Bernardo Jaramillo, mi amigo

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La noticia dada por la radio, sobre el atentado que se le acababa de hacer a Bernardo Jaramillo, mi amigo y mi paciente, me dejó petrificado. Eran las horas de la mañana de ese fatídico viernes 23 de marzo de 1990 y yo me encontraba en el barrio La Candelaria, donde vivía. 

Por: Alonso Ojeda Awad / Semanario Caja de Herramientas

Mi primera reacción fue trasladarme al Puente Aéreo, donde -decían las noticias–, había ocurrido el atentado.

Por solicitud expresa de Marielita Barragán –su inseparable compañera–, me había pedido el favor de que yo fuera su médico de cabecera. Había muchos temores rondando su vida y él quería tener a su lado, un médico compañero con quien pudieran conversar sobre tantas preocupaciones que le asaltaban y que incidían directamente sobre su salud. Para mí era motivo de orgullo. Fui a visitarlo en su apartamento donde me había citado para que le realizara un juicioso y pormenorizado examen. Me estaba esperando y sin muchos prolegómenos entramos en materia médica. Me impresionó su juventud, su desbordante alegría, el brillo intenso de sus ojos y lo tersa y suave que era su piel. Así se lo comenté a Marielita cuando le dije que tenía una piel de bebé rozagante, que demostraba muy buena salud. Lo examiné medicamente de la cabeza a los pies y todo funcionaba en perfectas condiciones.

Tenía una tensión arterial de un joven adolescente y un corazón que latía con fuerza y amplitud. Sus pulmones no tenían nada que envidiarle a un campeón de natación y todos sus sistemas y órganos funcionaba a las mil maravillas. Terminado el examen médico le comuniqué mi satisfacción porque su cuerpo era atlético y nos brindaba seguridad, a quienes éramos sus fervientes seguidores políticos. A continuación me invitó a pasar a la sala donde nos esperaban su ya nombrada esposa y Álvaro Salazar, un fiel amigo suyo, el cual nunca más volví a ver.

Antes de despedirme me preguntó qué me gustaría tomar, como eran casi las 8 de la noche –y no acostumbro a tomar café a esas horas por temor al insomnio–, me ofreció un whisky, gesto que acepté y agradecí. El scotch nos distensionó y comenzamos a charlar sobre los avatares de la política, aproveché para contarle que mi familia –Gloria Amparo, mi esposa, mis hijos Pedro Elías y Silvia Carolina–, eran cerrados seguidores de su causa y de manera jocosa le conté: Siempre que vamos para nuestra casa y pasamos bajo la inmensa pancarta de la calle 26 con carrera 3, los niños extienden sus manos para tomar la suya, simbólicamente, mientras repiten al unísono: ¡¡¡Venga esa mano país!!! Era su fraternal consigna, al alma de la unidad colombiana.

Hablamos de muchos temas y se mostró interesado en conocer mi experiencia política en las filas del ELN y, en especial, cómo había sido el proceso de replanteamiento, le dije: “Fue un esfuerzo sincero, valiente y desinteresado por construir entre todas las organizaciones insurreccionales, guerrilleras, un Frente Unido amplio, que lograra articularse con las organizaciones sociales y que se planteaban la lucha política como herramienta fundamental en la toma del poder, tal como lo soñó y lo ideó nuestro capellán universitario Camilo Torres Restrepo”. Me manifestó su acuerdo con este planteamiento y se definió como un demócrata que buscaba abrir espacios legales para la lucha política de los hombres y mujeres que sueñan con un país con justicia social, se declaraba como un hombre constructor de Paz.

Le manifesté mi preocupación acerca de su seguridad personal y le recomendé extremar cuidados con el cartel de Medellín, que ya se decía estaba tras él. Nuestra conversación se fue tornando cada vez más fraternal, más íntima. Me contó sus temores acerca de un posible atentado y me preguntó cómo había hecho yo para sobrevivir a tantas contradicciones. Le conté de todas las peripecias pasadas, unas críticas, otras muy intimidadoras, riesgosas, paradójicas y hasta graciosas, inclusive le dije: hago todo lo que me recomiendan para la protección, que va desde ponerme los pantaloncillos al revés, hasta acogerme a mis oraciones y a las que elevan mis seres queridos. Cuando le dije esto, me vino a la memoria mi último viaje a Ocaña, mi tierra natal. Allí mi tía Silvia –muy querida y devota de la virgen de Torcoroma–, me había dado dos estampas de la virgen para que me protegieran de todo mal y peligro, cuando las saqué de mi cartera y se las enseñé me pidió una de ellas que yo se la obsequié con mucho cariño y devoción. La guardó en su cartera con fe y uno de los recuerdos más lindos que guardo en mi corazón, fue cuando me vi con Marielita en las honras fúnebres y en medio de sollozos me dijo que siempre lo había acompañado la estampa de la virgen que yo le había regalado.

Con un fuerte abrazo terminó mi primera consulta. Después nos veríamos varias veces, unas por razones de salud y otras en los avatares de la política. Recuerdo que una de esas se realizó en la casa del expresidente Belisario Betancur, quién ya había entregado la presidencia a Virgilio Barco, pero seguía interesado en el complejo y difícil proceso de Paz. Quería hablar con Bernardo Jaramillo y buscó establecer el contacto, en esta oportunidad a través Alicia Puyana, si mi memoria no me falla. Yo los acompañé. El expresidente Betancur nos recibió con su cordialidad ancestral. Recuerdo que en esa reunión lo acompañaba otro dirigente juvenil emblemático, José Antequera, quien murió asesinado pocos días después en un atentado terrible que involucró entre sus víctimas, al expresidente Samper. Eran tiempos terribles, pues la muerte se paseaba con facilidad inaudita por los lugares de la militancia de izquierda. La Unión Patriótica, de la cual Bernardo era su candidato a la Presidencia de la República, la aniquilaban con sevicia y alevosía.

Con el alma partida por la noticia del atentado, rápidamente organicé mi desplazamiento hasta el hospital de la Policía en la Avenida de El Dorado, hacia donde decían las noticias habían trasladado el herido. En el trayecto ya se decía que había fallecido. Como pude me abrí paso hasta la entrada a la Clínica, era imposible, habían llegado centenares de personas. Ya la entrada estaba bloqueada. Escuadrones de Policía llegaban para proteger la entrada. En medio de ese tumulto de gente vi llegar a lo lejos al máximo dirigente del M-19, Carlos Pizarro León-Gómez, quien acababa de firmar los Acuerdos de Paz y que sería asesinado días más tarde dentro de un avión de Avianca. En este momento se confirma la muerte de Bernardo, yo sólo, en medio de esa confusión, impotente y con las lágrimas que rodaban por mis mejillas inicie mi retiro, me senté en la grama y lloré la muerte de mi amigo, tal como lo hago en este momento cuando describo los hechos ocurridos, pensando en esa mentalidad monstruosa de los asesinos que fueron capaces de cegar una vida ética, llena de esperanzas, que sólo frisaba los 34 años de edad. ¡¡¡Que dolor!!! Tanta inteligencia, vitalidad y compromiso reducidos a cenizas por los enemigos de la justicia social y de la Paz, que no le permitieron a mi amigo y paciente, desarrollar la fuerza de sus planteamientos y solo nos quedó resonando en nuestros cerebros su fraternal y nunca olvidada consigna: ¡¡¡Venga esa mano, País!!!

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