Las víctimas: cómo construir un concepto.

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Por: Sergio de Zubiría / Razón Pública.

En el momento de poner fin al conflicto se intensifican los debates sobre quienes sean sus “víctimas”. Un repaso sugestivo desde la religión y los tratados de la ONU hasta la manipulación electoral y las lecciones éticas que pueden darnos “las víctimas”.

Dos lecturas

Este escrito intenta establecer una “noción crítica” del concepto víctima, inspirados en las reflexiones del filósofo Walter Benjamin sobre la dimensión política de la memoria, sus críticas a las concepciones dominantes de historia y de progreso, y a partir de la distinción que propuso Antonio Gramsci entre hegemonía y contra-hegemonía.

Semejantes referencias “filosóficas” podrían sonar abstrusas o distantes ante una realidad – y ante unas controversias- como las que sufrimos o presenciamos cada día en Colombia. Y sin embargo, precisamente porque el tema es tan real y pesa tanto, es necesario abordarlo muy en serio.

En efecto: la noción predominante de “víctima” ligada a lo jurídico-legal implica un significado bastante restringido, da prioridad al cuerpo sacrificado, instrumentaliza los derechos humanos y normaliza (o hasta sacraliza) ciertas prácticas violentas.

Por el contrario, el análisis inspirado en Walter Benjamin busca ampliar los significados, tomar distancia de lo exclusivamente sacrificial, mostrar los límites del enfoque jurídico, transformar los derechos humanos, reivindicar la dimensión de subjetividades políticas de las víctimas y realizar una crítica radical a la violencia.

En el eje de la paz

El “Acuerdo General para la Terminación del Conflicto y la Construcción de una Paz Estable y Duradera” declara en su punto 5 que “Resarcir a las víctimas está en el centro del acuerdo Gobierno Nacional y las FARC-EP”. Es decir, que la paz verdadera no es posible sin reconocer a las víctimas y sin restablecer sus derechos a la verdad, a la justicia, a la reparación y a la garantía de no repetición.

Y sin embargo – o justamente debido a la insistencia de los medios sobre la primacía de las víctimas- no nos ha dejado ver que existen muy distintas maneras de abordar estos problemas.

Parecería que al hablar de “víctimas” estuviéramos hablando siempre de lo mismo, lo cual es imposible en cualquier ámbito complejo del pensamiento humano, porque los disensos, matices y diferencias son inevitables y connaturales a estos procesos.

Para evitar la trivialización -o peor, la manipulación electoral o instrumentalización- de la palabra “víctimas” y para reconocer su potencia emancipadora es necesario subrayar sus matices y sus contradicciones.

La raíz religiosa

Según el diccionario de la Real Academia Española, víctima es la:

1. f. Persona o animal sacrificado o destinado al sacrificio.

2. f. Persona que se expone u ofrece a un grave riesgo en obsequio de otra.

3. f. Persona que padece daño por culpa ajena o por causa fortuita.

4. f. Persona que muere por culpa ajena o por accidente fortuito.

En estas acepciones salta a la vista la relación de la palabra con lo sagrado, con el sacrificio, donde la muerte resulta sublimada (víctima propiciatoria). En este caso, el protagonista no es necesariamente un agente pasivo, sino que incluso podría ser un voluntario.

Aquí hay tal vez rezagos de una antigüedad cuando los sacrificios humanos eran norma aceptada para mantener o para restablecer el orden del cosmos y apaciguar a los dioses, lo que más adelante se habría transformado en la expiación de una “falta” o de un “pecado” colectiva.

Esta connotación cristalizó en la figura del ‘mártir’, aquel que entrega su vida para redimir a la humanidad: Cristo, el cordero sacrificial que muere para salvar a todos los demás mortales.

La concepción jurídica y sus límites

Bajo esta noción todavía predominante en muchos círculos hay una cierta carga teológica que se esconde también bajo su acepción jurídica, pues el derecho ocultan viejos contenidos religiosos, implícitos bajo el velo formal de su eficacia funcional en sociedades modernas.

El filósofo Michel Foucault explica bien este punto: “La presencia y persistencia de significados religiosos en las operaciones modernas del derecho penal, la purga de la pena y las penitenciarías como los espacios idóneos, no tanto de reinserción social de los delincuentes sino del sentido del castigo derivado del penar de los pecados y la penitencia”.

Este concepto dominante queda pues definido y delimitado como delito, cargado de significaciones múltiples que contienen el periplo de la secularización del sacrificio y de la historia del derecho en las sociedades occidentales.

Finalmente, la Resolución 60/147 aprobada por la Asamblea General de Naciones Unidas el 16 de diciembre de 2005, dispone que: “Se entenderá por víctima a toda persona que haya sufrido daños individual o colectivamente, incluidas lesiones físicas o mentales, sufrimiento emocional, pérdidas económicas o menoscabo sustancial de sus derechos fundamentales, como consecuencia de acciones u omisiones que constituyan una violación manifiesta de las normas internacionales de Derechos Humanos o una violación grave del Derecho Internacional Humanitario”.

