Romper el sentido de la elección: empezando por la Universidad Nacional de Colombia

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Hoy en Colombia, el extenso poder de nombramiento directo o indirecto que dispone la Presidencia de la República en las instituciones del país permite considerar al régimen político como siendo más una monarquía administrativa que una república liberal, y aún menos una democracia. El régimen sigue generando y promoviendo conformismo (“gobiernismo”) entre sus sujetos y, a su vez, imposibilita una democratización real de las instituciones políticas y administrativas, ¡inclusive en las “autónomas” como las universidades! Se argumenta a favor de un giro radical para la designación de cargos en la Universidad mediante un uso razonado del sorteo.

Por: André-Noël Roth / Palabras al Margen.

La Universidad Nacional de Colombia, principal centro educativo universitario del país e institución pública con un estatuto de autonomía, está próxima a renovar su máxima autoridad en el cargo de rector de dicha institución. Las candidaturas ya son conocidas. Luego de ser avalados por la misma institución, según su propio reglamento, por cumplir los requisitos formales necesarios para el ejercicio del cargo, los siete candidatos (¡ninguna candidata!) se someterán a un proceso de consulta entre profesores, egresados y estudiantes, -luego de una corta campaña electoral de presentación de sus respectivas propuestas para una consulta calificadora para 5 de los 7 candidatos, pero no vinculante- cuyos votos serán ponderados por la aplicación de una fórmula matemática1.Los cinco nombres elegidos serán luego tomados en consideración para la designación como Rector por el Consejo Superior de Universidad Nacional de Colombia. Los miembros de este Consejo deliberarán y votarán, con toda su sabiduría, hasta que uno de los candidatos obtenga una mayoría simple. En este caso, son cinco votos que se necesitan, ya que el Consejo Superior está conformado por ocho miembros. Su composición es la siguiente: Ministro de Educación (en este caso Ministra), dos miembros designados por el Presidente de la República, un ex rector designado por los ex rectores, un miembro del Consejo Nacional de Educación Superior CESU de terna presentada por el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, un miembro del Consejo Académico designado por éste (es decir un decano de la actual administración), un representante de los profesores (en este caso una profesora) y un representante de los estudiantes.

Un análisis sumario de la composición de estos “grandes electores” indica que tres de éstos son directamente designados por el Presidente de la República (Ministro y dos miembros). El miembro del CESU, órgano de apoyo del Ministerio de Educación, tiene altas probabilidades de ser cercano al ejecutivo, y un quinto, el representante del Consejo académico, ha sido nombrado como decano de su Facultad directamente por el actual rector-candidato. Por lo tanto, la elección la define en buena parte el mismo Presidente de la República que necesita conquistar uno o máximo dos votos adicionales, que pueden ser aportados, probablemente, por la influencia del mismo candidato-rector. Si bien cada uno de los miembros del Consejo Superior tiene formalmente total libertad para otorgar su voto, la configuración política de los votantes no deja mucho margen a sorpresas. Existe una muy alta probabilidad de que el Rector actual, el Doctor Mantilla, esté nuevamente designado. Es probable que el voto final sea de 6 – 2, los dos votos de los representantes de los profesores y de los estudiantes. A menos de que la Presidencia esté muy descontenta con el actual rector o desee cumplir con otro compromiso –cosas que ignoro totalmente-, y con la condición muy probable de que éste quede seleccionado entre los cinco por la consulta prevista en estos próximos días, a lo mucho será reemplazado por otro candidato cercano a las preferencias presidenciales.

Como ocurre siempre en las monarquías administrativas, la autonomía formal de las instituciones se restringe fuertemente por efecto de la influencia y relaciones jerárquicas y personales. L’Etat, c’est moi, podía proclamar el Borbón Luis XIV en Francia. Posteriormente, fue el emperador Napoleón quien hizo realmente efectivo en el plano administrativo el lema monárquico. Estos ilustres franceses fueron los grandes inspiradores de la construcción política y administrativa centralista de España y de América latina. El primero reformó a la corona española desde Felipe V (nieto de Luis XIV) con los decretos de la “Nueva Planta” (1717, 1718 para Indias) y luego, el segundo inspiró a los “libertadores” y constructores de la República de Colombia. El pasado tiene efectos en el presente: es el path dependency (la dependencia del camino) como dicen los neoinstitucionalistas. Hoy en Colombia, este extenso poder de nombramiento directo o indirecto, herencia política e institucional duradera de la monarquía administrativa, del cual dispone la Presidencia de la República en las instituciones del país sigue generando y promoviendo actitudes conformistas (“gobernismo”) y, a su vez, imposibilita la democratización real de las instituciones políticas y administrativas, ¡inclusive en el caso de las autónomas como las universidades!

