La economía no puede ser un asunto mediático.

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Por: Jaime Alberto Rendón Acevedo / Semanario Caja de Herramientas.

La economía no puede ser un tema de ejercicios mediáticos, de cómo copar los medios masivos de comunicación, de control a la opinión pública para “convencernos” de las bondades de una venta que no debe de ser, para hacernos creer como natural que la economía debe de ser puesta a los intereses privados y de mercado. Esto no es otra cosa que una forma sutil de dominación, de sometimiento a unos intereses establecidos.

Hay un viejo dicho sobre la democracia colombiana, se trata de “la más antigua y sólida en América Latina”. Esto se dice porque nuestra historia no está plagada de golpes de Estado, aquellos que incluso introdujeron el modelo neoliberal empezando por los países del Sur, por Chile, que debió soportar no solo a Pinochet sino al premio Nobel de economía Milton Friedman; ni se diga de Argentina, en fin una triste historia que recorrió el continente imponiendo un modelo de desarrollo a sangre y fuego.

Esta democracia, ni sólida ni antigua, ha debido soportar desde el siglo XIX las guerras continuas, el aniquilamiento del otro, el Frente Nacional, la seguridad nacional, las guerrillas, los narcos, los paramilitares, las bandas emergentes e incluso la seguridad democrática. En últimas, desde el miedo, este pueblo ha debido aguantar y encontrar algunos caminos que le posibiliten ser, tener una oportunidad de vida decente y digna.

Me gusta traer a colación una frase que fijó en lápida hace unos 25 años Fabio Echeverri Correa: “Mientras a la economía le va bien, al país le va mal”. Y lo decía el Presidente de la ANDI en ese momento. Hoy yo no estoy seguro de esto. Me explico. La economía colombiana crece, pero fundamentada en actividades especulativas como el sistema financiero o el sector inmobiliario. El empleo lo genera el sector comercial y de los servicios, soportados en actividades llamadas “cuenta propia” (recuérdese el lema de forjar un país de propietarios), las llamadas locomotoras tuvieron la misma suerte que las viejas máquinas de los ferrocarriles en Colombia. Sólo el 7.5% de la población ocupada en este país tiene ingreso de más de cuatro salarios mínimos ($2.358.000, es decir 1.251 dólares) y el 50% de la población está en la informalidad.

En cuestiones de protección social son claros los problemas en pensiones (sólo el 27% cotiza a fondos pensionales) y la salud necesita rápidamente una acción del Estado, que nuestros congresistas no quieren discutir porque están indignados por la reducción de su salario, lo que debería ser un punto neurálgico para no votarlos en las próximas elecciones sino vetarlos.

El país no tiene carreteras, puertos, aeropuertos para enfrentar las ilusiones comerciales de los 14 TLC firmados. Son varias décadas hablando de estas necesidades y los dineros públicos han terminado en las arcas de los constructores, de los políticos corruptos o de las mismas empresas a las que les generamos unas condiciones de beneficios tributarios, sin exigirles contraprestación alguna.

La pobreza y la desigualdad siguen siendo la característica (la vergüenza) de nuestra sociedad y aunque las cifras que presenta el Gobierno son halagadoras en tanto muestran mejoras, no se nos puede olvidar que el país es la novena sociedad de mayor pobreza y la tercera con mayor desigualdad en América Latina.

Cualquiera podría estar pensando, a estas alturas de la lectura, que yo soy un derrotista y que solo veo lo malo del país. Pues no, veo gente maravillosa trabajando muy duro, tratando de sacar su vida, la de sus familias adelante. De micro, pequeños, medianos y grandes empresarios que apuestan por un futuro, por hacer las cosas bien. Se de un país que avanza, a un ritmo importante, pero insuficiente para sus necesidades de crecimiento y desarrollo. Una gente que cree, que le apuesta a mejores formas de vida. A estudiantes, que desde muy tempranas horas del día, hasta terminar la noche, que han debido pasar por trabajos y por el rebusque de ingresos, insistir para lograr un futuro que la educación promete, pagando muchas veces altas matrículas por una educación de escasa calidad. Se de esto y muchas cosas más, que me llenan de orgullo por este país que en medio de todas las dificultades, de los miedos por una historia de aniquilamientos, hoy se arriesga a salir a las calles a construir la democracia negada y a soñar con un mejor futuro.