Esta definición adolece de las mismas limitaciones señaladas en la concepción sacrificial de la idea de víctima, porque:

Está enmarcada en el individualismo del derecho burgués moderno, al centrar la condición de víctima en “toda persona” individual que haya sufrido algún tipo de daño.

Predomina la noción del cuerpo y mente sufrientes como condición o rasgo esencial de la victimización.

Acaba estando sometida a una perspectiva formalista, según la cual solo se puede ser víctima cuando haya una violación manifiesta de normas internacionales de derechos humanos o del derecho internacional humanitario.

Se presenta una justicia reducida a violación de normas, reglas o representaciones jurídicas, y

Se limita el fenómeno de la victimización a ser sujeto pasivo de un delito tipificado.

La discusión pendiente

Para enfrentar la discusión en el contexto de Colombia y del acuerdo eventual entre el gobierno y las FARC haría falta apelar al significado político de víctima ene l contexto de los derechos humanos.

Este sentido nos permite entender el fenómeno de las víctimas como una fuerza social, jurídica y humanista, que trasciende el mero discurso de sufrimiento y de sacrificio, para situarse en el terreno de la reivindicación y el reconocimiento de quien, además de padecer vejámenes que afectan y comprometen gravemente su condición física, ha sufrido violencia contra su pensamiento, su subjetividad y su papel como sujeto político.

La concepción de “víctima” que hoy prevalece en el discurso colombiano – el del gobierno, el de las guerrillas, el de la oposición, incluso el de las víctimas- instrumentaliza los derechos humanos para sus propios fines políticos, ya sea de forma positiva o negativa, con el fin ulterior de apropiarse de las reivindicaciones, de la interpretación sobre el contenido y la razón o sin razón de este largo conflicto, y sobre la verdad, la justicia y las reparaciones que eventualmente resulten.

Dentro de esta visión queda por fuera el entendimiento de las víctimas como un movimiento social de resistencia o de reclamo, que implica la exigencia del reconocimiento de la dignidad humana, con potencial crítico y que muestra las luchas populares como una fuerza decisiva para el avance ético de la sociedad.

Por eso creemos que el concepto de “víctima” tiene que ir más allá de la noción estrictamente tipificada por la ley, que deja por fuera otras situaciones y actos que también atentan contra la dignidad y la calidad de vida de las personas, pero que, como no están contempladas por la legislación vigente, no son tenidas en cuenta.

La construcción de la noción de “víctima” es fundamental en el momento de esclarecer la historia de Colombia, pues son ellas las que han sido señaladas por reclamar justicia y han sufrido asesinatos, persecuciones, amenazas, desplazamientos, desapariciones y violaciones a los derechos humanos.

La magnitud de los hechos de violencia que ha sufrido Colombia tal vez en este momento no pueda ser abarcada por ningún concepto. Lo siniestro y clandestino de las metodologías utilizadas debe haber producido un tipo de víctima que tampoco podemos conceptualizar claramente por ahora.

Pero en nuestro intento por superar cualquier estratificación entre víctimas de primera y de segunda, o según actores armados, se puede reconocer que estas se han convertido en nuestras educadoras. Así, su duelo y su sufrimiento se transforman en acciones formativas para la sociedad.

El caso de Colombia será considerado paradigmático por la aplicación de políticas excesivamente represivas, cuyos modelos o antecedentes han sido impuestos también en otras regiones de América Latina. Pero también podría serlo por la consideración novedosa de acciones educativas y pedagógicas.

La ausencia de deseo de venganza en las narrativas de algunas víctimas nos enseña que es posible una vida sin resentimientos, que es posible contagiar a otros seres humanos de la posibilidad real de sociedades solidarias y compasivas, y que la verdadera justicia no puede confundirse con la agresión al culpable o con la eliminación del victimario.

La conciencia de que las injusticias vividas nos permiten entender que en la comunidad de sufrimiento no existen jerarquías y que el deber de la memoria de las violencias injustas no está sujeto a escalafones o “rankings”. Su condición amplía la sensibilidad frente a cualquier violencia arbitraria, ejercida contra cualquier ser humano.

De esta manera, transitamos hacia una noción crítica de víctima, siempre en construcción, lejana de la sacrificialidad y del juridicismo, con distancia de las “declaraciones universales”, que sea transformadora de los derechos humanos y esté abierta a la experiencia de las personas protagonistas de la historia.

Para conocer el concepto de víctima del conflicto colombiano necesitamos conocer y caracterizar la crisis social, el modelo de guerra, los atentados masivos, y el sujeto social sobre quien recae la victimización. Esto puede resultar en una trama de identificaciones que dé soporte a una nueva noción liberadora de la idea de “víctima”.

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