Los movimientos sociales frente al ascenso de Syriza y la izquierda parlamentaria.

SyrizaFlags

Por: Theodoros Karyotis y Antonis Broumas* / Diagonal.

Hoy en día, el antagonismo social sucede en términos marciales. La dominación capitalista resuelve sus contradicciones, ya no concediendo ciertos derechos y privilegios a los oprimidos, como ha hecho en el pasado, sino imponiendo un estado de excepción permanente, donde todas las medidas de ingeniería social están justificadas y todas las protestas son percibidas como una iniciación de hostilidades. Llegar a un nuevo equilibrio sigue siendo un reto; y ese reto se abordará solo con la del contrapoder social en el centro de la escena política.

En este contexto sociohistórico, la posibilidad de un gobierno de izquierda emerge en Europa, con la coalición de izquierdas Syriza de Grecia y el recién llegado Podemos de España como su vanguardia, en respuesta a la perspectiva del autoritarismo neoliberal consolidado sobre una base nacional.

Los periodos de crisis son momentos de antagonismo social, en los que se licúan las posiciones de las fuerzas sociales contestatarias. En la presente crisis, los movimientos sociales autónomos emergen de las contradicciones del capitalismo moderno como los principales sujetos colectivos con un potencial para una transformación radical y un cambio social. Ellos constituyen el principal oponente a la dominación capitalista en la actual confrontación social y cualquier conflicto dentro del aparato del estado y del gobierno es, esencialmente, un reflejo del flujo y reflujo de las movilizaciones sociales. Siendo conscientes de que el nuevo mundo que anhelamos solo puede venir a través de las luchas desde las bases, tenemos que contemplar seriamente la posibilidad de un gobierno de izquierdas. Los efectos de tal victoria electoral serían ambiguos para los movimientos de base, ya que, por un lado, esa victoria podría inclinar el equilibrio de poder y, por tanto, dar un poco de oxígeno a los movimientos en su enfrentamiento a la dominación capitalista, pero, por otro, podría acelerar la inquietante tendencia a la cooptación y asimilación de los movimientos sociales por parte de la lógica de la gestión estatal.

Burocracia de izquierdas y estado.

En teoría, la izquierda comunista se relaciona con el estado en términos instrumentales. La conquista del estado burgués se presenta como un mal necesario en el camino hacia el poder obrero. Esta visión, sin embargo, se sumerge –incluso en el puro nivel teórico– en una serie de contradicciones. Incluso en sus versiones más sofisticadas no aborda la cuestión de la relación dialéctica entre la burocracia del partido de la vanguardia y la autonomía del mundo del trabajo, ni la posibilidad de conseguir una transición a una sociedad igualitaria, cuando existe tal disparidad entre los medios usados y las metas propuestas.

Pero en la praxis social, la experiencia histórica de la relación entre partidos de izquierda y el estado es aún más compleja y contradictoria. En el siglo XX, casi la mitad del planeta ha sido gobernada por burocracias de izquierdas que ejercitaron el poder apartadas de las clases sociales a las que decían representar. En la mayoría de victorias de la izquierda –electorales u otras– las formas populares de organización, sean soviets, consejos de trabajadores o asambleas, fueron suprimidas sumariamente por el poder central de la nueva clase directiva. Pero incluso allá donde no llegaron a tener el poder estatal, las burocracias de izquierda operaron meramente como agentes de mediación y delegación de poder político, en vez de ser una expresión del sujeto colectivo del movimiento obrero. En un intento de vencer al estado burgués con sus propias armas, modelaron sus estructuras organizativas sobre los elementos más reaccionarios y jerárquicos del mismo estado burgués, anulando, así, cualquier tentativa de autoexpresión autónoma de los trabajadores.

Sin embargo, mucho ha cambiado desde el apogeo de los movimientos obreros hasta hoy. En el contexto europeo, una posible conquista del poder estatal por parte de un partido de izquierdas no se ve ya como el mal necesario, sino como un objetivo estratégico para mitigar el impacto sobre el tejido social del asalto neoliberal. En la mitología de izquierdas moderna, el estado es visto implícitamente como la última frontera de la política “real”, opuesto al creciente poder social del capital; de este modo, la crítica de la esencia burguesa de la naturaleza del poder estatal puede ser ignorada. Esta concepción del estado, sostenida por la mayoría de los partidos de izquierda contemporáneos, se está quedando rezagado tras, incluso, enfoques anteriores de la izquierda socialdemócrata, que al menos conservaban una mínima conexión con la meta estratégica de la transformación social.

