Crisis sindical y reagrupamiento de la izquierda

A propósito del 1 de Mayo, esta mirada de conjunto al movimiento sindical colombiano. Es uno de los más débiles del mundo y sus directivas viven enfrascadas en disputas burocráticas. El historiador explica las razones de esta crisis y sugiere sus remedios. 

Por: Alvaro Delgado / Razón Pública

La gran debilidad del sindicalismo colombiano

La Escuela Nacional Sindical admite que en 2011 la tasa de sindicalización descendió a 4,4 por ciento, “una de más bajas del planeta” y que es la cuarta parte de la que regía en los años 60 y 70 [1]. La Escuela añade que “apenas en el 3,85 por ciento de alrededor de 26.000 empresas existentes en el país, entre medianas y grandes, existe algún convenio colectivo de trabajo, y apenas en el 2,08 por ciento éste convenio se firmó con algún sindicato” [2].

Por lo demás, el conjunto de la movilización obrera atraviesa hoy su peor momento en los últimos cincuenta años. El Centro de Investigación y Educación Popular (CINEP) ha terminado una investigación sobre el periodo 1961-2010 donde constata que los conflictos obreros, que ascendieron casi permanentemente entre los años 60 y 90, cayeron en picada en el decenio 2001-2010, cuando el número de huelgas y de huelguistas se redujo a la tercera parte y las jornadas no laboradas por motivo de huelga disminuyeron en un 75 por ciento.

Los por qué de nuestro atraso

“La precaria presencia que tiene el diálogo social en el sistema de relaciones laborales en Colombia es el resultado de una cultura anti-sindical muy arraigada en la mayoría de los empleadores, en sus gerentes y directores de relaciones laborales y en sus asesores jurídicos, cultura que se expresa en su abierta oposición a admitir que los trabajadores se organicen en sindicatos”, afirma la Escuela Nacional Sindical [3].

La violencia patronal, paramilitar y de los propios aparatos civiles del Estado contra el sindicalismo, unida a la destrucción del contrato colectivo de trabajo y su cambio por el trabajo informal de contratación precaria, exterminó las organizaciones sindicales tradicionales de la agricultura y la agroindustria y destruyó las organizaciones en la industria manufacturera que quedó en pie después de la ola de desindustrialización desatada en los años 90.

Hoy el sindicalismo colombiano se reduce al magisterio (FECODE), el petróleo (USO), la industria del banano (SINTRAINAGRO), los sindicatos del carbón de La Guajira y Cesar, y focos de resistencia del sindicato de la salud pública (ANTHOC) en algunos hospitales.

Por otra parte la unidad sindical colombiana, alcanzada con la Central Unitaria de Trabajadores (CUT) después de cuarenta años de división agresiva de cuatro agrupaciones históricas, tal vez llegó demasiado tarde, a la hora en que el movimiento obrero declinaba en el mundo entero. Hoy, cuando el contrato colectivo –el alma y la explicación del sindicalismo– camina hacia su desaparición universal, será muy difícil que Colombia alcance siquiera un desarrollo sindical similar al que pervive en el Cono Sur latinoamericano, donde el trabajo informal y la contratación precaria, de alguna manera, están sujetos al convenio sindical único.

Remezón en la CUT

En estas circunstancia, y luego de una modesta movilización para celebrar el Primero de Mayo, el comité ejecutivo de la Central Unitaria de Trabajadores (CUT) se decidió por fin a renovar sus directivas: su presidente Tarcisio Mora fue removido después de pujas y ajustes entre las varias corrientes políticas que participan de la Central. Se alcanzó un equilibrio inestable: once de los veintiún votos impusieron como nuevo presidente a Domingo Tovar, quien fungía como Secretario General.

Los esfuerzos de unidad no dieron para más, y el bloque mayoritario (la llamada “izquierda democrática”, distinta de la comunista y del MOIR) acabó por dividirse, mientras que el pequeño sector de derecha (que esencialmente representa al sindicato bananero de Urabá) descendió a cargos de menor calidad. Los resultados indican que la oposición contra Mora era amplia y que debió acariciar cambios más radicales, ya que medio comité no queda contento con la nueva situación.

Lo que pasó con Tarcisio Mora no se ha hecho público. Durante los años 90 había sido aparatosamente removido de la presidencia de la Federación Colombiana de Educadores (FECODE), y pocos años atrás fue excluido del Partido Comunista (PC) por lanzarse al Senado por su cuenta. Desde tiempos remotos cuenta con una organización propia, “Opción Nueva”, pero eso no es ninguna novedad porque buen número de directivos del magisterio manejan aparatos electorales similares desde los años 80, por lo menos.