Sin embargo, antes de ceder ante el centralismo administrativo borbónico y napoleónico, existían en la península otras prácticas de gobernanza que incluían regímenes de amplia autonomía político-administrativa. Así las tradiciones castellana y aragonesa reconocían una gran autonomía a las ciudades y villas frente a su Rey. Dicha autonomía era garantizada institucionalmente mediante dos tipos de dispositivos: la venalidad de los oficios (principalmente en Castilla) que permitía conservar los cargos en las mismas familias y, en el reino de Aragón, de manera más interesante, por la implementación de la insaculación2, es decir de un sistema más o menos sofisticado de elección por sorteopara repartir periódicamente los principales cargos públicos entre los que podían ser pretendientes, los insaculados, y que perduró varios siglos (aprox. 1250-1715). El sistema tuvo incluso alguna aplicación en América en el siglo XVI. De este modo, se limitaba eficazmente la capacidad de influencia y de intromisión de la realeza en los asuntos locales.

Si bien, la venalidad no puede constituir una solución válida para la época contemporánea (aunque sigue existiendo bajo otras modalidades de acaparamiento y control institucional), creo que la práctica de la insaculación como dispositivo de elección puede ser fuente de inspiración para el caso de las universidades públicas. Estos últimos años, las virtudes del sorteo, como mecanismo democrático por excelencia, han regresado a ser reconocidas, y formas razonadas de uso del sorteo se han vuelto a aplicar en algunos escenarios políticos y administrativos3. La Universidad puede ser uno de estos escenarios para la experimentación de una necesaria renovación democrática.

El modo de elegir a las autoridades universitarias ha sido objeto de amplios debates. Grosso modo existen tres mecanismos vigentes: 1) la elección directa (con voto ponderado), 2) la elección indirecta a través de un voto de una asamblea (Senado universitario o Consejo Universitario con diversas formas de representación de la comunidad universitaria) y 3) designación directa por el poder político.

La primera, la elección directa, se asimila a una elección mayoritaria a imagen y semejanza de las elecciones políticas en donde los miembros de la comunidad universitaria son considerados como los “ciudadanos” de la institución. Generalmente, se establece una ponderación para dar mayor peso a la opinión de los profesores (tal como para la consulta de la UNAL). En este caso, el inconveniente comúnmente señalado es que se tiende a “politizar” (en el sentido también de “politiquería”) la institución y en particular con el desarrollo de verdaderas campañas electorales; es la puerta de entrada para la influencia de los partidos políticos, el control político sobre los puestos, para el clientelismo político y las promesas demagógicas. Los opositores a esta democracia universitaria basada en el sufragio directo consideran que no es un proceso adecuado para elegir directivos universitarios, ya que una institución académica no debería ser gobernada por decisión mayoritaria o plebiscitaria, sino por mérito o competencia. El criterio imperante en la academia, dicen, no puede ser la popularidad.

La segunda solución, es la elección indirecta. La designación se hace por una asamblea o un consejo de representantes presuntamente más legítimos y aptos para discernir el mérito personal y el interés general de la Universidad que el “pueblo” universitario. En el caso del Senado, es el modelo de la democracia representativa por excelencia, con su claro carácter elitista, tendencialmente oligárquico o aristocrático como lo señalaban ya tanto Aristóteles como Montesquieu: personas llegan a ser parte del Senado (o del Consejo) por su capacidad y talento en atraer electores que delegan (o abdican) su poder de decisión en ellas. Se inicia así un proceso de constitución de una nueva élite que buscará mostrarse como sabia e indispensable. Actualmente existe entre el profesorado de la Universidad Nacional alguna propuesta de creación de un Senado Universitario. Este Senado, claro está, ampliaría la legitimidad representativa de la toma de decisión en relación a la situación actual de un Consejo Superior muy restringido. Y es cierto que la actual forma de designar el rector – entre otras decisiones- se parece más a la lógica de los cuerpos feudales, o del corporativismo de los años 30, que a una lógica democrática. Es decir con la creación de un Senado, se pasaría de una actual concepción premoderna, matizada por el corporativismo de los años 30 del siglo XX, basada en los Consejeros del Príncipe y funcionarios ilustrados de las corporaciones, a una concepción moderna, republicana y delegatoria, basada en la elección de ilustres representantes.

