Los verdaderos culpables

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Por: Mauricio D’Achiardi / Democracia en la Red

Los medios de difusión controlados por los dueños de todo, no pueden disimular la creciente inconformidad que manifiesta rebeldía contra una administración pública orientada a mantener las cosas sin cambios de fondo.

La historia de nuestra patria ha sido escrita con sangre de los miles de mártires que de diferentes maneras se opusieron a las crueles maneras de explotación que, desde la llegada del europeo en 1536 y posteriormente a 1810 por la dependencia del férreo yugo de la llave económico-político-militar desde los EUA, nos fueron impuestas.

Por supuesto, además de los líderes salvajemente asesinados para escarnio, hay una legión de mujeres, hombres e infantes víctimas de terrorismo de estado. El origen del mismo se encuentra en las costumbres que los déspotas heredaron de la colonia española y para asumir el poder político desde los negocios y siendo la jerarquía militar superior parte de sus entrañas le consienten económicamente y permiten desmanes y atropellos para que se mantenga como guardia de sus mutuas propiedades y poder conducir el país como gran hacienda y mantener a los ciudadanos esclavizados mientras pregonan inscansables un espíritu democrático inexistente.

Los medios de difusión controlados por los dueños de todo, no pueden disimular la creciente inconformidad que manifiesta rebeldía contra una administración pública orientada a mantener las cosas sin cambios de fondo.

El observador desprevenido puede imaginar que la verborrea oficial se compagina con la verdad viendo a una clase media que aparentemente disfruta de ‘beneficios’ que el sistema provee a sus asociados. La procesión va por dentro. Aunque se proclama que hay libertad de mercado y que cualquiera puede acceder a las ventajas del  capitalismo, las talanqueras impuestas desde el modelo educativo, el mercado laboral, la atención en salud, etcétera, impiden que otros distintos de los hijos de los dueños asuman el poder o tomen control del dinero.

Escogen muchachos brillantes de las clases emergentes ofreciéndoles golosinas obtenidas a expensas de millones de ciudadanos; por ejemplo, gerencias en institutos descentralizados, asistencias en la dirección de los sectores en que han dividido la administración para facillitar el control, y con su concurso refinan los métodos con los que se dispersa la atención de la masa, que ignorante bendice la férula uniformada que la mantiene en ‘libertad y orden’ y, para completar, pagan con impuestos y servicios públicos privatizados el precio de su sumisión.

A estos jóvenes ansiosos de figuración y reconocimiento les recompensan con créditos, promoción social, algunos puestos de dirección y los más ‘aplicados’ pueden aspirar a viceministerios dependiendo de su carácter y las muestras de insensibilidad que den a lo largo de sus carreras; no de otra manera puede uno entender a algunos que siendo hijos del pueblo se comportan ferozmente represivos con sus congéneres.

Sin embargo, cuando vienen las dificultades, esos mismos mandos medios, sin demérito de sus propias culpas, son los que reciben el castigo que merecen sus jefes, y puede uno verlos en los estrados judiciales con la expresión propia de quien sabe que tiene en sus manos la posibilidad de dar a conocer la manera como persecuciones, desapariciones, asesinatos y otras formas de terrorismo, peculados y expropiaciones ilegales,  fueron ideadas, planificadas y ejecutadas, pero con la certeza de que si lo hiciese correría la misma suerte de quienes fueron sus víctimas cuando fué poderoso segundón.

Parecen preferir la humillación de los señalamientos y las prisiones a las que se les condena antes que denunciar a sus patrones; tal vez  los más ingenuos crean que aquellos que los ofrecen como ‘chivos expiatorios’ logren cooptar a los jueces y así evadir el castigo por sus viles acciones.

Por el bien de millones de ciudadanos que hoy padecen despojo, hambre, ignorancia y enfermedades, deberían acusar definitiva y categóricamente a quienes los utilizaron como instrumentos y armas en contra de su propia gente. Tal vez así  la reprobación y la condena a las que se hacen merecedores por sus acciones se oriente a las verdaderas cabezas que dirigen tan monstruoso plan y ayuden a encarcelados por las muertes, desplazamientos y crímenes de lesa humanidad y devuelvan lo que tomaron dolosamente.

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