Razones del malestar

De la crisis de la CUT viene hablándose cada vez con mayor insistencia, y esperar a que sus directores saquen el asunto a debate público es perder el tiempo. Como ocurre también con el resto de organizaciones sociales y políticas en Colombia, toca ir enterándose de las verdades por los laditos y a cuentagotas.

En la prensa obrera solo han aparecido leves manifestaciones de descontento, más que todo en provincia, mientras en los mentideros dirigentes bulle una crítica parcial y resbaladiza: abandono de las obligaciones políticas con los trabajadores, manejo burocrático de las directrices, métodos grupistas de dirección, acuerdos de los dirigentes con las administraciones públicas territoriales, malos manejos del dinero sindical…

Por supuesto, uno tiene derecho a preguntarse cómo es posible que la CUT haya callado vergonzosamente ante la descomposición política del PDA –del cual hace parte– y concretamente ante los negociados del carrusel de contrataciones del Distrito Capital que culminaron con el encarcelamiento de los hermanos Moreno Rojas. ¿Hasta cuándo esperarán para reconocer ese error fatal? ¿El hecho de que el alcalde Moreno designara en la Secretaría de Educación a un numeroso equipo burocrático de FECODE, o de que otorgara a los empleados del Distrito (cuyo sindicato también pertenece a la CUT) un aumento de sueldos de casi el 8 por ciento cuando el gobierno nacional hizo el reajuste del 4 por ciento, fue motivo suficiente para enmudecer?

La inclinación de los sindicatos del mundo entero es adaptarse al poder del Estado, cualquiera que él sea; pero los trabajadores siempre esperan otra cosa, y eso es lo que cuenta en la lucha social.

Sobre la afiliación internacional

Por lo demás, cosas de ese tipo han ocurrido desde el nacimiento de la CUT en 1986. Pero ahora se añade una nota gorda: un parte considerable del sindicalismo repudia la adhesión que las tres centrales colombianas hicieran hace cuatro años a la Confederación Sindical Internacional (CSI), por estimarla orientada por el capital internacional y concretamente por el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, el Grupo de los 20 (G-20) y la Comisión Europea de la UE.

Varios sindicatos importantes de la CUT han adherido ya a la Federación Sindical Mundial (FSM), la organización que hace 67 años logró agrupar temporalmente al conjunto de las fuerzas laborales del mundo, como resultado de la derrota del fascismo. Ese descontento va a seguir creciendo, a medida que avanza la crisis sindical.

El problema es que la CSI y su filial, la Confederación Sindical de las Américas (CSA), son esenciales para el sostenimiento financiero de las directivas sindicales de los países subdesarrollados. Congresos, conferencias, seminarios, cursos de educación obrera, y a su lado periódicos sindicales y tal vez unos cuantos sueldos, todos dependen de la solidaridad del sindicalismo del mundo desarrollado, conectado a su vez con el gran capital internacional.

El rechazo al patrocinio de la CSI no se limita a las filas del partido comunista. Resulta significativo que la persona señalada por la prensa liberal como cabeza de la rebelión contra Mora, Luis Alejandro Pedraza, haya sido el único directivo nacional de la CUT que ha expresado abiertamente su crítica a esa orientación. “Hasta ahora –escribió Pedraza el año pasado en el periódico de la CUT– lo que se ha dado en llamar unidad sindical CMT-CIOSL-Independientes = CSI tiene de nuevo solo la aspiración unitaria. Hay demasiados restos de la vieja política que impiden alumbrar un nuevo núcleo que rompa con el pasado […] La gran unidad idealista del mundo sindical ha periclitado” [4].

Un viraje necesario

En apoyo de las aspiraciones obreras solo puede venir un giro resuelto de las organizaciones sindicales unitarias hacia una mayor identificación con las luchas que despliegan los sectores más golpeados por el desempleo y los bajos salarios en las ciudades y la novedosa movilización del campesinado contra la guerra y la destrucción del entorno natural por los nuevos proyectos estratégicos del capital multinacional.

Llama la atención el hecho de que el PDA se esté desmoronando en medio del silencio de la CUT. A la vez, no hay duda de que las tendencias burocráticas que se apoderaron de la práctica sindical van a ser confrontadas, sobre todo porque en junio del año entrante la central deberá elegir una nueva dirección nacional.

* Periodista, investigador social. Hace parte del equipo de Movimientos Sociales, del Cinep. Autor de varios libros y colaborador de diversas publicaciones nacionales y extranjeras.

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