Cultura ciudadana: el pasaje de transmilenio o la vida

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Transmilenio debería empezar por demostrarle a sus usuarios que es público, esto es, que debe su existencia a ellos, pues no es posible cosechar legitimidad si se siembra ineficacia.

Por: Edwin Cruz / Palabras al Márgen

En los últimos días el problema de los colados en Transmilenio se ha tornado central en la agenda mediática, por cuenta de los lamentables decesos de algunas personas que intentaban acceder al sistema sin pagar. “La vida no vale 1.800 pesos”, es la consigna con la que autoridades y medios de comunicación intentan persuadir a los ciudadanos y ciudadanas para que paguen el pasaje, además de recurrir al control social –abucheos, silbatos, etc.-, y recordarnos que, si de cada 100 usuarios 25 son colados, el sistema puede llegar a quebrarse. Tales medidas están soportadas en un viejo diagnóstico: hace falta “cultura ciudadana”. En consecuencia, es necesario fomentar esa cultura implementando la zanahoria –correctivos pedagógicos, mecanismos de control social- o el garrote -hay una multa de $107.000, pero algunos piden cárcel.
Aunque el diagnóstico es parcialmente acertado, el énfasis está puesto en la corrección de una conducta que, se asume, es un problema del individuo-ciudadano: es él quien puede elegir arriesgar su integridad o pagar el pasaje. Así, se supone que el problema no es político sino moral, se trata de enseñar a la gente a actuar correctamente. Por lo tanto, se omite el vínculo entre las conductas de los usuarios individuales y el sistema en su conjunto y, lo que es peor, se responsabiliza a los ciudadanos por el mal funcionamiento del sistema.

Como es bien sabido, nuestra sociedad tiene graves problemas para cuidar de lo público y en todos los estratos sociales está muy presente cierta mentalidad ventajosa en la que se privilegia sistemáticamente el interés individual de corto plazo, aún pasando por encima de las normas, en detrimento de los intereses comunes. Esa mentalidad es más un producto de la cultura neoliberal, que ve al otro como una competencia y a lo común como algo apropiable para disfrute individual, que de algún ethos premoderno nunca dejado en el pasado.

Es cierto que en Colombia hace falta “cultura ciudadana”, si por ello se entiende una ciudadanía crítica y activa que defienda lo público. El problema es que no siempre se entiende así la cultura ciudadana. En este caso, particularmente, la discusión ha tendido a reducir la cultura ciudadana a las medidas de control social, mediante las cuales cada ciudadano se convierte en un vigilante de los demás, aunque sea para hacerlos sonrojar cuando cruzan la calle por donde no es debido.

Esta concepción de la cultura ciudadana tiene, cuando menos, tres grandes problemas. Primero, se reduce al mismo individualismo ventajoso que pretende remediar. El razonamiento parece ser el siguiente: el sistema no es viable si todos los usuarios quieren colarse; por lo tanto, es necesario generar incentivos para que paguen el pasaje. Se espera entonces que los ciudadanos terminen por adoptar el comportamiento “correcto”, pero no porque en ellos se haya desarrollado la conciencia sobre la defensa de lo público, lo que pertenece a todos, sino para evitar los abucheos o el pago de multas, lo que obedece al mismo cálculo de costo y beneficio individual, conduce a la necesaria presencia del “policía” que asegure ese buen comportamiento y, en últimas, al deterioro de la confianza en el otro.

En segundo lugar, si se sigue esa lógica cualquier intento por persuadir a los ciudadanos para que no se cuelen está condenado al fracaso. La razón es simple: por las condiciones del sistema -costoso, ineficiente, despreocupado por el usuario y de baja calidad- la única alternativa es optar por incentivos negativos, es decir, castigos, que por lo mismo no motivan a la gente. Es vergonzoso que los noticieros de televisión recurran morbosamente a las imágenes del momento en que una persona es arrollada por un bus articulado porque “ni así aprende la gente”.

El pasaje o la vida, puede ser un mensaje que poco conmueve a alguien que debe pasar tres horas diarias –parte significativa de su vida- esperando en un paradero o en una estación, haciendo filas para abordar alimentadores y buses articulados o, con suerte, apretujado en uno de los vehículos al borde de la asfixia o de un ataque de pánico en el afán de proteger sus cosas; a alguien que debe destinar buena parte de sus ingresos –su trabajo, su tiempo, su vida- a pagar por ese servicio, simplemente porque está obligado a hacerlo, porque no tiene otra alternativa; a alguien que no tiene idea de a dónde va a parar el dinero que a diario recauda esta empresa; a esa persona seguramente poco movilizará la idea de que el sistema puede quebrarse si algún día por equivocación decide colarse, porque ha entendido que, paulatinamente y por otra vía, el sistema también le está quitando su vida.

Por lo demás, es sabido que las tarifas de este sistema de transporte se cuentan entre las más costosas en América Latina y, para completar, no tiene pasajes preferenciales, por ejemplo, para estudiantes. Claro, para sus gestores los subsidios deben ser poco racionales porque supuestamente conducen a no cuidar lo que no cuesta! No debe sorprender que las imágenes de los noticieros estén repletas de colegiales intentando colarse.

En tercer lugar, entender y fomentar de ese modo la cultura ciudadana corre el riesgo de reducir los problemas sociales no sólo a problemas de moral individual sino a problemas de obediencia. Se supone que el sistema funcionará a las mil maravillas si las personas dejan de lado su cultura díscola y aprenden a comportarse. La cuestión es que no necesariamente es así y, por el contrario, cuando los sistemas no funcionan de forma eficiente o producen más males de aquellos que están orientados a resolver, se necesita de voces que alerten sobre los problemas. En otras palabras, la cultura ciudadana no puede convertirse en un subterfugio para evitar que la ciudadanía manifieste su descontento o para velar problemas de fondo. Obviamente, esto no es una justificación ni un llamado a violar la ley o colarse en Transmilenio. Se trata más bien de comprender que el asunto de los colados es apenas un síntoma del mal funcionamiento del sistema en su conjunto y que la solución va más allá de una campaña de prensa y reclama una transformación importante.

Transmilenio debería empezar por demostrarle a sus usuarios que es público, esto es, que debe su existencia a ellos, pues no es posible cosechar legitimidad si se siembra ineficacia. Antes que fomentar una concepción errónea de la cultura ciudadana que responsabiliza a los ciudadanos por el mal funcionamiento del sistema, debería preocuparse por mejorar la prestación de su servicio. Así por lo menos podría desplegar incentivos positivos para el cuidado de lo público. Habría menos incentivos para arriesgar la vida al intentar colarse si las condiciones del transporte fueran dignas y medianamente eficientes, si el usuario sintiera que el pago del pasaje es justo. El sistema Transmilenio y la sociedad bogotana en general funcionarían mejor si quienes alguna vez fomentaron la cultura ciudadana nos hubieran enseñado que cuidar de lo público no sólo es indignarse con el prójimo porque vulnera una norma mínima de convivencia, sino también con las injusticias del sistema y con quienes tienen la responsabilidad de gestionarlo.

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