Polarización en la política sin renovación

bipartidismo

Por: Ricardo García Duarte / Semanario Caja de Herramientas.

Los partidos y caudillos salidos todos del viejo bipartidismo clientelista, pero ahora etiquetados con nuevas marcas de empresas electorales se alistan para la contienda con ganas cada uno de dar las primeras zancadas con miras a enfrentar las elecciones de Congreso en marzo y de Presidente en mayo de 2014.

Arranca la campaña

Lo hacen como envejecidas cabalgaduras y sin embargo, enjaezadas en forma tan regia y lustrosa que junto con el resoplar de sus ambiciones, terminan; cada vez que se aproximan los comicios, momento en que son excitadas las ilusiones y las esperanzas populares por dar la impresión de que son otros competidores llenos de vigor con las promesas a flor de labios, cuando en realidad se trata de los mismos o, peor aún, de sus hijos o de los hijos de estos. Y que siguen una línea de prolongación de castas; que antes atravesaba el ejercicio sucesoral dentro de las candidaturas para la Presidencia de una República que, de ese modo, incorporaba visos de monarquía y ahora también afecta al “cambio” en el liderazgo de empresas políticas con carácter regional. Un liderazgo en el que la posta pasa de manos del “patrón” a los sobrinos, a las esposas, o a los hijos y hermanos. Verdadera mezcla en la que se amalgaman la tecnificación moderna de la clientela con un nepotismo, en el que a su turno encuentran fusión el clan y la empresa, a fin de perpetuar la representación política.

El relanzamiento de la muy santista fundación “Buen Gobierno” y la presentación por Uribe en sociedad de su lista al Senado, sin descartar la ya larga precampaña de esos polluelos –Pacho Santos, Oscar Iván Zuluaga y Holmes Trujillo–, a quienes el adalid conduce con mano diestra y contempla con ternura; son estos hechos que abren la arena para el “combate” por el control de la clase política con miras a conquistar posiciones sobre el terreno, de cara a las posibilidades de hacerse con el gobierno y la mirada puesta en las elecciones del 2018, si  se trata del uribismo y de conseguir ahora la reelección así sea de manera penosa, si se trata del santismo.

Muy pronto también, Cambio Radical y los partidos Liberal y Conservador patentarán sus listas y señalarán a quienes deben ubicarse en sus primeros renglones, lugares estos apetecidos, y para los que se barajan nombres de arrastre y de relegitimación tales como Carlos Fernando Galán, Horacio Serpa y quizá Martha Lucia Ramírez. Todos ellos, nuevos o veteranos profesionales de una política más o menos apegada a las formas tradicionales de esa partidocracia colombiana, amiga del statu-quo.

Las maquinarias políticas suelen integrar eficazmente sus listas con figuras de opinión tecnocráticamente competentes, junto con una buena cantidad de caciques y de empresas clientelistas. Así aseguran a los votantes y cautivan a la opinión, pero avanzan pocos pasos en el sentido de la renovación puesto que cualquier liderazgo, eventualmente alternativo dentro de sus filas, queda irremediablemente lastrado por el infinito archipiélago de clientelas.

También en esta ocasión, los aires de renovación quedarán congelados alrededor de muy pocas figuras, las cuales se dan cada vez en menor cantidad, por cierto; incluso, en menor número que durante el Frente Nacional.

La desoladora ausencia de renovación

Si pensamos en renovación, bajo los parámetros de a) liderazgos independientes de las prácticas clientelistas, b) un discurso sensible a la equidad social y a la democracia, y c) la contribución a un imaginario ético cercano a la defensa consistente de lo público; es decir, que combine unas determinadas prácticas ciudadanas, ecológicamente no contaminadas, con reformulaciones ideológicas de orden progresista. Si pensamos en estas perspectivas como un tipo ideal, útil como referente, el  panorama que se ofrece a nuestros ojos es más bien desolador, siendo que ya antes – en la década pasada- ese mismo panorama era trágico y amargo por experiencias como la parapolítica y por tanto urgido de profundas transformaciones.

