarias en Colombia, ECOE, Bogotá; el de Darío Fajardo (1983), Haciendas, campesinos y políticas agrarias en Colombia, 1920-1980, Oveja Negra, Bogotá; o el de Santiago Perry (1983), La crisis agraria en Colombia, 1950-1980, Ancora, Bogotá.

[4] En especial (2003) Idas y venidas, vueltas y revueltas. Protestas sociales en Colombia, 1958-1990, Colombia 2003, CINEP, Bogotá y su libro con Álvaro Delgado, Martha C. García y Esmeralda Prada (2002), 25 años de luchas sociales en Colombia, 1975-2000, CINEP, Bogotá

[5] Esta insensibilidad del conflicto colombiano a la política es uno de los hilos del Informe Callejón con Salida que tuve el privilegio de coordinar; acá, por razones de espacio, me limito a afirmar sin demostrar.

[6] Editado en 1967 por la Universidad Nacional – Tercer Mundo y reeditado en 2008 por Fundación FICA y Centro Estratégico de Pensamiento Alternativo CEPA.

[1] Dos referencias obligadas son el texto de Jorge Castañeda y Marco Antonio Morales, Lo que queda de la izquierda. Relatos de las izquierdas latinoamericanas (Taurus, 2010) y la serie de artículos editados por Andrés Rivarola y Adolfo Garcé, Latin America, Left, Rigth, or Beyond?, Stockholm Review of Latin American Studies, 4 (2008).

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