Sin embargo, la estrategia de la salvación social mediante la conquista del poder estatal sigue pareciendo atractiva a una parte de los estados oprimidos, que aún preservan recuerdos del estado del bienestar de tipo norte-europeo y piensan en la movilización colectiva como un medio de presión para extraer concesiones del principal agente de mediación del antagonismo social, es decir, el Estado. Mientras que es tentador para mucha gente pensar hoy en día en el Estado del bienestar de la post-guerra como el único medio con sentido y efectivo de garantizar derechos sociales y económicos para el grueso de la población, hoy es evidente desde una perspectiva histórica que tal equilibrio no fue más que un arreglo temporal, limitado en su alcance, diseñado para apaciguar las clases trabajadoras de los poderes post-coloniales que se iban radicalizando y para evitar la amenaza soviética.

Asimismo, las administraciones de izquierdas de hoy en día no se esfuerzan en representar en la política sistémica a los emergentes sujetos sociales radicales, ni tampoco están intentando potenciar la emergencia de abajo hacia arriba de nuevas condiciones para nuestra existencia común, condiciones que son ahora omnipresentes en las movilizaciones sociales que suceden en cada continente del planeta. En vez de eso, atienden las expectativas de la vulnerable clase media de retornar al Estado del bienestar del pasado, donde la dominación capitalista se ejercía todavía en términos de consenso social y equilibrio de poder más que mediante la cruda imposición.

Es comprensible que el ambicioso programa de Syriza de redistribución de la riqueza a favor de las clases medias y bajas despierte la imaginación de los movimientos sociales de Europa; al fin y al cabo, en el contexto presente, hay un cierto heroísmo quijotesco en el neo-keynesianismo de Syriza, contrapuesto en la escena global a un neoliberalismo omnívoro, que, tras saquear el Sur Global durante décadas, ahora consume la periferia europea y avanzará pronto hacia el centro. Esto explica las proporciones casi míticas que cobra la fama de Syriza fuera de Grecia y las altas expectativas que el ascenso electoral de este partido ha creado. Estas contrastan con las de sus seguidores locales, quienes saben muy bien que, aunque puedan conseguir el poder del Estado, la capacidad del partido para una reforma radical será extremadamente limitada.

Aducimos que la aspiración de las clases medias venidas a menos de retornar a una etapa “humana” del capitalismo no será cumplida. El estado-nación contemporáneo está sumido en una crisis severa, tanto por las inherentes contradicciones de sus instituciones de representación como por la expansión del poder social del capital y sus estructuras no estatales. Hoy, más que nunca, la conquista del poder estatal no significa la conquista del poder social. Además, la confrontación contemporánea se desenvuelve entre el cada vez más consolidado poder social del capital y el contrapoder social de los oprimidos.

La transformación social radical del mañana no será un producto del estado burgués y sus instituciones de representación, sino de la subversión de las instituciones de Estado y de la emergencia de estructuras sociales de poder inmanente a la sociedad e inseparables de esta. Bajo estas condiciones, la conquista del Estado burgués por parte de una administración de izquierdas puede ir en detrimento de los movimientos autónomos si no ayuda a expandir estos espacios vitales de desarrollo de su poder social contra el poder del estado-nación y contra el capital internacional.

Sin embargo, nuestro rechazo de la línea reformista defendida por los partidos de izquierdas contemporáneos no implica una adopción acrítica de la política revolucionaria tal y como se definió en el siglo XX. En el capitalismo tardío del trabajo inmaterial y fragmentado, de las nuevas formas de disciplina mediante la deuda y tácticas de miedo, de centros de poder opacos muy alejados de la población que gobiernan, no hay un Palacio de Invierno que asaltar ni tampoco posibilidades de vencer al enemigo en términos militares. El barrio, la calle y la plaza pública han substituido ampliamente a la fábrica como epicentro del antagonismo social y de clase. Reconceptualizar la comunidad, romper el aislamiento social, crear estructuras horizontales y participativas basadas en la igualdad, solidaridad y el reconocimiento mutuo y construir redes entre esas estructuras son actos sociales que hoy constituyen la praxis revolucionaria.