En ningún partido o movimiento se hacen visibles los esfuerzos por elaborar listas de cuya composición se intuya al menos el intento por diseñar un proyecto programático, ético y práctico, significativamente renovador. Si así lo hicieran, los partidos se verían obligados a prescindir de una no despreciable cantidad de caciques y clientelas, base de su caudal electoral.

Ni siquiera el uribismo, obligado legalmente como estaba a reclutar el personal por fuera de la clase parlamentaria, se permitió audacia alguna en materia de un liderazgo renovador, ajeno por completo a las clientelas tradicionales y mucho menos que estuviera tocado por un espíritu abierto y flexible en los grandes asuntos de la paz, las reformas sociales y la autonomía en las escogencias personales de identidad. El expresidente quiso ser moderno al poner a cuatro mujeres detrás suyo en el orden de los renglones de su lista y sólo que casi todas ellas pertenecían a clanes políticos de orden regional o simultáneamente a esa representación pre-moderna que resulta de los notablatos locales, por lo que no dejan de comunicar un cierto tinte patrimonial a la democracia.  Y eso sin contar con el hecho que una de ellas fuera al parecer candidata en su momento apoyada por el PIN en el departamento del Valle.

Sin renovación genuina, lo que cabe esperar de las elecciones que se aproximan es el efecto de re-cambio; no en el discurso o en la praxis, sino en el personal político. Un re-cambio parcial. el cual toma tres formas; a saber: a) la rotación interna dentro de las empresas electorales; b) el desplazamiento de unas clientelas por otras a nivel regional; y c) las disputas de facción que en el orden nacional  expresan la competencia por el control del Estado.

Recambios en el personal parlamentario

La primera forma supone apenas la transmisión hereditaria del bien de la política, convertida por distintos factores en empresa privada; de hecho, una sucesión puramente parental. La segunda hace parte de la competencia por hegemonías locales, y significa un efecto de sustitución horizontal entre competidores sin que estos necesariamente estén animados por un auténtico espíritu alternativo frente a la opción que van a desplazar, o sin que necesariamente vayan a mejorar la calidad de la representación.  La tercera forma significa un fraccionamiento decisivo en el interior de las élites nacionales en torno de la conducción sobre la representación nacional y sobre el personal político. Implica también, pero en un grado intenso y relevante, la sustitución de una facción por otra.

Éste último caso es el que le imprime sentido al reto que lanza el uribismo contra ese cuerpo de representantes al que él mismo dirigió en el inmediato pasado. Es el reto encarnado por Uribe, quien se ha hecho propietario de una buena parte de la opinión pero, y que de pronto se vio huérfano de esa clase política a la que él condujo hasta hace poco. Una clase política que en los últimos dos años se pasó al campo de Santos, el dueño de los recursos que hacen parte del Gobierno.

El reto consiste en arrebatarle en las urnas el control que Juan Manuel Santos tiene sobre una porción de la clase política; particularmente sobre el partido de la U. Un partido que corre el riesgo de verse seriamente disminuido, si no destrozado, por las listas de Uribe Vélez quien pasaría en esa forma a construir otra vez un partido suyo y en esta ocasión a expensas del partido santista. Y empujado por una energía negativa de índole demagógica la que toma cuerpo en el discurso inconsistente, pero persistente de que el proceso de paz es la entrega del país al terrorismo.

Se trata de un remplazo de élites parlamentarias a partir de un personal “nuevo” y sin votos propios (como los miembros de la lista de Uribe, salvo él mismo) y sobre todo bajo una formulación ideológica que lejos de ser renovadora es fuertemente antiprogresista.

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Una respuesta a “Polarización en la política sin renovación

  1. me gusta, falto el análisis de quienes posando de alternativos, terminan eligiendo a los caciques de siempre, alianzas que solo son empresas electorales y no candidaturas de partidos programáticos

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