Mentiras de las estadísticas criminales en Bogotá

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No se pueden ofrecer buenas políticas contra la criminalidad en ciudades grandes como Bogotá si los datos que se utilizan no son confiables. Cambiar esta situación es uno de los muchos retos del futuro alcalde de la capital.

Por: Juan Carlos Ruiz V / Razón Pública.

Mentiras criminales

Se le atribuye a Mark Twain la famosa frase: “Hay tres tipos de mentiras: mentiras, malditas mentiras y estadísticas”. Esta frase no podría describir mejor el problema de las cifras de criminalidad en Bogotá.

No es solo que estas se recaben mal o que no existan bases de datos exhaustivas del crimen, sino que se echa mano de las pocas cifras existentes para mostrar una realidad acomodada.

Por ejemplo, en el Concejo de Bogotá se denunció recientemente el aumento preocupante del sicariato en la capital en un 113 por ciento, pues pasó de 96 casos en 2013 a 213 en 2014. Sin embargo, para la Alcaldía hay una disminución del 40 por ciento en lo corrido del año comparado con igual período del año anterior.

De un lado, los detractores de la administración Petro señalan un aumento preocupante del sicariato en el acumulado anual de 2014. Y por el otro, los defensores de la Alcaldía tienen razón al comparar períodos similares del año para observar tendencias y corroborar una disminución.

Los dos tratamientos son adecuados según la criminología. El primero contempla los cambios porcentuales de un año a otro, lo cual no tiene inconveniente si se hace solo para un par de años, ya que hacerlo para una serie histórica crea distorsiones enormes al no observar los cambios demográficos.

Crimen en Bogotá

Las cifras de sicariato se han vuelto un objeto de discordia entre académicos y autoridades locales. La administración distrital ha intentado mostrar que Bogotá vive en una suerte de burbuja lejos de las disputas violentas entre mafias de todo tipo que han afectado a Cali y Medellín.  iii

Sin duda, las tasas de homicidios de la capital son más bajas que las de otras ciudades, lo que les daría la razón. La situación geográfica de Cali y Medellín, por el contrario, las hacen más vulnerables y las convierte en presa codiciada por traficantes y criminales. Su violencia se ha irradiado a otras ciudades de su zona de influencia Hoy en día Palmira es una de las 50 ciudades más violenta del mundo y siete de los 10 municipios más violentos de Colombia están en el Valle del Cauca.

El estudio juicioso y agudo de Rodolfo Escobedo para la Fundación Ideas para la Paz muestra una estrecha relación entre redes criminales y homicidios en Bogotá. Escobedo señala que el sicariato actual se relaciona con la connivencia entre narcotraficantes y esmeralderos en Bogotá y que la violencia se ha concentrado desde hace más de tres décadas en los mismos sectores de la ciudad como consecuencia de las disputas internas del crimen organizado.

Este llamado crimen organizado es naturalmente muy diverso ya que implica todo tipo de bandas, desde fleteros hasta extorsionistas, pasando por traficantes y apartamenteros. Las zonas de frontera de la ciudad y los sitios que concentran actividades de intercambio y comercio, como Paloquemao, son zonas atractivas para las bandas organizadas ya que facilitan sus tráficos ilícitos desde y hacia Bogotá.

El estudio pionero de Llorente, Rubio, Escobedo y Echandía mostraba a principios de 2000 que la tasa de homicidios de la ciudad se debía esencialmente al llamado “homicidio instrumental”, es decir, al accionar de bandas criminales. Y no, como lo habían sostenido las autoridades de Bogotá, a una violencia expresiva o impulsiva, emocional y visceral. La primera resultaba más planificada mientras que la segunda era una violencia espontánea.

Como conclusión del estudio se señaló que las políticas distritales en la materia no habían tenido mucho que ver en la disminución de homicidios desde 1994. La reducción sostenida hasta hoy se ha debido más bien a una alianza entre esmeralderos y narcotraficantes; algo similar a lo que se dio en Medellín con los acuerdos entre combos bajo los auspicios del jefe paramilitar Don Berna, y que se ha llamado popularmenteDonbernabilidad.

De igual manera, el accionar de la Policía y las acciones nacionales para desmantelar carteles y bandas tuvieron más incidencia en esta disminución que las medidas locales basadas en cultura ciudadana, restricción del porte de armas o cierre temprano de establecimientos nocturnos.

El antiguo subsecretario de seguridad de las alcaldías Mockus y Peñalosa, Hugo Acero, catalogó estas explicaciones de ligeras, aduciendo que las cuantiosas inversiones de las administraciones de ese entonces, las medidas de recuperación del espacio público y la modernización de todo el andamiaje de la seguridad sí tuvieron una incidencia real en la disminución de la tasa de homicidios.

¿Qué sabemos del sicariato?

Pero el problema de fondo es quizás más intangible. La determinación de causas y perpetradores de los homicidios es un ejercicio meramente especulativo. En un país con una tasa tan baja de elucidación de las muertes violentas, no resulta claro cómo se puede determinar que un homicidio fue un acto de sicariato.

