25 años después del bombardeo a “Casa Verde” ¿hasta cuándo?

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Por: Miguel A. Herrera Zgaib / Semanario Caja de Herramientas.

Corría el mes de diciembre de 1990, y al tiempo que se realizaba la elección de los delegados a la asamblea constituyente, el gobierno de César Gaviria acudió al expediente de bombardear Casa Verde, en una suerte de “blitzkrieg” contra el secretariado de las FARC-EP”.

Corría el mes de diciembre de 1990, y al tiempo que se realizaba la elección de los delegados a la asamblea constituyente, el gobierno de César Gaviria acudió al expediente de bombardear Casa Verde, en una suerte de “blitzkrieg” contra el secretariado de las FARC-EP, que estuvo remiso como el Coce del ELN a firmar los acuerdos de paz, en contravía a lo que hacían el M19, y otras agrupaciones de los subalternos colombianos alzados en armas.

Fue aquel un trámite extraordinario que corrió a cargo del fallecido presidente Virgilio Barco, quien ensayó con poca suerte el binomio gobierno-oposición. Aquella decisión se aceleró por el secuestro intempestivo de Álvaro Gómez Hurtado, por una célula urbana del M19. Es este un episodio del que no se conoce aún la verdad completa, pero, no hay duda, que fue el fulminante de aquella “calma chicha”.

Pero, en todo caso aquel secuestro tuvo un cierre final trágico, el asesinato del varias veces candidato conservador, Álvaro Gómez, a las puertas de la Universidad Sergio Arboleda, de la que fuera uno de sus mentores. Una institución que por lo demás honra a un gran propietario de esclavos, residente en el Cauca, durante el siglo XIX. Una universidad que vive ahora la vergüenza de lo que pasa con el magistrado presidente, Jorge Pretel, separado dos meses de su cargo, por estar presuntamente involucrado en actos de soborno, según lo revelado por el abogado Víctor Pacheco.

Un santanderismo trasnochado

La puesta en práctica de aquella Constituyente, la primera con votación popular, aunque magra, no superó el 28% de los habilitados para sufragar, la completó el nuevo presidente, el emergente César Gaviria, -quien escogido por la familia Galán-, levantó las banderas de Luis Carlos, asesinado en el municipio de Soacha, en agosto de 1989.

Gaviria, con el concurso del primer ministro de defensa civil, Rafael Pardo, a contramano de un ejercicio civilista, dio inicio a la guerra encubierta primero, y al descubierto después contra la insurgencia nacional. Recordando la sentencia de Darío Echandía, que habló del país político, en términos de enjuiciarlos como “un orangután con sacoleva”, que no sólo asesinó a Gaitán, y a su propio hermano.

Fue el anterior un debut dramático y fallido, porque Pardo, envalentonado, anunció que las FARC-EP serían sometidas en 18 meses, que a la postre van ya para 25 años de cruentos sacrificios de todo tipo, pero principalmente humanos, y naturales.

Porque se ha hecho gran daño a ambos, principalmente, con el uso del bombardeo sistemático y el minado de las principales zonas de retaguardia insurgentes, y los municipios sobre los que aún mantienen su influencia y presencia desde hace medio siglo.

No más bombas y desminado conjunto

El mismo día que la tierra colombiana se sacudió por abajo, que frustró la oportunidad fallida al uribismo de infatuarse de Bolívar, cuando vivía el físico terremoto que asoló a Caracas, supimos que bombas y minas, de parte y parte, el gobierno y la insurgencia subalterna no hollarán más los campos por 30 días.

Avanza el ensayo de lo que otros llaman “un cese al fuego bilateral”, que solo es verdad en parte. En lo cual las FARC-EP tomaron la iniciativa, y la cumplieron, cerrándola con la muerte de un guerrillero, el Becerrro, en el último de los bombardeos.

De otra parte, el propio presidente “Juampa”, quien venía de una asoleada el domingo al mediodía acompañado de Antanas y Gustavo, hizo este anuncio de suspensión de la pesadilla de la guerra en los campos.

El trío respaldó la vida caminando con una “escarralada” manifestación que no movió a los millones que lo hicieron contra las FARC-EP en el mes de febrero, cuando Uribe Vélez era el presidente, y sus asociados soplaban y aupaban vientos de guerra y muerte, y movían a todo el funcionariado a caminar antes y después de las 12 de aquel día en Bogotá.

¿La fiesta de la paz, para cuándo?