Como siempre ha sucedido, la transformación social radical verdadera puede ser solo producto de una confrontación de un modo pre-existente de existencia social ampliamente difundido con las estructuras de dominación y no las acciones de unos pocos iluminados que rediseñen la sociedad en el interés de la mayoría. Por lo tanto los movimientos sociales más novedosos no buscan reformar las estructuras políticas y económicas existentes, sino construir alternativas en el millar de grietas del sistema actual, es decir, allá donde los valores capitalistas no pueden imponerse. Establecen la gestión colectiva de los bienes comunes, a través de la autogestión horizontal de comunidades que emergen a su alrededor, contra la atomización del mercado capitalista y la burocracia del Estado. Así, construyen las condiciones materiales de la autonomía política, asegurando la reproducción social que el estado y el mercado ya no quieren proporcionar y crean nuevos imaginarios de cooperación social para sustituir a los valores dominantes de movilidad social individual y prosperidad material.

Movimientos autónomos y gobiernos de izquierdas

La tensión entre los movimientos autónomos y los gobiernos de izquierdas se evidenció en Sudamérica durante la década pasada, con la re-emergencia de la izquierda de orientación estatal en el subcontinente. La tradición autónoma tiene profundas raíces en Latinoamérica, en gran parte debido a la organización política de los pueblos indígenas, siendo el ejemplo más prominente –aunque no el único– los Zapatistas; pero también debido a las prácticas de una serie de movimientos rurales y urbanos cuyas luchas no siguen el camino marcado: los sin-tierra de Brasil, las fábricas recuperadas o los piqueteros en Argentina, las guerras de agua en Bolivia, etcétera.

Mientras que estos movimientos se hicieron fuertes en condiciones de ataque neoliberal, en la década pasada tuvieron que enfrentarse a una serie de gobiernos progresistas, que eran, a su vez, productos de la agitación social causada por dicho ataque: desde la modesta socialdemocracia de Lula en Brasil y Kirchner en Argentina, hasta los experimentos de transformación política radical como el de Chávez en Venezuela.

Un primer resultado obvio del predominio de los gobiernos de izquierda fue la mitigación (aunque no la completa eliminación) de tácticas represivas. La retirada del apoyo gubernamental a los matones de los terratenientes y las organizaciones paramilitares, el descenso en las incidencias de tortura y encarcelamiento, marcó una gran diferencia para estos movimientos, que han pagado un precio muy alto en sangre por su acción política.

Otro aspecto positivo fue el cese de muchos proyectos neoliberales tan espectaculares como destructivos. Sin embargo, muchos de los gobiernos “progresistas”, usando el discurso del “desarrollo económico”, restablecieron esos grandiosos planes disfrazados de “inversiones de interés nacional”. Cierto que Venezuela, donde un cierto tipo de autonomía popular floreció bajo el mandato de Chávez, constituye un caso especial dentro de este paradigma. Sin embargo, la insistencia en los combustibles fósiles como motor del crecimiento económico se lleva a cabo a menudo a expensas de la población local e indígena. Es evidente que todos los gobiernos, de derechas o de izquierdas, siguen comprometidos al imaginario capitalista de un crecimiento ilimitado a cualquier precio.

De todos modos, la mayor amenaza que representan los gobiernos de izquierdas para los movimientos de base es la pérdida de su autonomía. Los gobiernos de izquierda admiran a los movimientos sociales por los lazos de solidaridad que construyen entre ellos, por su conexión con la sociedad, por su imaginación y creatividad para solucionar problemas y, lo más importante, por el gran cambio que pueden llevar a cabo con fondos escasos o inexistentes. Con ese espíritu, muchos gobiernos de izquierdas latinoamericanos han intentado utilizar a los movimientos para ejercer política social, convirtiendo a los más prominentes activistas en burócratas, usando políticas asistencialistas para apaciguar a los sectores radicales y librando una guerra encubierta contra los movimientos que no se querían alinear con la línea gubernamental, hasta incluso llegando a acusarlos de ser agentes de las fuerzas de derechas.

