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arribismo

Por: Juan Manuel Ospina / El Espectador.

¿En su casa hay árbol de navidad o pesebre? ¿Sabe qué diablos se celebra el día de Halloween, transformado además de una fiesta de niños pidiendo dulces a un deambular de adultos disfrazados? ¿Fue a comprar con descuento en el “Black Friday”? ¿Va a comprar aprovechando una simple rebaja de saldos o a un “Miamesco” sale? ¿Vive en Altos de Bellavista o en Park Seventy One?

La lista sería interminable para mostrar como en medio de un falso cosmopolitismo se impuso al compás de una globalización falaz, un espíritu arribista – aspiracionista dirán otros -, expresión de una lamentable falta de identidad con nuestro condición y realidad como sociedad y cultura. Se trata de un comportamiento presente en todas las clases sociales, especialmente en la media con su creencia de que así expresa su avance en la escala social, y en la alta que busca sentirse un poco menos colombiana, menos provinciana.

Es el espectáculo de una sociedad urbana frágil e insegura de sí misma, encandilada por un relumbrón consumista que, desprovisto de toda cultura o densidad humana, nos llega del norte y en especial de Miami, el moderno ídolo pagano de la inautenticidad latinoamericana. En las calles tradicionales de nuestras ciudades los avisos y anuncios, la publicidad y los nombres “are in english”, muchas veces mal escritos y peor pronunciados, que pretenden generar la falsa sensación de que dejamos atrás nuestro atraso y que ya nos montamos en el tren de una supuesta modernidad; que “estamos in”, despojados, aunque sea simbólicamente, de unas raíces campesinas que “ennegrecen, empobrecen y embrutecen”.

Ese comportamiento social y ese aprovechamiento económico del arribismo ambiente ha encontrado un espacio cultural y valorativo baldío, pues en Colombia hace ya muchos años un agudo gobernante, de cuyo nombre no quiero ni acordarme, de un plumazo abolió la enseñanza de la historia y la geografía del país y de sus regiones; ya antes otro había borrado del mapa educativo la formación en democracia, en su sentido, instituciones y prácticas – lo que en mis tiempos se llamaba Cívica -. El resultado es una sociedad y unos ciudadanos, especialmente los jóvenes, privados de un sentido de identidad y pertenencia que desapareció. Solo la Selección Colombia con sus goles logra que por un momento nos percibamos y comportemos como una nación y no como los huéspedes de un hotel de paso. Para muchos de nuestros compatriotas – ¿para nosotros también? –parecería que lo mejor es no recordar que son sudacas, latinos, colombianos, pues quieren mantener la ilusión de que, aunque aún se tenga cédula y dirección nacional, es posible sentir que se está en otra parte, en Miami quizás.

No se trata ni mucho menos de encerrarnos entre las montañas o en la inmensidad de nuestra arisca geografía. Que no se dude que salirle al mundo para compartir, para intercambiar cultura y mercancías, sueños y temores, es condición necesaria para lograr crecer y enriquecerse como personas y como sociedad en lo material y lo cultural. La cuestión es hacerlo a partir de lo que somos, sin pedantería pero sin vergüenza, abiertos a dar y recibir. Solo reivindicando lo que hemos sido y somos como pueblo, seremos reconocidos y respetados por los demás. De ahí la importancia de decir mi idioma es el español y esta es mi tierra, mi historia y mi cultura; a nadie le pido, a nadie le debo.

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