Finalmente, la tercera vía, la designación directa por el poder político, queda obviamente bajo el sello de las prácticas de regímenes dictatoriales o autoritarios (de derecha como de izquierda), que no respetan el carácter autónomo, de autogobierno, de las instituciones dedicadas a la investigación y a la enseñanza de las ciencias.

El modelo de la Universidad Nacional (entre otras universidades) se encuentra, como se nota, formalmente en el segundo modelo (Consejos). Sin embargo, se acerca bastante al tercero – la designación directa- por la composición cuasi-feudal y restringida de su Consejo Superior. El Estado (en términos más concretos: el gobierno de turno) quiso conservar una alta capacidad de control sobre el nombramiento de la dirección de las instituciones públicas de educación superior.

Obviamente no es el único medio de control de que dispone el gobierno sobre las universidades. De manera aún más efectiva en estos últimos años, el Gobierno (es decir, el Monarca-Presidente) ejerce y complementa su control (por si acaso no resultaría suficiente vía los nombramientos) también mediante una estrategia de disciplinamiento educativo e investigativo de la Universidad y de los universitarios por medio de dispositivos de gestión basados en la competición y en incitaciones. En concreto, se trata de, en particular, las políticas de financiamiento orientado y condicionado para la investigación (y para el funcionamiento), y de la clasificación de los grupos de investigación y de los investigadores. Proyecto disciplinario que se refuerza aún más ahora con la Superintendencia – dispositivo típicamente neoliberal – y el manejo dado a las regalías por Colciencias. El modo de gobierno de la Universidad se basa entonces en la organización competitiva, de mercado, de la repartición de los recursos económicos y honoríficos de un lado y, en el control sobre los nombramientos del otro. El dinero, los premios y los reconocimientos4 son dispositivos disciplinarios usados para orientar el comportamiento de los universitarios señalando qué es meritorio o no de un reconocimiento público, tanto social como económico. Hoy el aumento fenomenal de la capacidad de cálculo y de big data permite a la creciente burocracia académica soñar con las utopías tecnocráticas en su pretensión de medir, jerarquizar, ordenar y controlar todo de manera seudo objetiva y científica. La educación, la salud y la administración en general, sectores que resistieron a la primera ola de taylorización, se encuentran hoy en la mira de nuevos ingenieros: el aula, el consultorio y la oficina están bajo la medición y evaluación de sofisticados cronómetros neo-taylorianos. Es la vestimenta nueva de los señores F. Taylor, H. Fayol y E. Mayo.

El neoliberalismo ha exacerbado hasta lo absurdo la cultura meritocrática (ranking) ya inscrita en el republicanismo y su culto a “los mejores”. El (neo)taylorismo y el neoinstitucionalismo económico contemporáneos le han dado las herramientas prácticas. Pero a pesar de su discurso igualitario y “objetivo”, esta cultura se traduce frecuentemente por lo que Bourdieu había señalado como el “racismo de la inteligencia”: ganan los que ya están favorecidos socialmente. Basta ver las candidaturas al cargo de rector de la UNAL para ver una realidad política colombiana: el mérito parece ser exclusivamente un don masculino y blanco apenas mestizado. Es el resultado de las discriminaciones de hecho de un sistema educativo colombiano que reproduce la desigualdad inicial legitimándola, y que se promueve desde la primaria mediante un culto desenfrenado a la competición individual con una premiofilia patológica que permite premiar a los ya favorecidos.

Una autentica democratización implica por lo tanto provocar una ruptura con esta cultura conservadora del mérito individual competitivo, ya que tiende a confortar la reproducción social y política, exacerba las desigualdades, y no facilita el cambio ni promueve la equidad. En el caso de la elección del Rector de la UNAL, una verdadera democratización implicaría que todos los candidatos tengan una igual posibilidad de ser elegido como rector de la Universidad. Pero no es el caso, como lo hemos señalado debido a la composición del Consejo Superior. A cambio, con la introducción del sorteo, se suscitarían candidaturas que reflejarían la diversidad y el pluralismo de la comunidad académica, ya que existirían posibilidades reales de elección. Evitaría también la práctica habitual de las ternas con candidatos de “relleno”. Sería por lo tanto pertinente designar el rector – y otros cargos-, no mediante elección directa o indirecta, sino mediante la introducción de una buena dosis de sorteo entre candidato/as que cumplen los requisitos para ejercer el cargo6.

