Conversaciones de La Habana: porque no se deben suspender.

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Por: Alejo Vargas Velásquez / Semanario Caja de Herramientas.

En los últimos días ha empezado a correrse el rumor, pero también algunas propuestas, señalando que lo adecuado es suspender las conversaciones de La Habana entre el Gobierno del presidente Santos y las FARC-EP durante el período electoral.

En los últimos días ha empezado a correrse el rumor, pero también algunas propuestas, señalando que lo adecuado es suspender las conversaciones de La Habana entre el Gobierno del presidente Santos y las FARC-EP durante el período electoral. Considero que esa es una alternativa equivocada y de alto riesgo para las posibilidades de terminación del conflicto interno armado.

Por supuesto que la terminación del conflicto interno armado tiene muchas barreras a superar. De un lado están los adversarios declarados de las conversaciones –aunque se mimeticen diciendo si a la paz, pero…con unas condiciones, que la hacen inviable-, que consideran que la manera de resolver este conflicto armado pasa es por el camino de la derrota militar –el exterminio?-, de los miembros de la guerrilla y luego la capitulación de los que queden llevándolos a las horcas caudinas de los derrotados; pero esos no son los más preocupantes, porque tienen una posición clara y a ellos hay que buscar es derrotarlos políticamente ante la opinión pública y en el debate electoral.

De otro lado están las personalidades que han participado en anteriores procesos de conversaciones y que se consideran indispensables para hacer la paz; ellos si no son tenidos en cuenta, pueden terminar siendo un gran obstáculo para avanzar.

Pero lo que sí es preocupante es que sectores democráticos que si bien apoyan la búsqueda de la paz negociada, algunos pareciera ser solo de palabra, realmente pareciera que su prioridad está es en superar su histórica marginalidad política y en esa medida tienden a actuar con un gran cálculo político y consideran de una parte que la paz no puede ser para apoyar al gobierno de turno que la está construyendo –cayendo en una contradicción, porque las conversaciones de paz las impulsa es un gobierno en específico al cual hay que acompañar, no es un acto abstracto- y también temen en el fondo que a lo mejor un movimiento político surgido del proceso de conversaciones puede ser una barrera para sus aspiraciones políticas. Todo lo anterior nos permite recordar que no es tarea sencilla construir la paz en sociedades como la nuestra con tantos intereses entrecruzados; como bien lo señalaba Aldo Cívico en su columna de El Espectador, los colombianos tenemos una gran capacidad para auto-sabotearnos.

Ahora se especula sobre tres posibilidades, levantarse de la Mesa de Conversaciones, suspender las conversaciones durante el periodo electoral, es decir medio año o continuarlas acelerando el paso.

La primera opción es la deseada por los enemigos de la terminación concertada y seria darles un triunfo a los sectores guerreristas de la sociedad y por supuesto otra gran frustración para los colombianos y sepultar durante un largo periodo la posibilidad de paz en Colombia.

La propuesta de suspensión, que algunos la hacen de muy buena fe, durante el debate electoral me parece que es jugar con candela, es altamente riesgosa; es casi similar a la anterior, con un pequeño matiz. La experiencia colombiana ha sido que cuando se han dado estas pausas –que en este caso no podrían ser menor a seis meses, lo cual es un tiempo largo para las conversaciones- no se ha regresado a la Mesa de Conversaciones (recordar Tlaxcala en el Gobierno de Cesar Gaviria, o la suspensión entre el ELN y el Gobierno Uribe con la crisis andina en 2007). Pero además es entrar en un campo de grandes incertidumbres. Por un lado no sabemos que composición tendrá el nuevo Congreso que se elegiría en 2014, ¿uno donde predominen las fuerzas políticas adversarias de la salida concertada?, ni tampoco cuál va a ser el Gobierno que se elija en Mayo, sino se re-elige al Presidente Santos, ¿un candidato uribista o el de una supuesta ‘tercería’?

Adicionalmente no tiene sentido la idea de que se va a ‘politizar’ el proceso de conversaciones. Por supuesto que no hay nada más político que terminar la confrontación armada de medio siglo y lo ideal sería que los colombianos justamente eligieran para el Congreso a las fuerzas políticas que apoyan sin titubeos el proceso de conversaciones en curso y a eso no se le debe tener miedo, es una consulta propia de la democracia, mucho más en un contexto como el actual donde la posibilidad de un gran consenso nacional no parece existir y lo que debe primar es la opinión de la mayoría.

Realmente lo que deberían hacer las dos Delegaciones, la del Gobierno y la de las FARC-EP, es acelerar el ritmo de las conversaciones y llegar a un acuerdo definitivo a la mayor brevedad –ojala esto lo valoren tanto el Gobierno como las FARC-, no más allá del mes de Enero del 2014, de tal manera que se vaya a elegir un nuevo Congreso y un nuevo Gobierno que estén claramente comprometido con los acuerdos y con la decisión de implementar los mismos, porque la terminación del conflicto no es la firma de unos documentos en La Habana, ese el comienzo de la implementación de los mismos, tarea que conllevara fácilmente dos nuevos gobiernos comprometidos a fondo con la solución  negociada del conflicto armado y la posterior construcción de paz.

Estamos los colombianos ante el desafío siguiente: o somos capaces de aprovechar la oportunidad en cursos y hacer una concertación para terminar el conflicto armado o marchamos hacia una nueva frustración nacional.

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