Cambio en el gabinete distrital: Razones, costos y oportunidades

Tras la aprobación del Plan de Desarrollo, lo que menos se esperaban los bogotanos era un remezón radical del gabinete. Un análisis respetuoso y autorizado de quien conoce como pocos la complejidad de gobernar a Bogotá.

Por: Carmenza Saldías / Razón Pública

Inesperado

A solo cinco meses de iniciada la administración y justo cuando acaba de aprobarse el Plan de Desarrollo Bogotá Humana 2012 –2016, que por fin auguraba una cierta estabilidad para la ciudad, esta semana el alcalde Petro pidió la renuncia protocolaria a la primera línea del gabinete distrital.

La administración entra de nuevo en una interinidad inconveniente, además de desaprovechar el aprendizaje acumulado por el gabinete durante los primeros meses y en los procesos de formulación y aprobación del Plan de Desarrollo.

Componer y recomponer su equipo de gobierno es potestad del alcalde, pero sorprende que a las renuncias ya registradas en este primer semestre, se sume un remezón general. Resulta inevitable que el ciudadano dude de una de las virtudes inherentes a un liderazgo de alto desempeño: la capacidad para integrar, cohesionar y motivar a un equipo de colaboradores.

¿Qué motivos pueden justificar semejante remezón en este momento? ¿Qué consecuencias traerá para la ciudad? Habrá que esperar al desarrollo de los hechos para medir su impacto sobre el gobierno distrital, pero nada impide reflexionar sobre los argumentos que se han esgrimido y sobre los costos previsibles de tal decisión.

 Razones del remezón

Las razones para pedir la renuncia protocolaria a todo su gabinete podrían ser, entre otras, las siguientes:

1. El alcalde no se entendió con algunos de sus colaboradores, o viceversa;
2. Uno o varios de sus funcionarios no lograron enganchar con sus entidades y funciones, o entender y gestionar debidamente los temas y asuntos bajo su responsabilidad.
3. Los concejales “fundieron” a algunos funcionarios en el debate del Plan y esperan incidir sobre la recomposición del gabinete.

Pasemos brevemente revista a estas razones:

  • En el primer caso, las evidencias sugieren que las relaciones del alcalde con sus funcionarios están regidas por un estilo “tropero”: da órdenes, espera que se acaten y no admite discusiones.

Se comenta que la relativa invisibilidad de la mayoría de los secretarios y gerentes es consecuencia de la “ley del silencio” impuesta por el propio alcalde, quien no admitiría que sus funcionarios rindan declaraciones públicas, reservándose para sí todo el espacio en los medios y en los canales de comunicación con el sector privado y con la ciudadanía.

De ser así, es probable que algunos de los miembros del equipo no se hayan acomodado a este régimen –con visos de autoritarismo bienintencionado– o que violaciones de tales reglas y fricciones por asuntos cotidianos hayan puesto en salmuera las cabezas de muchas entidades distritales, ya sea porque se ganaron la animadversión del alcalde o porque éste los llevó al límite de su resistencia.

  • En el segundo caso, la situación de crisis se habría dado a partir de la dificultad de algunos altos funcionarios para apropiarse de sus temas, para integrar sus equipos de trabajo, para ganarse la confianza del personal a su cargo, para gestionar sus asuntos ante otras instancias, en fin, para gerenciar con suficiencia y solvencia los problemas de su sector o ámbito de competencias.

Para explicar tales dificultades podría pensarse en los antecedentes académicos de algunos, en la inexperiencia en los complejos procesos de toma de decisiones de otros, en ciertas “paranoias y complejos de persecución” que pueden llegar a ser paralizantes y abrumadores.

Las barreras institucionales propias de las entidades de la administración distrital son otra posible causa: poco transparentes, mal dotadas para atender sus competencias, sometidas a una inercia capaz de desanimar al más optimista y profesional.

  • En el tercer caso, las debilidades y desajustes en la relación entre el alcalde y su gabinete —o entre sus integrantes y las entidades confiadas a su cuidado— han ido saliendo a la luz a lo largo de estos primeros meses del gobierno y habrían sido utilizadas por algunos concejales para presionar la aceptación de ajustes al Plan durante su debate y para valorizar su voto durante la aprobación del mismo.

Una vez aprobado el Plan, el repentino ajuste al gabinete podría reflejar la recomposición de las alianzas políticas y la compensación burocrática por el respaldo al Plan en el Concejo. De haberse producido esta negociación política, válida mientras sea programática, lo criticable sería que se haya realizado “a las escondidas”, por debajo de la mesa.

El desfile seguirá

Si estas razones fueron -o pesaron- sobre la decisión del alcalde, queda en veremos la eficacia del ajuste. En efecto:

1. Si los problemas son atribuibles al estilo de liderazgo del alcalde, estos volverán a surgir, aunque sean otras las personas que desempeñen los cargos.

2. Si los problemas administrativos de las entidades distritales no se enfrentan con voluntad política y el alcalde no respalda a sus funcionarios y les demuestra su confianza reconociéndoles el espacio para el ejercicio de su autonomía, no habrá tecnócratas ni técnicos que perduren en su cargo: continuará el desfile de cuadros directivos.

