Colombia – Venezuela: entre rosas y petardos

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Por: Medófilo Medina / Razón Pública.

El encuentro entre el mandatario colombiano y el jefe de la oposición venezolana lesionó los intereses de Colombia, introdujo turbulencias en el proceso de paz y fue un golpe inoportuno a la difícil reconstrucción de confianza entre los dos gobiernos.

Las rosas

Un hombre sin edad, de amplia sonrisa, abarca con sus grandes manos varios ramos de hermosas rosas rojas que le fueron obsequiadas. Es la foto que El Tiempo destacó en la primera página de su edición del 28 de mayo pasado. El titular de la grafica: EE.UU. Vicepresidente Biden “echó flores” y se llevó flores.  Seguramente Joe aprecia las rosas, pero el funcionario habrá buscado retornos más convincentes de su visita de dos días a Colombia.

Antes de su llegada a Bogotá, Biden se había desgranado en elogios al gobierno colombiano al hablar del “(….) milagroso trayecto hacia la seguridad y la prosperidad” cubierto por Colombia.  Había alabado la seriedad y buen diseño del proceso de paz, añadiendo que la cuestión central de “(…) las relaciones entre Estados Unidos y Colombia es cómo aprovechar nuestra estrecha relación para construir una alianza estratégica con visión de futuro y con alcance regional y global positivo”.

No se olvidó de recordar favores hechos como el aval de Obama para el ingreso de Colombia en la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE). En fin, se refirió a “Los valores que compartimos y los intereses mutuos” (El Tiempo, 26-05-2013)

Y el petardo

Dos días después — con igual despliegue gráfico — el mismo diario destacó en la primera página el apretón de manos y las sonrisas satisfechas no ya de uno, sino de dos hombres.  La línea que describe la gráfica reza: “El presidente Santos recibió al jefe opositor venezolano, Henrique Capriles, en la Casa de Nariño. Dialogaron cerca de una hora”. Al vicepresidente de Estados Unidos debió parecerle mucho más afortunada esta foto que la suya con las rosas.

Me resultó inevitable relacionar esas dos imágenes para entender la actual crisis en las relaciones colombo–venezolanas: quizá como reacción a los numerosos juicios que otra vez meten sus comentarios en el embudo analítico de las furias del expresidente Uribe Vélez.

Ha sido pública la animadversión de las administraciones norteamericanas en contra del proceso bolivariano en Venezuela. El gobierno de Obama se ha hecho eco de la impugnación a la legalidad de la elección del presidente Maduro agitada por Capriles. Por supuesto, aquí saltan “los valores que compartimos”, a los que aludió Joe Biden.

Sólo “objetivos de alto valor estratégico” como apunta uno de los códigos del lenguaje de Santos, debieron moverlo a olvidarse de sus “nuevos mejores amigos” — al menos temporalmente — al recibir a Capriles, quien — es pertinente señalarlo — hizo en Bogotá la primera estación de una gira que lo conduciría a otros países de América Latina. La visita a Santos podría ostentarla como un trofeo que le facilitara obtener el mismo premio de parte de otros mandatarios de la región.

Golpe a lo construido

Lo desalentador de la actual crisis es que se desencadenó al cabo de un período de recuperación de las relaciones entre ambos países, después de más de un decenio de desavenencias y de abiertos y peligrosos choques.

En efecto, las relaciones vivieron 34 meses de normalización. La deuda, por problemas cambiarios, de Venezuela a los exportadores colombianos que llegó  a alcanzar la cifra de un millón de dólares presenta hoy un remanente muy reducido.

Si las ventas colombianas a Venezuela fueron de enero a julio de 2010 de 858 millones de dólares, en 2011 alcanzaron la cifra de 1.750 millones de dólares y en 2012 llegaron a los 2.691 millones de dólares.  El acuerdo de trueque de alimentos por petróleo aparecía  como novedoso y mutuamente beneficioso.

De manera acertada, los sectores razonables de la opinión pública han expresado su preocupación por el impacto que puedan tener las turbulencias actuales en la Mesa de Negociaciones de La Habana. Así el proceso de paz no entre bajo radical amenaza, todo lo que pueda estropearlo o retardarlo es negativo.

Lesión al interés nacional

Por todo lo anterior, la decisión que tomó Santos al recibir a Capriles resulta lesiva para el interés nacional y no constituye un buen punto para la seguridad regional.

Las declaraciones del expresidente Pastrana sobre la autonomía del presidente para fijar la agenda resultan un tanto pueriles: de lo que menos puede hablarse en este episodio es de que haya constituido un ejercicio de independencia.