El sorteo tiene la ventaja de que el designado no tenga amarre ni clientela a retribuir. No debe su elección a ningún “partido” o monarca que hizo campaña a su favor. Tampoco posibilita la compra de votos. Es decir, es un instrumento también efectivo contra la corrupción que tanto afecta a la sociedad colombiana. La adopción de un sistema de selección por sorteo implicaría por cierto un rediseño institucional en pro de un reforzamiento y revalorización del trabajo colectivo de los distintos colectivos, consejos y asambleas en donde debe estar presente la diversidad de la comunidad académica – ¿acaso no son los profesores todos pares académicos? El sorteo suele ser un garante más eficaz de una participación igualitaria, plural y diversa. Así mismo, se limitaría también en el “elegido” el síndrome de creer que es el “mejor” y que suele traducirse frecuentemente por actitudes caudillistas o mesiánicas en la gestión. Ya que su elección no se podría atribuir a supuestos méritos excepcionales, ni tendría que rendir cuentas a algún padrino. Se limitaría también concebir una elección como principalmente el resultado de una relación de fuerza, de habilidad maquiavélica o en términos antagónicos tales como ganadores vs. derrotados, amigos vs. enemigos ¿No sería pertinente proponer un giro radical a la designación de cargos en la Universidad mediante un uso razonado del sorteo (mezclando dispositivos de criterios formales, electorales y de sorteo)? ¿Será que, en vez de “elegir” por mayoría en base a un supuesto análisis objetivo de las hojas de vida y propuestas de los candidatos, el Consejo Superior se atreve a sortear el cargo entre los cinco candidatos? De este modo se empezaría a romper con la noción socialmente construida de mérito individual, hoy hegemónica, para dar mayor valor a la responsabilidad colectiva en el rumbo de la principal institución educativa del país.

1(Voto Docentes/Censo Docentes x 60) + (Voto Est./Censo Est. X 30) + (Voto Egres./Censo Egres. x 10) = IPO (Indice de Ponderación de la Opinión).

2Diccionario: f. Procedimiento de sorteo de cargos públicos. Consiste en insacular los nombres de las personas propuestas y extraer los que se requieran.

Ver por ejemplo: Cancio, Jorge, “Invitación a un debate: el sorteo y las cámaras sorteadas como mejoras institucionales de la democracia”, Revista Mientras Tanto, N°112, pp. 47-66; Delannoi, Gil (Dir.), Dossier: Le tirage au sort: pour des choix démocratiques, Revue Esprit, N°8-9, 2011; Roth, André-Noël, Democracia participativa en América latina: el sorteo como dispositivo democrático para una gobernanza post-estatal, Revista del CLAD Reforma y Democracia, N°56, 2013; Sintomer, Yves, Petite histoire de l’expérimentation démocratique, Paris, La Découverte, 2010.

La multiplicación de premios, reconocimientos y “ranking” de todo tipo es sintomática de la instalación de un modo de gobernar mediante un “management” honorífico que tiene ya una larga tradición en Colombia. Desde la elección de la Reina del curso hasta, recientemente, los científicos colombianos más citados, pasando por la Mujer Cafam y el Colombiano del año y de miles otros reconocimientos y clasificaciones (hay profusión de honores también en la universidad). Existe una verdadera patología premiadora y clasificatoria, una “rankinomics”- una economía de la clasificación y de la jerarquización.

“Ce racisme est propre à une classe dominante dont la reproduction dépend, pour une part, de la transmission du capital culturel, capital hérité qui a pour propriété d’être un capital incorporé, donc apparemment naturel, inné. Le racisme de l’intelligence est ce par quoi les dominants visent à produire une « théodicée de leur propre privilège », comme dit Weber, c’est-à-dire une justification de l’ordre social qu’ils dominent. Il est ce qui fait que les dominants se sentent justifiés d’exister comme dominants; qu’ils se sentent d’une essence supérieure.” (P. Bourdieu, Questions de sociologie, Minuit, 1984, p.264)

El sorteo no es incompatible con un proceso de selección de candidaturas mediante criterios de pruebas, experiencia, títulos, consultas para reducir el número de candidato-as. Es el único medio que garantiza una igualdad real al momento definitivo impidiendo la corrupción, el “dedazo” o el “guiño”. Las experiencias históricas son numerosas: desde Grecia antigua hasta la elección secular de los alcaldes en las ciudades del reino de Aragón en la época medieval, como mecanismo de afirmación de su autonomía frente al Rey, pasando por las ciudades italianas del Renacimiento, como Florencia que logró deshacerse del dominio de los Medicis mediante la aplicación del sorteo.

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