Tercerías, coaliciones y tránsfugas: a propósito de tratos y no tratos entre Navarro, Peñalosa, Petro, Fajardo y demás.

verdeprtro

Por: Andrés Dávila / Razón Pública.

A medida que se acercan las elecciones, se multiplican los acercamientos entre  los “independientes” para llegar fortalecidos a la contienda. ¿Qué tan factibles son esas alianzas, cuántos votos tendrían, y donde diablos se ubican en el espectro ideológico?

Buscando aliados

A pocos meses de entrar en su fase decisiva el proceso electoral, y en un momento de gran incertidumbre política, parece tomar fuerza la iniciativa de sumar un conjunto de actores o de grupos para encontrar un candidato con opción de disputar en serio la Presidencia de la República para el período 2014-2018.

Es importante examinar el contexto donde parece cuajar esta iniciativa, para luego examinar su significado, sus posibilidades y sus alcances.

Cabe señalar que, en el pasado cercano, se mencionó insistentemente la existencia de un espacio propicio para ser llenado por un nuevo actor. En este caso la mención incluyó un hecho real: la convocatoria a una reunión de diversas personalidades, bajo la denominación “Pido la palabra”.

El evento, que incluyó un conjunto de malentendidos y malestares en torno a quiénes lo habían convocado y por qué, y a quiénes habían sido invitados o ignorados y por qué, tuvo como desenlace la imposibilidad de llegar a algún tipo de acuerdo, movimiento, organización, proclama e, incluso, a la posibilidad de una segunda reunión.

Surgió luego el intento de acercar a Alonso Salazar, ex alcalde de Medellín y a quien se reconoce como de la cuerda del hoy gobernador de Antioquia, Sergio Fajardo, a la Dirección Oficial del Partido Verde. Esta iniciativa no cuajó debido, entre otros argumentos que se hicieron públicos, a que se habían incumplido unos acuerdos y a que  en aquel partido había políticos con intereses (¡!).

Recientemente se ha concretado, al menos como posibilidad, la alianza entre el Partido Verde, el movimiento Progresistas y Compromiso Ciudadano, cuyos representantes se han reunido y han abierto la puerta a una candidatura presidencial de este grupo variopinto de …¿cómo llamarlos?: ¿sectores políticos?, ¿“movimientos” independientes?, ¿“demócratas e indignados”?, ¿líderes políticos “antipolíticos”?, ¿tránsfugas profesionales? ¿O, como los llamó una reconocida congresista del Partido Verde: “paracaidistas electoreros”?

Nueva alianza a la vista

Dada la insistencia de Antonio Navarro sobre la necesidad de una tercería, los contactos han tomado vuelo y al menos un preacuerdo está en discusión para la firma.

Se trataría en principio de aprovechar la sombrilla del Partido Verde para lanzar las listas al Congreso, seguramente utilizando la figura del voto preferente, y en esa misma fecha adelantar una consulta popular para escoger al candidato presidencial de la alianza, entre nombres como Enrique Peñalosa y Antonio Navarro, para empezar.

Los interesados representan, en cualquier caso, a líderes políticos que vienen de obtener votaciones significativas en las elecciones locales y regionales, y de haber participado con algún éxito en las elecciones presidenciales y de Congreso.

En consecuencia, estaríamos hablando de los votos obtenidos por: Sergio Fajardo para ser elegido gobernador de Antioquia; Gustavo Petro para ser elegido alcalde de Bogotá; y -¡vaya paradoja!-, Enrique Peñalosa para no ser elegido alcalde de Bogotá.

A ello habría que sumar, dentro de la disciplina que parece conservar la mayoría de la bancada del Partido Verde, los votos que obtuvieron para alcanzar sus curules, pero restando los de la desaparecida senadora Gilma Jiménez y los que puedan asignarse a los seguidores de Gustavo Petro.

Esta suma – que en todo caso incluye el acto de fe de que tales votos sigan ahí y sean transferibles- parece solucionar los problemas de mecánica electoral que afectan a los interesados:

  • al Partido Verde, porque le permitiría asegurar los votos suficientes para superar el umbral;
  • a Compromiso Ciudadano, porque por esa vía alcanzaría el reconocimiento que no alcanzó en 2010 al ir por aparte en las elecciones para Congreso,
  • y a Progresistas, porque les ahorraría la tarea de conseguir las firmas requeridas para participar en las elecciones legislativas del año próximo.

Ahora bien, ¿cuál es el espacio y el alcance político de esta “tercería”?

De una parte está la enorme coalición de gobierno, la Unidad Nacional, que ocupa todo el espectro y se ha encargado de mantener contentos y alineados, no sin problemas, a todos sus integrantes. Aún más, hay que recordar que hasta el Partido Verde está incluido y que su anterior presidente es hoy ministro consejero.

