Ahora nos llegó el turno.

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Por: Mauricio D´Achiardi

Es pues, el tiempo de las nuevas ideas, de las nuevas estrategias y sistemas, de todas aquellas tesis y conclusiones que proviniendo de la unión de juventudes y experiencias decidan el cambio verdadero en favor de quienes en verdad trabajan y se esfuerzan por sacar a Colombia adelante. Tienen la palabra.

Puede uno pensar que su contribución al mejoramiento de la situación de Colombia se limite a hacer la tarea diaria, llegar al trabajo o cuidar los hijos, buscar sin descanso superarse, o quizás dejar de buscar el lucro al costo que la propia adaptación social le haya mostrado como camino? Estas actividades serían lo normal en un estado de tranquilidad social, algo definitivamente muy lejano en nuestro país.

¿Cómo puede lograrse la disminución de la inequidad? ¿Puede alcanzarse algo cercano al ideal de bienestar social manteniendo un crecimiento equilibrado y sostenible sin que haya personas que obtengan importante poder económico y político en detrimento de quienes les rodean?

Amasar una fortuna aprovechando las entrelíneas de las normas, imperfectas por acción o por omisión, puede presentarse como legal, pero resulta ilegítimo. El circulante no es un bien ilimitado, tal como el territorio es un recurso, y si alguno tiene de sobra es por que a otros les hace falta un tanto equivalente. Ni qué decir de quienes enriquecen por medio de actividades dolosas o  criminales que implican despojo y sacrificio de vidas.

¿Acaso es moralmente aceptable que una ínfima minoría tenga una existencia propia de señores feudales contra millones que perviven hambrientos, ignorantes y enfermos? Mientras aquellos mantienen su tendencia de crecimiento intelectual y económico, éstos apenas sobreviven en condiciones deplorables para seguir esclavizados en empleos, formales o no, cuya remuneración se convierte en jaula que les impide escapar del innoble yugo. Sólo unos pocos, elegidos para ser capataces de sus iguales, resaltan en la muchedumbre recibiendo trato preferencial que acicatea a buscar el ungimiento, por abyecto que sea.

¿Tiene presentación que poquísimas personas, naturales y jurídicas cuyos bienes exceden miles de veces a los de la mayoría de la población, sean beneficiarias de excenciones y descuentos tributarios, por lo menos ofensivos, cuando el resto de los ciudadanos asume la pesada carga impositiva jamás retribuída en obras sociales de infraestructura, viviendas ergonómicas, educación, servicios públicos de salud, transporte, electrificación y otros, sino que, haciendo más difícil la existencia, los elegidos en cargos políticos imponen acuerdos comerciales con otros países poniendo en peligro el delicado balance de empresas nacionales que generan empleos directos e indirectos sean industriales, de servicios o rurales, o enajenan bienes naturales propiedad de la nación con un simple plumazo?

Semejante panorama llama a la insurrección democrática, a la reclamación inmediata de una existencia que tenga concordancia con el PIB; a la exigencia del fin de la inequidad en todos los órdenes, al relevo de administradores prevaricadores y legisladores corruptos cuya intervención incide en el modelamiento de la injusta estructura social. Pero esto sólo puede adelantarse pacíficamente -intelecto versus barbarie-, lo contrario traería una guerra civil en la que todas las gentes perderían, particularmente quienes no tienen mayores bienes salvo sus vidas y sus miserias. Los dueños tienen de su lado ejércitos nacionales y privados cuyos soldados actúan sin dudar contra el estrato social que les dió la vida; esas tropas están conformadas por hijos de las clases subyugadas a quienes la formación militar les condiciona para que en lugar de defender su gente actúen como robots ocasionando que el pueblo sea verdugo de sí mismo.

La propuesta de los medios difamando a los representantes de las clases populares en las instancias públicas lleva a la opinión a una calculada confusión reiterando supuestos errores y delitos cometidos por aquellos; cubren con el olvido monumentales crímenes cometidos desde el Estado y alaban a los corruptos que prevarican y malvierten el erario. ¿Porqué?

En tanto, jóvenes comprometidos con ideales solidarios avanzan en la creación de nuevos movimientos que buscan el rompimiento con las taras que neutralizaron y dividieron a las izquierdas causando su fracaso electoral y sin pretender identificación con éstas asumen las banderas de la reivindicación.

Estos nuevos frentes cubren distintas facetas, casi las mismas que constituyen la actualidad, no se reducen al mero análisis del presente sino tienen la capacidad de visualizar un futuro próximo, viable, posible y también de llevarlo a su realización; tienen la ventaja de la inexperiencia y el coraje de la lealtad, para confrontar y afrontar sus equivocaciones, algo que algunos mayores no queremos asumir dado que está en juego un supuesto nivel de juicio superior o un ego construído a lo largo de lustros de debates y combates, persecuciones, encarcelamientos y la parafernalia criminal de un sector del Estado conformado por una ralea criminal con billonarios ingresos, provenientes en gran parte, pero no exclusivamente, de negocios ilegales -armas, narcotráfico, etc.-, pillaje del erario y comisiones recibidas por negocios con banca y comerciantes extranjeros, con los que impone sus candidatos al legislativo y ejecutivo asegurándose impunidad, dispuesto a ‘desaparecer’ de la escena cualquier manifestación de disidencia mediante un dispositivo híbrido de sicariato que liquida no sólo física sino socialmente.

Para ello está buena parte de la prensa, atenta y dispuesta a la alharaca y así conducir a la sociedad sumergida en estúpidas controversias novelescas, en ‘realities’ diseñados para sostener la atención pública en imaginarios seductores pero áridos, que así, dispersa y distraída de la cruel verdad que azota al país queda a puerta de urna con los nombres que, miles de veces repetidos y ensalzados como los verdaderos elegibles, prometen traer la paz y la bonanza económica. Los perfectos lagartos. Los títeres de siempre con nuevas máscaras.

¿Entonces? Nos quedan los votos. Pero no como el último recurso. EL VOTO, en mayúsculas a modo de grito que despierte, es la mayor y más poderosa expresión del poder popular. La llegada de los períodos de elecciones significa una intensa angustia para la clase dirigente pues supone un punto de quiebre, el mismo que en Venezuela, Ecuador, Brasil, Bolivia, Argentina, Uruguay, citando apenas algunos países suramericanos vecinos, ha determinado la llegada de los representantes del pueblo a las casas de gobierno.

Es pues, el tiempo de las nuevas ideas, de las nuevas estrategias y sistemas, de todas aquellas tesis y conclusiones que proviniendo de la unión de juventudes y experiencias decidan el cambio verdadero en favor de quienes en verdad trabajan y se esfuerzan por sacar a Colombia adelante. Tienen la palabra.

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