Este problema es más agudo cuando se hila delgado y se relaciona el sicariato con el crecimiento y expansión de la gran criminalidad, lo que no es necesariamente cierto ya que los asesinos por encargo actúan por igual en líos pasionales, venganzas entre comerciantes, cobro de deudas, herencias, cobro de seguros de vida, entre otros temas que no son necesariamente problema de bandas criminales sino relaciones entre individuos del común.

Lo que muestra el sicariato es la existencia de una mano de obra criminal que nace, crece y se forma por la demanda, al auspicio de las bandas criminales, en zonas marginales y de muy baja institucionalidad. En los años 1980 y parte de los 1990, los sicarios eran enviados por los carteles a Bogotá. Hoy en día la cantera de sicarios la tiene Bogotá en el cada vez más preocupante fenómeno de pandillismo, el cual no parece tener una respuesta oficial integral nacional ni local.

El fin del conflicto en Guatemala y El Salvador mostró que las maras eran la guardia pretoriana de las bandas criminales y los carteles y no una fuente de gran bandidaje en sí mismas. La gran criminalidad, como los carteles de Sinaloa o los Zetas, solo las han utilizado como gatilleros.

Las maras sobreviven en labores como el microtráfico, microextorsión y asaltos a tiendas de barrio y transporte público, tal como está sucediendo con los pandilleros en las grandes ciudades de Colombia.

En la actividad del sicariato también existe el desempleo o el empleo precario que se compensa con delitos que no son propios de las grandes bandas pero que generan una gran zozobra entre los ciudadanos de a pie.

En conclusión, poco sabemos sobre las dimensiones e impacto del sicariato en Bogotá, así como tampoco conocemos sobre muchos temas de la inseguridad. El nuevo alcalde de la ciudad deberá contar con estudios y diagnósticos serios y fiables sobre los fenómenos de violencia urbana de la capital.

Reforzar la institucionalidad

A pesar de que en la actual administración el Centro de Estudio y Análisis en Convivencia y Seguridad Ciudadana (CEACS) ha tenido un papel importante haciendo, por ejemplo, estudios de puntos álgidos en seguridad, este centro o la agencia que lo reemplace debe hacer más para convertirse en el gran pulpo de información en criminalidad.

Se debe robustecer esta agencia en personal y recursos para que sea el punto de referencia de todos los datos del crimen de la ciudad, sector por sector, cuadra por cuadra.

Debe ser esta agencia y no la Cámara de Comercio la que realice las encuestas de victimización y sentimientos de inseguridad. Hasta la fecha, la Cámara ha hecho esta labor como contribución a la ciudad, pero sus encuestas, por obvias limitaciones presupuestales, no se comparan con las encuestas de victimización que se hacen en Estados Unidos con una muestra gigante y recurrente en el tiempo y un pormenorizado cuestionario que da cuenta de los niveles reales del crimen que puede ser realmente un 80% más alto de lo que las denuncias evidencian.

Como lo señala el investigador francés Matthieu de Castelbajac, quien ha analizado estos estudios, comparando los sondeos que se hacen acá y en el primer mundo, las encuestas ciudadanas son fundamentales para medir la criminalidad.

Debe ser este nuevo cuerpo el que establezca mapas criminales de la ciudad en tiempo real alimentado por las denuncias de los ciudadanos y los reportes de la Policía.

Esta nueva agencia debe igualmente crear un sistema goereferenciado de evaluación policial, como el Compstatde la ciudad de Nueva York. Debe además censar las cámaras de la ciudad para saber dónde están, su calidad, capacidad de registro y cubrimiento.

Este nuevo pulpo interagencial debe colectar las cifras del crimen provistas por Medicina Legal, la Policía y la Fiscalía, estableciendo su fiabilidad para contrarrestar la inconsistencia que se presenta a menudo entre estos datos. En esta agencia deben reposar todas las series históricas de todos los delitos por barrios y sectores, lo que permitiría establecer horizontes para las políticas públicas en la materia y observar tendencias en el tiempo.

Esta agencia debe hacer la evaluación de programas y políticas implementadas, su nivel de eficiencia y sus alcances, algo totalmente inexistente hasta hoy. Es justamente esta ignorancia la que hace que la retórica gubernamental prime sobre las evidencias empíricas en temas tan diversos como los logros de la cultura ciudadana mockusiana o los cuadrantes de la Policía Nacional.

Pero, sobre todo, a pesar de ser una agencia financiada por el presupuesto distrital, esta agencia debería ser ajena a los intereses del acalde de turno o del Concejo de la ciudad, y garantizar la imparcialidad de sus estudios y el rigor de sus cifras para que las estadísticas no sean una forma elegante de mentir según quién las utilice.

Por ejemplo, en el Concejo de Bogotá se denunció recientemente el aumento preocupante del sicariato en la capital en un 113 por ciento, pues pasó de 96 casos en 2013 a 213 en 2014. Sin embargo, para la Alcaldía hay una disminución del 40 por ciento en lo corrido del año comparado con igual período del año anterior.

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