A la derecha de esta coalición están el expresidente Uribe y el uribismo, ahora bajo el mote de Puro Centro Democrático.

Y a la izquierda el Polo Democrático Alternativo, obstinadamente decidido a seguir ahí; y la Marcha Patriótica y hasta la Unión Patriótica, luego de la decisión del Consejo de Estado. Pero estarían, también, las fórmulas que puedan surgir de los acuerdos de paz con las FARC y el ELN. Es decir, y como ha sido común históricamente, el fraccionamiento de la minoritaria izquierda electoral.

Se dice entonces que la alianza estaría, espacialmente hablando, entre el santismo y el uribismo. Pero tal imagen resulta equívoca. Así planteada sería una alianza de centro derecha. Quedaría mejor decir que estaría entre el santismo y la izquierda fraccionada.

Pero tampoco es cierto -hay que decirlo antes de que Peñalosa y Fajardo griten-. La alianza parece más bien como una etérea fragancia que no puede ser nada muy distinto del santismo y su Unidad Nacional, recogiendo de nuevo esos sectores de opinión que son todo menos izquierda, pura clase media urbana cargada de malestares; es decir, aquellos que pueden hasta hacer cacerolazos, con cacerolas con teflón II, e identificarse -¡vaya, vaya!- con el campesinado.

Intento encontrarle ubicación a esta tercería y la única imagen que toma forma es la de la Unidad Nacional pero sin partidos ni votos ni puestos ni pueblo. Tienen, eso sí, personalidades que a veces parecen líderes políticos; Navarro, el que más, pero los demás no pueden con sus egos: Peñalosa, Fajardo, Petro.

Dicho todo lo anterior, queda solo una pregunta: ¿tercería?

Una reunión incómoda

Y, en verdad, ¿cuáles son los sapos que se tienen que tragar sus integrantes? No son pocos:

El Partido Verde tiene que aceptar a dos de sus figuras reconocidas que, de acuerdo con sus conveniencias, están y no están con el Partido. Es más grave con Fajardo, pues los ha desconocido reiteradamente. Peñalosa, aunque lo puso en entredicho en su fallida alianza electoral con el expresidente Uribe, acata con disciplina las determinaciones. O al menos eso ha trinado.

Compromiso Ciudadano, cuyo líder más reconocido ha manifestado públicamente su intención de no pertenecer más al Partido Verde, tiene que negociar y respetar los acuerdos con éste; y un segundo líder acaba de renunciar a la posibilidad de ser presidente del Partido por motivos mencionados. Hasta ahora, frente a los Progresistas y frente a Peñalosa el malestar estaría en su centralismo.

Los Progresistas, por su parte, tienen que aceptar la alianza con un Partido Verde cuyos miembros en el Concejo de Bogotá han mantenido una férrea oposición al alcalde Petro. Y tendrían que acallar rivalidades, desavenencias, desacuerdos, con Enrique Peñalosa, que públicamente ha manifestado su malestar por los acercamientos con el movimiento promovido por el alcalde de Bogotá.

Enrique Peñalosa, por su parte, tiene que aparecer como un disciplinado miembro de partido y tendrá que compartir estrategias, propuestas, discurso y mesa con los seguidores de Gustavo Petro, de quien se ha declarado opositor permanente y con quien no comparte ninguna visión, ni de la política, ni de la ciudad.

¿Será posible?

Pese a la indigestión expuesta, parecería que los saldos a favor en mecánica política y la convicción de que hay un espacio para ocupar han permitido que las negociaciones prosigan. No obstante cabe preguntar si es suficiente para llegar hasta mayo y producir un fenómeno de opinión comparable a la “ola verde” de 2010 pero con mayores réditos electorales.

Caso excepcional en el cual serían suficientes los incentivos para respetar los acuerdos. A lo cual habría que sumar una pregunta: si les va bien y respetan los acuerdos, ¿cómo van a acabar de digerir los sapos que se tragaron y van a mantener la alianza viva y vigente? ¿Tendrán la fórmula para acallar personalismos en pro de la organización? ¿La respetarán?

Pero, ¿y si no?

Queda siempre, claro está, la posibilidad de que por las dificultades que afronta, el gobierno y el presidente pierdan toda capacidad de mantener la Unidad Nacional y se abra, por eclosión, un espacio. Pero es factible que en un escenario así sean otros los llamados a llenarlo.

Finalmente, en términos del sistema político y del sistema de partidos ¿qué significado y qué impacto puede llegar a tener la alianza? Básicamente, por falta de tiempo y espacio, es una pregunta que es necesario dejar abierta, pero que tiene un carácter estratégico.

(Por cierto y entretanto, ¿en qué estarán pensando los Garzones? ¿Querrán sumarse a esta alianza o estarán más cercanos al uribismo? ¿O aceptarán las dádivas y las sobras que hasta ahora les ha dado el santismo?).

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