A través de este tipo de política de “la zanahoria y el palo”, no sólo el Estado se enriquece con el dinamismo de los movimientos sociales, sino que estos últimos se subordinan a las prioridades del Estado, perdiendo su momento y a menudo desvaneciéndose. En Grecia se experimentó una situación similar cuando el “radical” y socialdemócrata PASOK llegó al poder en 1981, marcando el final de la efervescencia política que caracterizó el periodo tras la transición democrática de 1974, y asimilando muchos movimientos sociales dentro del régimen corporativo que estableció. Más o menos en los mismos años, puede verse un caso similar en España con el gobierno Socialista de Felipe González.

En el momento de escribir este artículo, un largo ciclo de movilización social está tocando a su fin en Grecia y en el mundo, dejando atrás un importante legado de estructuras que operan mediante democracia directa (cooperativas de trabajadores, asambleas locales, centros sociales, redes de solidaridad, movimientos en defensa de los comunes, emprendimientos de economía solidaria); pero también deja un gran fatiga y frustración ya que el programa de reformas neoliberales se está llevando a cabo punto por punto a pesar de los mejores esfuerzos –a un elevado coste personal– de innumerables activistas sociales. A causa de esta frustración, es fácil para los colectivos dejarse llevar hacia la introspección que propicia que ciertas partes del movimiento –ya propensas a esas prácticas– regresen a la persecución de la “pureza ideológica” y del sujeto revolucionario “real”, una cruzada que en el siglo XX ya ha mostrado ser un camino sin retorno hacia la insignificancia política y el sectarismo.

Esta frustración y la falta de una visión concreta de transformación social desde abajo dejan un vacío que es explotado por los partidos de la izquierda parlamentaria para reforzar la lógica de la mediación política y para convertirse fundamentalmente en agentes del deseo de cambio social. Repitiendo las prácticas del siglo XX, usan su posición hegemónica para apropiarse de la plusvalía política de la movilización social y crean estructuras de representación dentro de los movimientos, restringiendo o marginalizando las demandas que no encajan en su agenda política y así desviando la acción de los sujetos sociales hacia el camino parlamentario.

Ciertamente, hay mucho camino por delante para los movimientos horizontales nacientes antes de que consigan trascender sus circunstancias locales y particulares, conectar con un devenir político más amplio y crear nuevos espacios políticos donde podamos debatir y decidir juntos los términos de nuestra existencia común –es decir, progresar de la coexistencia a la cooperación–. Sin embargo, los movimientos horizontales y prefigurativos, a pesar de ser una minoría, constituyen hoy la principal fuerza antagonista al sistema actual de dominación que muy rápidamente está alcanzando sus límites sociales y ambientales.

Los movimientos autónomos están orientados no a la toma de poder, sino a su dispersión: imaginan nuevas instituciones descentralizadas para la gobernanza de la vida social y económica para reemplazar la democracia burguesa, que está inmersa en una profunda crisis estructural de reproducción social, representación política y sostenibilidad ecológica. Eso no conlleva disponer de un programa bien definido de ejercicio del poder, sino de forjar lazos e instituciones que puedan permitir la síntesis de lo específico y local con lo general y universal. Las luchas por los comunes, por el conocimiento, la tierra, el agua y la salud, dejan tras de sí un legado de instituciones accesibles y participativas, que pueden formar la columna vertebral de un nuevo tipo de poder: el poder de las personas y no de los representantes.

Los esfuerzos del comunitarismo libertario apuntan hacia la creación de comunidades políticas activas y al uso de las instituciones locales como bastión contra el capitalismo global y como un campo apropiado para la aplicación de los preceptos del decrecimiento y de la intervención local. La promesa de la autogestión del trabajo, de las cooperativas de trabadores y de la producción entre pares indican un camino dentro, contra y más allá del estado y del mercado. En cualquier caso, la nueva fuerza constituyente será diversa, reflejando la infinidad de subjetividades militantes que engendra la dominación del capital en todos los aspectos de la vida social.

Ciertamente no hay nada inevitable en la emergencia de este nuevo mundo, ninguna certidumbre teleológica de que esto va a suceder así, de la misma manera que las predicciones deterministas del siglo XIX del advenimiento de una sociedad libre no se han cumplido. La lucha de las personas para prevalecer sobre la dominación del capital tendrá lugar en el campo contingente del antagonismo social, y dependerá de su determinación a convertir la frustración en creatividad social para liberarse de identidades restrictivas y de certidumbres ideológicas, para ignorar las promesas de mediación y reinventarse a ellos mismos como sujetos sociales instituyentes.

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