Redes digitales: catarsis colectiva y frustración política

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Otra ola de indignación recorre las redes digitales cada semana -o hasta cada día-, pero casi ninguna se traduce en cambios políticos o sociales. ¿Para qué sirven, para que no sirven -y por qué no sirven- esas protestas virtuales en Colombia?

Por: Omar Rincón / Razón Publica

Redes veloces, política lenta

Las redes digitales llegaron y han servido para que los ciudadanos puedan existir públicamente. Allí se ejercen la libertad de expresión y la gestión de los derechos ciudadanos, sin necesidad de permiso “legal” para manifestarse. Antes teníamos la calle, ahora tenemos la autopista digital.

Se llaman redes “sociales” porque permiten la formación de grupos, comunidades de interés, gentíos instantáneos. Pero esto no significa que automáticamente sean “sociales” en lo político, porque no se vinculan con acciones colectivas organizadas para la gestión de lo público o el ejercicio de los derechos democráticos. Se quedan en el activismo de casa y cafetería, sin calle ni movimiento social.

Son “redes” que se juntan alrededor de iluminaciones momentáneas (si son indignadas, mejor; si son divertidas, mucho más bello) para existir como un flash e irse después a otra parte. La mejor metáfora para explicar la acción comunicativa y política de las “redes” es la de las abejas: ante un hecho que cause indignación (Transmilenio) o que merezca risa (el borracho de noticias caracol) o superioridad moral (las reinas pensando en público), el enjambre se activa y se moviliza por el espacio digital y comienza a zumbar, pinchar, picar e hinchar.

Pero, como el sistema político y empresarial tiene resistencias naturales y vacunas contra la picaduras, no pasa realmente nada: Claro, ETB, Iberia y Bancolombia siguen maltratando al cliente, Uribe sigue matoneando a todos, el procurador sigue sonriendo, el fiscal se cree el rey de los pollitos, los taxistas siguen siendo los reyes de la selva, los congresistas siguen engordando sus bolsillos y barrigas.

Y el Ministerio de las TIC sigue creyendo cínicamente que con tabletas se acabará la corrupción, se eliminarán las drogas y se ganará la paz. El sistema es inmune a la picadura del ciudadano.

Entonces, el enjambre (la red), después de zumbar-picar, se va a hibernar y pronto será despertado para otra misión de zumbar-pinchar-picar-hinchar.

Esto es así porque las “redes” dependen de las viejas instituciones para tener algún impacto sobre la política. Necesitan que los medios las hagan visibles y difundan el mensaje más allá de la red; que los políticos se la tomen en serio y gestionen algo en el Congreso; que al presidente se le dé la gana de oír a los ciudadanos; que la justicia decida tener ética y actúe.

Las viejas instituciones son lentas y toman decisiones en cámara super-lenta. Mientras que las redes actúan y toman decisiones a toda velocidad, las viejas instituciones diluyen la efervescencia ciudadana de las redes. En el caso de las empresas, su razón de ser son las acciones en la bolsa y los nuevos clientes: los viejos que se quejen en las redes y se vayan para otra parte (si nos dejan).

Pequeñas victorias

Las redes digitales (YouTube, Twitter, Facebook, Whatsapp) son la institución leve más importante de nuestro siglo. Sin embargo no son todavía un movimiento social, pues para su éxito dependen  de los medios, de los partidos políticos, de los poderes Legislativo, Judicial y Ejecutivo.

En un país mudo, las redes son una bendición. Una de las razones de nuestra violencia en la guerra y en la calle se encuentra en que los de abajo, los sin poder, los sin elite, somos mudos. No nos han dejado expresar, decir ni existir públicamente.

Cuando nos expresamos en público no sabemos hacerlo más que con agresividad y matoneo. Esto abunda en las columnas de periódico, en los programas de análisis de radio, en las redes sociales y en las discusiones cotidianas. Por eso está muy bien que las redes digitales existan, para ver si practicando aprendemos a conversar y a argumentar en público.

En un país egoísta, las redes son comunidad. Uno de los atrasos de nuestra democracia radica en la falta de acción colectiva y de movilización social: pasamos de todo. Este ha sido el efecto perverso de las FARC-EP: le han quitado el espacio social al pensar distinto, porque toda acción pública de crítica es llamada terrorista. Tampoco nuestro sistema político ha creado espacios para participar en la toma de decisiones.

Por eso no sabemos estar en un colectivo. Si celebramos un gol, una fiesta o una paz, no sabemos hacerlo sin violencia. Entonces está muy bien que las redes digitales existan para ver si reinventamos la comunidad y la acción política festiva, participativa y basada en argumentos.

En Colombia las redes digitales son muy útiles para el bienestar simbólico colectivo, porque nos permiten canalizar las frustraciones que nos habitan. Además, en las redes, podemos llegar a ganar pequeñas batallas.

Las redes son muy potentes en las luchas del ciudadano por la dignidad cotidiana y sirven para que los taxistas nos perdonen la vida, para que los buseteros recuerden que somos humanos, para que Transmilenio se vuelva noticia, para que el gobierno derogue un proyecto de reforma de la justicia o de la educación infame, para que los borrachos lo piensen dos veces y para que los “usted no sabe quién soy yo” paguen su arrogancia.

A todos ellos los hacemos pedir perdón en público y somos felices, pues las redes son exitosas para hacer justicia en público. Pero en todas estas acciones las redes  dependen de “la intermediación” mediática. Solo cuando los medios recogen estas causas, tienen éxito.

La polinización en las redes

En Colombia las redes digitales son exitosas para la rabia individual, pero débiles para la dignidad democrática. Tanto así que se premia con el éxito al tuitero que más miente y matonea en la red; se hace pedir perdón a un taxista matón, pero fracasamos al buscar que el servicio de taxis sea de calidad o pueda llegar Uber; se defiende o critica al colado de Transmilenio o al policía o funcionario agresor, pero no se logra que el sistema mejore su servicio; se va contra el “usted no sabe quién soy yo”, pero nada se logra para que los políticos dejen de hacerlo; se lucha con enjundia contra el procurador, pero él se nos ríe en la cara y sigue ahí; se trata de sacar a Pretelt, pero él cínicamente nos manifiesta que le importamos un carajo; luchamos por el matrimonio igualitario o el aborto, pero la Corte dice no; hacemos de Mockus una acción política digital, pero no salimos a votar.

La acción ciudadana en las redes digitales es como el grito de independencia del 20 de julio: gritamos libertad entre la élite digital, pero no cambiamos el país político ni empresarial. Por eso se necesita que las redes zumben, pinchen, piquen e hinchen con más acción pública ciudadana, más calle, más política: que “polinicen” a la sociedad del néctar de que para cambiar tenemos que hacerlo entre todos y en el campo político.

Se puede comenzar por votar bien, por seguir haciéndole imposible la vida a los Pretelts de este país, por decirle a Claro y a ETB que “no más”. Eso es polinizar: llevar la diversión de las redes a la política. Con doña Mechas lo hicimos e impedimos que regresar el rey del matoneo y de la corrupción.

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