El Centro: ese lugar peligroso e inseguro

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Por: Hernán Suárez / Semanario Caja de Herramientas.

Los partidos tenían en el pasado denominaciones claras y precisas, liberal, conservador, comunista, socialista. Las busetas decían Directo Usaquén o Directo Tunjuelito. Se sabía para donde iban. Ahora unos y otras para conseguir  más pasajeros y despistados electores han añadido a sus campañas  y a sus tablas la seductora palabra Centro, con la esperanza de que muchos se suban.

El Centro se ha convertido en el territorio en el cual se refugian los partidos tradicionales, de derecha y de izquierda, en su propósito de renovar su desgastada imagen, justificar bochornosas alianzas políticas y captar incautos electores. El centro político y el centro deteriorado de las grandes ciudades guardan gran similitud.

El centro político de un tiempo para acá se volvió atractivo y rentable. La última contienda presidencial fue una dura batalla entre el centro-derecha del presidente Santos y el centro izquierda de la efímera Ola Verde del profesor Mockus. No hubo lugar para la izquierda pura y dura, terminó en la abstención. Y la derecha pura y dura, la uribista, se sintió dignamente representa en la Unida Nacional santista triunfante. Hoy la oposición uribista envuelve su estrategia política en los pliegues del Puro Centro Democrático.

Existe acuerdo entre politólogos y urbanistas sobre la importancia de rescatar el Centro, de convertirlo en la clave del éxito político y de la renovación urbana, pero todos sabemos que quienes pasan o deciden instalarse en el Centro lo hacen por pura necesidad.

Se sabe también, tras amargas y recientes experiencias, que la mayoría de lo que se ofrece a los ciudadanos en el Centro es de contrabando, baratijas, cuentos “chinos”, una compra vergonzosa de agache.

Los partidos tenían en el pasado denominaciones claras y precisas, liberal, conservador, comunista, socialista. Las busetas decían Directo Usaquén o Directo Tunjuelito. Se sabía para donde iban. Ahora unos y otras para conseguir  más pasajeros y despistados electores han añadido a sus campañas  y a sus tablas la seductora palabra Centro, con la esperanza de que muchos se suban.

El centro es muy inseguro, lo dicen la policía y los politólogos, quienes se arriesgan a transitar por él pueden terminar defraudados o atracados. Al centro no se puede ir solo, es muy peligroso, por eso todos los políticos, sin excepción, se proclaman de centro-derecha, centro izquierda y hasta de centro-centro, pero nunca de centro.

Es una falacia hablar de Puro Centro Democrático o que el Centro es seguro mientras este invadido de tanto político camino al Capitolio y luego a la Picota. Algunos piensan que porque el Capitolio, el Palacio de Nariño y la Alcaldía están en el Centro, allí está el poder. El Centro no es tan grande como lo piensa y promueven sus impulsores, va de la Casa de Nariño a la 26 de los Nule. Por eso hay quienes hablan de Centro Ampliado.

Cuando se transita por el Centro es obligado maniobrar con mucho cuidado. Por ejemplo, si usted va a girar despacio a la derecha, es conveniente poner primero las luces centro-izquierda. Si viene o va por la izquierda y va a girar rápido a la derecha, no se le olvide de donde viene, ni para donde va, se puede perder.

El Centro huele mal, suscita justificada desconfianza, es un  lugar altamente contaminado por la cantidad de busetas y “aviones” que por allí pasan. Fue el lugar donde más robaron los Nule, la décima y la 26, y es el territorio escogido por el expresidente Uribe para reelegirse en cuerpo ajeno.

Los comerciantes y banqueros hace rato abandonaron el Centro, ello no se andan con cuentos o veleidades políticas, prefieren la seguridad del Norte a la ambigüedad y peligrosidad del Centro. Los políticos y los alcaldes de turno son los únicos que lo siguen considerando rentable y por eso cada cuatro años simulan programas de renovación urbana o de sus promesas electorales.

El Centro es un espacio de especulación, tanto política como de bienes e inmuebles, un territorio para la simulación, para ocultar las verdaderas razones, una táctica más de seducción política.

Los partidos tradicionales del establecimiento y lo que queda de la izquierda, ante la desvalorización de sus propuestas, su imagen y sus raídas banderas, de su nomenclatura, echan mano del Centro, se arriesgan a vivir un ratico allí mientras logran coronar sus empeños de reelección o renovación. Después regresarán al verdadero lugar de donde vienen.

Con seguridad en la próxima elección o reelección presidencial, el Centro será el campo de disputa de las mayorías. Resulta casi que obligado oponer “otro centro” al Puro Centro Democrático. Si las negociaciones de la Habana prosperan nadie querrá casarse con posiciones extremas, todas se aprestaran a conquistar el Centro, ese cómodo y rentable lugar de las medias tintas, de las mediaciones, de las transacciones, de los acomodamientos, de los pactos entre tirios y troyanos, entre diestros y siniestros, todos se concentraran en seducir a un electorado  cansado de “extremismos”.

La democracia colombiana requiere un centro urbano renovado, vivible, un lugar de confluencia de todos, un territorio para la democracia y la vida pública, un espacio por el cual pasearse orgulloso y seguro. Lo que no quiere es un centro político como territorio de engaño, de escamoteo de la democracia, de ocultamiento de las extremas. Los colombianos queremos menos centro y menos derecha, menos ambigüedad, menos manoseo, menos camuflaje, más ciudad y ciudadanía, más democracia, más paz, verdadera y permanente. Santa Laura atiende nuestra suplicas.

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