Pero, nada. Estos impulsos terminan estrellados en las vocaciones de unos burócratas que mienten para poder realizar sus propósitos como si fuera su propia naturaleza y si para ello tienen que utilizar todos los medios posibles, pues lo hacen, incluyendo ser editorialistas en las páginas dominicales del primer diario del país que sirve no sólo al Gobierno sino a un Grupo económico en particular.

Cómo seguir insistiendo desde el BID en que Colombia es un caso especial de América Latina y que va mejor que cualquiera otro país. Que las clases medias están protestando porque quieren más competencia. Que necesitamos mayor productividad como en Asia, como si hubiesen sido pocos los cambios en la productividad del trabajo y del capital con una industria y un campo destruyendo puestos de trabajo pero teniendo mayores volúmenes de producción.

Creo que los analistas, pero sobre todo los que están ocupando altos cargos en los organismos internacionales y en el Gobierno, debemos de ser lo suficientemente sensatos como para pensar por fuera de unos pocos grupos de poder. Los medios de comunicación alientan nombres a la Presidencia y a los ministerios sin que estos tengan programas concretos de beneficio para el país.

Para completar el colmo, el señor Ministro de Hacienda, preocupado por el tema de la competitividad y la falta de infraestructura evidente en el país, se ha trazado una defensa, por encima de cualquier cosa, a la venta de Isagen, con el propósito de financiar las obras necesarias. Se trata de 5 billones de pesos que deben entrar a hacer parte de un presupuesto estimado en 64 billones de pesos para realizar los planes viales del Gobierno Santos.

Si bien es cierto que la financiación de estos propósitos no es sencilla, debe el país seguirse preguntando ¿cuál es el afán de vender a Isagen, si el objetivo es tener solo el 8% de los recursos requeridos? Si existe el apetito de los privados por quedarse con la participación del Gobierno en la Empresa, no le parece a Usted, Ministro, que debería pensar por un momento en los intereses del país y conservar los pocos activos productivos y rentables que le quedan, después de las ferias realizadas en los últimos 20 años donde se le ha dejado a los privados la salud, las pensiones, las comunicaciones, entre otras, y con ello los consumidores no hemos tenido ni mejores servicios ni mejores precios, por el contrario, debemos de pagar altos precios por estos servicios y, lo que es peor, cada vez más impuestos para saciar el apetito fiscal de los corruptos.

¿Cómo es posible que estemos angustiados por vender una empresa eficiente, productiva y rentable, cuando las exenciones tributarias a las grandes empresas del país sobrepasan con creces el valor pretendido por Isagen? Por eso se le debe de decir al país la verdad, se debe abandonar la hipocresía de nuestros servidores públicos que hacen transito en los ministerios, en los organismos internacionales o en las empresas transnacionales a las que le han y le van a servir.

La economía no puede ser un tema de ejercicios mediáticos, de cómo copar los medios masivos de comunicación, de control a la opinión pública para “convencernos” de las bondades de una venta que no debe de ser, para hacernos creer como natural que la economía debe de ser puesta a los intereses privados y de mercado. Esto no es otra cosa que una forma sutil de dominación, de sometimiento a unos intereses establecidos.

Los impulsos mediáticos del Gobierno para defender los intereses de los grandes capitales privados no pueden ser la herramienta que sirva para cooptar la riqueza del Estado por unos pocos conglomerados económicos. La democracia, la esperanza de un postconflicto, pasa por las construcciones que la sociedad pueda realizar, y esto tiene que ver con la participación, con la riqueza pública y con el acceso a los medios de comunicación.

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