3. Y en tanto el remezón hayan tenido origen en una negociación política con algunos concejales, lo más probable es que el ciclo se repita, bien porque la aprobación de otros proyectos de acuerdo requieran proceder de nuevo a negociaciones político–burocráticas con los mismos concejales o bien porque otros aspiren a acceder a los mismos beneficios que han logrado los integrantes de las alianzas o coaliciones que ahora respalden al gobierno distrital.

En todo caso, posiblemente no desaparezca la inestabilidad que ha caracterizado al gobierno distrital, e incluso es posible que se intensifique a medida que las exigencias de la fase de ejecución aumenten la presión sobre el alcalde y su equipo, vulnerables ante el apetito de los concejales, estimulados por las concesiones obtenidas en estos primeros meses, y en particular para lograr la aprobación del Plan de Desarrollo.

 Remezón inoportuno

La necesidad de hacer ajustes en los equipos de trabajo a lo largo del tiempo es indiscutible para toda organización, pero acertar en la oportunidad para hacerlos es un arte.

Bajo las circunstancias actuales de la ciudad, parece inconveniente desaprovechar el avance en el aprendizaje del rodaje del aparato distrital durante los primeros meses, pues puede resultar muy costoso someter a un frenazo a la administración y reiniciar el ciclo de formación de un nuevo equipo justo en el momento cuando se intensificará la presión en términos de ejecución y del logro de resultados concretos.

Prácticamente todos los funcionarios renunciados —y en particular, quienes estuvieron involucrados en el empalme entre ambas administraciones— apenas han recorrido las primeras etapas de “la curva de aprendizaje” sobre los asuntos públicos, la organización y funcionamiento de las entidades, la gestión política, los vericuetos legales y administrativos.

Esta etapa de adaptación se movió en forma paralela a la formulación del Plan, ejercicio que aporta un alto valor agregado, considerando que son quienes realizaron el diagnóstico sectorial e institucional, participaron activamente en los debates en distintas instancias, y diseñaron las políticas, los programas y los proyectos, por lo cual debemos suponer que ya habían alcanzado un primer nivel de cohesión del equipo.

Al terminar el debate del Plan en el Concejo, es de creer que la administración contaba ya con un equipo que había completado las primeras etapas del aprendizaje sobre la ciudad y la administración, relativamente acoplado al aparato público, sobreviviente del debate político en el Concejo, medianamente integrado entre sí y convenientemente acomodado al estilo de gobierno del alcalde.

De hecho, la aprobación del Plan podía interpretarse, no solo como un triunfo político personal del alcalde o de su secretario de Gobierno —como se ha subrayado en los medios— sino sobre todo del gabinete en pleno, ya que el elevado número de observaciones al plan (más de 1200) y de solicitudes de ajuste aceptadas (cerca de 700) sugieren que la labor de filigrana para rearmar el Plan demandó una activa presencia y una gestión bien coordinada de todo el equipo de gobierno.

La aprobación del Plan por una amplia mayoría debió ser una oportunidad para reforzar y estimular a los integrantes del gabinete distrital y para aprovechar los aprendizajes individuales y colectivos durante los primeros meses, orientándolos a la fase de ejecución.

Estimando los daños

Este razonamiento lleva a presumir que el costo de un ajuste radical del gabinete será excesivo, si se considera que los nuevos funcionarios llegarán a ejecutar un Plan que no diseñaron, que dispondrán de muy poco tiempo para conocer su entidad antes de empezar a dirigirla, y para coordinarse en una ciudad que solo alcanzarán a entender en su complejidad e integralidad mucho tiempo después de asumir la responsabilidad de sus cargos.

El costo de un ajuste muy radical puede llegar a ser de grandes dimensiones: casi como volver a empezar, solo que sin disponer ya del tiempo de empalme y de formulación del Plan, que corresponde a la preparación y al arranque de la administración.

En este evento, es probable que el tiempo perdido no se recupere y que el retraso que ya se acumuló durante la fase de despegue de esta administración se arrastre durante los cuatro años, agravado por nuevos cambios que ocurrirán con alta probabilidad, dada la inestabilidad y la improvisación que comienzan a caracterizar el estilo de gobierno del alcalde Petro.

Si el ajuste resulta marginal, los costos políticos de la renuncia colectiva terminarán no siendo tan altos para la administración misma, pero sí en términos de confianza y de credibilidad en la capacidad y en la seriedad del alcalde, que habría podido prescindir discretamente de algunos de sus colaboradores sin cuestionar al gabinete en pleno.

Por último, quedan flotando interrogantes sobre la habilidad del alcalde para conformar su equipo de colaboradores: ¿Tiene claros los criterios de selección? ¿Quién comete los errores en la certificación de requisitos para la posesión? ¿Persistirán sus dificultades para integrar y liderar democráticamente el equipo? ¿Superará la impaciencia para asumir las distintas fases del periodo de gobierno? ¿Podrá transmitir seguridad a una ciudadanía que está desconcertada con la inestabilidad de su equipo?

Conviene esperar. Por el bien de la ciudad, es preciso confiar en que el proceso de aprendizaje rendirá sus frutos y que finalmente será valorada su osadía de pretender gobernar la mayor ciudad del país desde la otra orilla, siempre y cuando supere su egolatría, recomponga efectivamente su círculo de colaboradores y lo dirija mediante un liderazgo inspirador.

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