Un mandatario puede recibir a quien quiera, pero — como en toda decisión de Estado — debe ceñirse a criterios sustentables y transparentes. Santos tiene todo el derecho de sentir afinidad política con la oposición del vecino país, pero en el sistema político existen mecanismos y formas de manifestarlo, sin que se implique directamente en su calidad de mandatario.

Innovar en la argumentación

La reacción venezolana no puede sorprender a nadie y no puede cubrirse con el reiterado y fácil expediente que se esgrime invariablemente en Colombia en los conflictos con el gobierno venezolano: la necesidad de distraer a la opinión interna de los problemas políticos. Hace falta pedir a quienes se pronuncian de este modo una mayor atención y competencia en el análisis.

Una vez precipitado el escándalo no es descartable que los dirigentes del gobierno bolivariano busquen extraer ganancias políticas, pero otra cosa es partir de allí para relativizar la responsabilidad colombiana o para presentar las cosas como una invención.

Es cierto que la respuesta en Venezuela ha sido innecesariamente tumultuosa, como si operara una congestión o emulación atropellada de canales, que dificulta sopesar los argumentos.

Señales  razonables

En el conjunto, hay elementos que muestran aspectos positivos.  El gobierno colombiano ha mostrado cierta cautela como para no incrementar la escalada, una vez conocida la reacción venezolana.  Las manifestaciones — al menos las conocidas —  de la canciller María Angela Holguín se han dado en dirección a encontrar soluciones por las vías diplomáticas directas.

Lo anterior no puede perderse de vista, habida cuenta de que en Colombia toda una corriente política está comprometida en los peligrosos juegos de la guerra, tanto en relación con el conflicto interno como en lo tocante a las relaciones con Venezuela  y que va a desesperarse a medida que el conflicto se vaya superando.

Sensatez  y pertinencia

Los actores del proceso de paz han formulado pronunciamientos frente a la crisis con sensatez y pertinencia:

· Humberto de la Calle — en su condición de jefe del equipo gubernamental — hizo un explícito reconocimiento. “Realmente, dijo, el papel de Venezuela ha sido muy importante en la conducción de los diálogos. Nosotros queremos que esto no se interrumpa”.

· Por su parte, el Secretariado de las FARC — al manifestar la “profunda preocupación” frente a la crisis — dio a sus delegados en La Habana indicaciones para contribuir a la solución del conflicto.

Una de ellas consistió en buscar con el experimentado diplomático  Roy Chaderton — el facilitador venezolano en la Mesa de Negociaciones de La Habana, quien fue llamado por el canciller Elías Jaua a Venezuela — un intercambio debidamente autorizado para buscar soluciones.

Después de la muerte del comandante Chávez, el sistema político bolivariano entró en una fase particular donde están jugando su papel elementos hasta ahora desconocidos. Esto es obvio con respecto a un proceso donde el liderazgo carismático ha tenido una importancia extraordinaria.

Que en Venezuela haya dificultades políticas — unas conocidas y otras inéditas — no significa que ahora  sí se deba tomar como razonable la hipótesis del colapso inminente, con la que siempre han operado en Colombia los sectores enemigos del proceso bolivariano. Sobre todo lo que hace falta es que tal hipótesis no sea adoptada como el enfoque oficial.

Profecías inconvenientes

Conviene hoy recordar hasta qué punto resultaron bochornosos los pronunciamientos apresurados de acogida al golpe de Estado en Venezuela por parte de altos funcionarios del gobierno colombiano en abril de 2002:

  • La canciller encargada, Clemencia Forero Ucrós, señaló el  alto concepto que tenía Colombia del presidente interino, Pedro Carmona Estanga.
  • El ministro de Hacienda, Juan Manuel Santos, expresó su satisfacción por la salida de quien años después vendría a ser su nuevo mejor amigo, Hugo Chávez.  Dijo el entonces ministro: “La situación con el presidente Chávez estaba deteriorando mucho el ambiente económico aquí en Colombia frente a Venezuela, y yo esperaría que eso se normalice”.
  • La ministra de Comercio exterior  Angela María Orozco, valoró positivamente el “cambio de gobierno” en Venezuela.
  •  El comandante de las Fuerzas Armadas, general Fernando Tapias, estimó como “excelente”  lo acontecido en Venezuela.

Refiriéndose a manifestaciones de esa índole dijo el entonces embajador de Venezuela en Bogotá, Roy Chaderton: “Altísimos funcionarios y algunos medios comenzaron a bailar antes de que hubiese llegado la orquesta”.[1]

El buen sentido recomienda no lanzar profecías — que como decía el historiador Hobsbawm acerca de algunas que suelen enunciar los periodistas — no alcanzan a durar más de veinticuatro horas.

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