Juan Manuel Santos: ¿historia de una traición de clase?

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Por: Jorge Andrés Hernández * / Razón Pública

La izquierda latinoamericana respeta a Santos, mientras que la derecha y la ultraderecha colombianas lo consideran un traidor.  La historia zanjará la cuestión: solo la paz con las FARC impedirá que sea otro presidente irrelevante.

¿Reflejos de una traición?

El 8 de marzo se celebró el funeral de Estado de Hugo Chávez en la Academia Militar de Caracas, cuna de la Revolución Bolivariana. Para sorpresa general, en ese escenario  liderado por la izquierda latinoamericana, el presidente colombiano Juan Manuel Santos fue aclamado. El hecho apenas fue registrado por los medios de comunicación colombianos, que siguen sin entender lo que pasa en América Latina y de hecho en el resto del mundo.

Cuando llegó en auto oficial a la Academia Militar, el pueblo caraqueño y venezolano agolpado tras las vallas de contención aclamó a Santos, tal como lo hizo con Rafael Correa o con Evo Morales, como si fuera “uno de los nuestros”.  Santos, visiblemente emocionado, se apartó del protocolo y se acercó a dar la mano al pueblo de Chávez, que lo vitoreó y lo abrazó. Tras el baño de masas, que los comentaristas de Telesur”— la cadena de la izquierda latinoamericana – calificaron de “histórico”,  regresó al guión preeestablecido e ingresó en la Academia Militar. ¿Reflejos de una “traición”?

Ya en medio de la ceremonia, Nicolás Maduro, presidente encargado y heredero político de Chávez, pronunció un discurso vibrante, emotivo y plagado de símbolos y referencias revolucionarias. Ante una audiencia compuesta por casi todos los dignatarios latinoamericanos y por delegados de todo el mundo, Maduro recordó la visita que el presidente Chávez realizó a Santa Marta y a la Quinta de San Pedro Alejandrino en el marco de una cumbre binacional, el 10 de agosto de 2010, tres días después de la posesión del presidente Santos. Maduro agradeció efusivamente a Santos y éste se levantó de su asiento, llevó las manos a su pecho y su corazón, agradeció el gesto de Maduro y fue aplaudido por los asistentes. Fue otro gesto significativo, que los improbables espectadores uribistas de Telesur habrían interpretado como un signo más de “traición”.

Estos hechos de marzo resultan paradójicos. Al parecer, el presidente Santos se siente cómodo entre la izquierda latinoamericana — revolucionaria o reformista — pero que encarna un proyecto radicalmente diferente al suyo. Santos, un miembro preclaro de la oligarquía santafereña — esencialmente anti–reformista por naturaleza — envidia quizás en su interior más recóndito e inconfesable a la generación de líderes latinoamericanos que ha emprendido el proceso de transformación más grande de la historia continental y que él habría soñado liderar para Colombia, como a veces repite en su círculo privado, pero que jamás concretará en la realidad. Aun así, Santos es genuinamente respetado en el escenario político.

En el plano nacional, sin embargo, existe la sensación de que su popularidad desciende notablemente: los problemas sociales lo han arrinconado y su intención de buscar la reelección estaría en entredicho. Pero se trata de una lectura coyuntural, basada en instrumentos de tan dudoso valor científico como las encuestas que se practican en Colombia, cuyos desaciertos ya fueron probados en otros momentos.

La inesperada e inadvertida “traición” de Santos a Uribe  y la sorprendente muerte política del último como líder nacional son la mejor prueba: se trata de fenómenos políticos profundos que escapan al barrido superficial que suministran las encuestas. Éstas sólo miden las emociones matutinas, pero la mañana siguiente ya es otro día que trae consigo nuevas y variadas emociones. Y así sucesivamente.

La verdadera “traición” de Santos, la que sí lo desvela de noche, depende de qué tan hábil resulte  como jugador de póquer para encontrar la combinación perfecta entre la  lectura del escenario global y de las cartas de sus adversarios, entre la  apuesta audaz y el retiro a tiempo, que es tan sólo una parada estratégica antes de la victoria final.

La fantasía reformista

Pese a su sobriedad, su formalismo y su inhibición, típicamente bogotanos, Santos emula en ocasiones la actitud hiperbólica y paisa–campechana de Uribe.  Como buen colombiano y como su antecesor, también sueña con ingresar en los libros de historia de modo faraónico. En una de las entrevistas más reveladoras que ha concedido como presidente, Santos  confesó a Patricia Lara su temor de que al final de su gobierno lo llamen “traidor de su clase”: “Cuando termine el gobierno van a llamarme así —dice, sonriente, el presidente Juan Manuel Santos, a tiempo que me muestra el título de la biografía de Roosevelt que lleva en la mano y que, por estos días de Año Nuevo, lo mantiene absorto: Traitor to his class (Traidor de su clase). Es un voluminoso libro del premio Pulitzer H.W. Brands, que habla de “la vida privilegiada y de la presidencia radical de Franklin Delano Roosevelt”[1].

La expresión revela cómo Santos quisiera ser recordado por las generaciones futuras.  Dicen personas de su círculo cercano que Santos insiste en que la suya ha sido la agenda legislativa “más reformista de los últimos 100 años”. La expresión puede parecer, a primera vista, otra exageración paisa semejante a la de los uribistas (“el presidente Uribe es el mejor de la historia”).