Parece ser cierto, que la fiesta de la guerra, en principio, tiene más adeptos que la de la paz. Lo recordaba en sus escritos el homenajeado Estanislao Zuleta, cuando era asesor de paz del gobierno de Belisario Betancur.

Sin embargo, a veces, poco importa que se invite al “sancocho nacional”, por quien le faltó la vida para sentarse a manteles, Carlos Pizarro Leóngómez cuando de Los Robles, en el Cauca, el M19 bajó a firmar la paz en compromiso con la democracia, en medio de una balacera.

Ahora, después de tanta desgracia, que la recogen dos académicos, leyendo desde arriba, desde la perspectiva de los gobernantes, Marco Palacios, y Gutiérrez Sanín, en sendos libros, “Violencia Pública”, y “El orangután con sacoleva”, que llegan hasta el año 2010.

La paz parece caminar por tierra firme, cuando otros aviones la transportan desde la Isla de Cuba a la sufrida Colombia de los “Tres escapularios” que se estrenará en el próximo festival de Cartagena, y que es el tercer largometraje del director Felipe Aljure, acompañado por su camarógrafo Carlos Sánchez.

Una amenaza pública

El exministro de defensa de Uribe Vélez, hoy presidente reelecto, el mismo día, 10 de marzo pasado, conminó a las FFAA y a la Policía a arreciar ataques y bombardeos contra el ELN, el otro grupo insurgente que hizo presencia inicial en la acción de Simacota (Santander).

Fue el mismo departamento, en La Mesa de los Santos, donde en días pasados tuvo su epicentro el movimiento telúrico que duró 60 segundos. Y el siguiente día, él mismo, vía su ministro del interior, pidió la renuncia del “enlodado” presidente de la Corte Constitucional, quien no da trazas de marcharse.

Pero Gabino y Juan Manuel están, o deben estar curados de espantos, y no es este tiempo para rabietas. Se trata de construir una paz duradera, no de seguir quemando más billones cuando escasean, ni tronchando vidas, cuando Colombia las necesita más que nunca.

No queda duda que no se trata tampoco de hacer la paz como “peluquiando bobos”, y que las dos agrupaciones insurgentes subalternas tienen trayectorias, y exigencias diversas por las que han luchado y luchan.

La historia conocida y lo que sigue

Hace una buena cantidad de años, cuando el ELN firmaba los Acuerdos de Puerta del Cielo, con el entonces presidente Ernesto Samper, y la paz con esta guerrilla de inspiración cristiana, con curas en sus filas, caminaba hacia el final de su confrontación armada con el Estado.

Pero, todo se hundió en las heces del proceso 8.000, al saber la opinión pública lo que costaba ganar una elección, ante la imposibilidad de repetir el fraude descarado, electrónico, con que se raponeó la elección de Rojas Pinilla, el 19 de abril de 1970, para colocar al último presidente del primer pacto frente nacionalista, Misael con el concurso “delictivo electoral” de Carlos Lleras Restrepo.

Curiosamente la denuncia la hacía el hijo, Andrés, exhibiendo los casettes a la prensa, donde se probaba el involucramiento político de los Rodríguez Orejuela, en la segunda vuelta que le dio la victoria a Samper. Ahora, Andrés es parte de la Comisión que acaba de nombrar el presidente para atender a lo que pase en estos 30 días, que empezaron a contarse a partir del pasado miércoles.

Claro que, como lo recordaba la senadora Claudia López, esta es una comisión de notables, a su modo, pero no de representación de las víctimas del conflicto, y mucho menos de los subalternos, y en paralelo, hay otra, la del Centro democrático, que la constituyen otros parecidos a los primeros. Ya se subieron al bus presidencial de la comisión asesora, dos conservadores de alto coturno, Andrés y Martha Lucía, pero, el candidato vicepresidencial del Centro Democrático, Carlos Holmes, no pone aún el pie en el estribo, y se muestra remolón, y respetuoso de lo que en últimas diga el chalán expresidente.

Todo lo conocido refuerza la urgencia de la Constituyente social, que tiene que establecer sus cabales, y exigir participación desde abajo, de los muchos. Se trata, cómo no, de un ejercicio, una gestión democrática de la paz, de a de veras, con el concurso de toda Colombia para restañar las heridas infringidas a los más, por 115 años de vida republicana, que dirigida por las elites oligárquicas, ha ocultado y reprimido la otra historia, la de los subalternos en procura de autonomía y democracia con igualdad social.

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