En Colombia ha prevalecido una tradición política contra–reformista: el partido liberal ha sido un partido históricamente iliberal y anti–liberal; no existe un partido socialdemócrata; y la izquierda sigue siendo marginal ya que, o bien ha sido diezmada por la represión, o bien ha derivado en múltiples fracciones sectarias. Si examinamos la última centuria a cierta distancia, la única presidencia reformista que merece mención es laRevolución en Marcha de Alfonso López Pumarejo, atrevida en sus inicios, tímida y fracasada al final.

Fue precisamente López Pumarejo quien dijo algo que hoy suscribiría buena parte de la izquierda latinoamericana: “La Revolución en Marcha es el deber del hombre de Estado de efectuar por medios pacíficos y constitucionales todo lo que haría una revolución”[2]. Y es precisamente a López Pumarejo a quien Santos tanto quisiera emular.  Pero ya está lejos de proyectar reformas liberales audaces como las de López, que en su momento dividieron al país y derivaron en la guerra civil de las décadas siguientes.

Como López Pumarejo, Santos carece del carácter político, de los apoyos necesarios y del contexto social propicio para consumar la fantasía de ser “un traidor de su clase”.  Como bien han demostrado los incansables debates del senador Jorge Enrique Robledo y de la izquierda democrática, las reformas sociales de Santos son tímidas y más retóricas que reales.

Pero Uribe no es Santos, como expliqué en un artículo anterior para esta revista.  Santos no será Roosevelt ni López Pumarejo, esto es, un reformador burgués y liberal. Pero es otro el papel histórico reservado para Santos, que sí le podría garantizar una entrada triunfal en la historia colombiana: ser el mandatario que logró por fin firmar la paz con las FARC.

Momento para la paz

En la entrevista arriba citada, Patricia Lara interroga a Santos sobre el legado que quiere dejar al país y éste responde: “Es una Colombia a la que deseo dejarle un legado institucional, una democracia sólida que dependa más de instituciones que de personas… Y quiero entregar un país en paz…”

Las rabietas y otras expresiones coléricas de los expresidentes Uribe y Pastrana en las últimas semanas contra los diálogos con las FARC revelan tres cosas: una cultura política sin compromiso real con las instituciones ni con la paz; un egoísmo personal sobredimensionado que se traduce en el discurso político… y que el proceso con las FARC va mejor de lo que todos creían en un comienzo. Tanto Uribe como Pastrana soñaron con lo que Santos está logrando de modo lento, pero progresivo: un acuerdo con las FARC. El uno lo intentó de manera abierta en El Caguán, el otro de modo subrepticio mediante acercamientos que nunca tomaron forma.

El contexto parece inmejorable: Santos, más sobrio y discreto que Uribe y Pastrana, ha enviado a la mesa una delegación de primer orden, donde están representados sectores empresariales, políticos, militares y policiales. Las FARC — dirigidas por una nueva generación de líderes — se expresa de modo diferente: las cartas de Timochenko a Santos y los discursos de Iván Márquez en La Habana revelan otro nivel intelectual y de reflexión política, pero también reconocen una oportunidad histórica, en un momento cuando sus camaradas de lucha en América Latina ya no combaten en el monte, como en las décadas siguientes al triunfo de la Revolución Cubana, sino que despachan desde los palacios presidenciales y han convertido al continente en el más dinámico y políticamente interesante del mundo.

Desde esa perspectiva, las FARC resultan un anacronismo histórico. Pero no bajo la interpretación conservadora o neoliberal de que las ideas de izquierda han perdido vigencia, argumento refutado una y otra vez en esta parte de América. Sino, más bien, en el sentido del pensamiento de López Pumarejo: “es deber del hombre de Estado efectuar por medios pacíficos y constitucionales todo lo que haría una revolución”.  La izquierda política que ha llegado al poder en Bogotá así ha intentado gobernar la capital. Lo anacrónico no es la izquierda, sino la injusticia y la desigualdad que dominan aun la vida de la mayoría de los latinoamericanos, ciudadanos de segunda clase en sus propias naciones.

¿Transición histórica?

Es preciso valorar el papel histórico de Santos: des–uribizar al país, marginar políticamente al narco–paramilitarismo, civilizar y racionalizar la contienda política nacional, lograr la paz con las FARC. Ha logrado, en buena parte, varios de estos objetivos. Si lograra el último, Santos merecidamente haría parte de la gran historia nacional. Y crearía las condiciones propicias para profundizar la democracia, que ahora mismo no es posible de manera plena por la anomalía política que representan las FARC.

Santos podría acabar siendo en efecto un “traidor de su clase”: si bien no será un Roosevelt ni un López Pumarejo, un exitoso proceso de paz con las FARC, aunque sea largo y tortuoso, podría generar procesos políticos inéditos en Colombia, y el gobierno transicional de Santos habría resultado finalmente la máxima “traición” a una élite que hasta ahora ha impedido todas las reformas. 

* Abogado y licenciado en Filosofía y Letras. Ph.D. en Ciencia Política de la Universidad de Maguncia (Alemania), asesor y consultor Político

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