¿Tiene futuro el proceso de paz con el ELN?

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La crisis en la Habana dificulta – y sin embargo podría facilitar- las negociaciones  con el ELN. Explicación perceptiva de por qué ha sido tan difícil empezar, de los riesgos que están corriendo el ELN y el gobierno, y de cómo podrían salir del atolladero.

Por: Christian Voelkel /Razón Pública

La encrucijada

Como argumenta Juan Carlos Palou en esta misma edición de Razón Pública, las negociaciones entre el gobierno nacional y las FARC se encuentran en un momento crítico y parecen estancadas.

Sin avances nuevos en esa negociación, se vuelve aún más difícil la salida negociada con el Ejército de Liberación Nacional (ELN). E incluso si la crisis en La Habana se supera y las negociaciones recuperan su ritmo, sería dudoso que el ELN pueda integrarse a ese proceso.

La señal más clara de las dificultades de un eventual proceso de paz con la segunda guerrilla de Colombia es la orden del presidente Santos de intensificar las operaciones militares contra el ELN.

Bajo esas circunstancias, para evitar otra ronda de acuerdos parciales, el gobierno no solo necesita reparar el proceso con las FARC, sino hallar fórmulas creativas para allanar el camino de las conversaciones formales con el ELN.

Avance incierto

La expectativa de un pronto desenlace de las tortuosas conversaciones exploratorias se había acentuado tras el anuncio del ELN en enero en el sentido de que consideraría “dejar las armas”.

Como expliqué en su momento en esta misma revista, tales esperanzas nunca fueron realistas. Pero no por eso deja de preocupar el aparente descuido o fracaso del gobierno para aprovechar aquel gesto promisorio hacia la paz.

Y sin embargo parece que ha habido algún progreso. Según “Gabino”, el comandante del  ELN, el 80 por ciento de la agenda ya está acordado. Pero como los problemas de diseño y los objetivos del proceso no parecen resueltos, es difícil saber qué tan cerca se está de  empezar las conversaciones formales.

Los obstáculos

El ELN rechaza la inclusión del desarme en la agenda y alega que el gobierno quiere restringir la participación social y solo está interesado en una rápida desmovilización del grupo.

Afirma también que el gobierno ha violado las reglas de confidencialidad sobre las que el mismo Santos había insistido, lo cual ha fracturado la confianza entre las partes.

Sin duda, la dificultad para avanzar más allá de la fase exploratoria se debe en parte a las tensiones internas del ELN,

• porque existe una gran diversidad entre sus miembros en términos ideológicos, económicos y militares, y

• porque su proceso de toma de decisiones es más deliberativo y lento que el de las FARC.

Sin embargo no se puede culpar de todo al ELN. Hasta cierto punto, los problemas para avanzar en el proceso se deben a las restricciones que impone al gobierno una metodología de negociación que funciona bien con las FARC, pero que para el ELN está “más cerca de una imposición o capitulación”.

Las dudas del gobierno sobre los cambios en este marco de negociación son comprensibles, pero también hay que entender que él hace más difícil responder a las preocupaciones del ELN.

Dos lógicas erróneas

Lo que sí es claro es que escalar la violencia no ayudará a deshacer este nudo.

-La reciente ola de ataques atribuidos al ELN, que incluyen varios secuestros y una explosión en Bogotá, tal vez mejoraron su posición negociadora, pero han profundizado la desconfianza ciudadana y han hecho ver a esta guerrilla como fuera de contacto con un país que quiere poner punto final a tantos años de violencia.

La guerrilla envió una señal peor con el “juicio político” a un alcalde del Chocó a quien acusan de malgastar dineros públicos. Cualquiera que sea el mérito de estas acusaciones, esta es exactamente la mezcla entre política y violencia a la que quiere poner fin cualquier el proceso de paz.

-Intensificar las operaciones militares contra el ELN sería igualmente contraproducente. Además, estas difícilmente llevarán a la derrota del grupo en el corto plazo. El ELN se ha fortalecido durante los últimos años y algunos elementos de esta guerrilla parecen pensar que el grupo podría simplemente atrincherarse y resistir.

Estos ataques tampoco aumentarán necesariamente su voluntad de negociar. El argumento manido de que el ELN se resiste a las conversaciones porque no ha sufrido los golpes infligidos a las FARC está sobreestimado.

Sin duda importa el balance de fuerzas militares, pero hay que recordar que lo que motivó a las FARC a sentarse en La Habana no fue solo la muerte de varios de sus líderes, sino el reconocimiento por parte del gobierno del conflicto armado y su apertura a acordar una agenda que reconociera a las guerrillas como actores políticos.

Por eso, mientras que las ganancias de una intensa campaña militar son inciertas, los riesgos son claros. La eliminación de los líderes del ELN afectaría sus sistemas de comando y control, lo cual complicaría más todavía una negociación eventual.

¿Negociación conjunta o separada?

Por lo anterior es cada vez más improbable (aunque no imposible) que la fase exploratoria concluya a tiempo para que el ELN pueda incidir sobre los temas transversales de justicia transicional y “fin del conflicto” en las actuales negociaciones con las FARC, o para que los acuerdos con los dos grupos puedan cumplirse de manera conjunta. Eso no necesariamente sería desastroso para el ELN ni para el gobierno:

-Temiendo que podrían llegar tarde a la fiesta, parece que algunos miembros del ELN consideran la opción de entrar en conversaciones solo después de que las FARC hayan alcanzado un acuerdo final, pues eso les daría mayor visibilidad y protagonismo.

-Posponer las conversaciones con el ELN podría ser también atractivo para el gobierno, pues evitaría la complejidad de enfrentar dos negociaciones diferentes, aunque no totalmente separadas, y le permitiría enfocar sus energías en asegurar un acuerdo con las FARC.

Pero dos negociaciones consecutivas también pueden plantear problemas serios para el gobernó y para el ELN:

-La violencia en las regiones donde operan ambas guerrillas podría hacer difícil ejecutar los acuerdos con las FARC y -si bien no es una amenaza para la seguridad nacional- el aumento sostenido de las operaciones en los últimos años sugiere que el ELN tiene capacidad suficiente para frustrar la construcción de la paz en las regiones donde tiene mayor influencia, como Arauca o parte de Bolívar y Chocó.

-El ELN por su parte enfrentaría riesgos aún mayores. Una vez que concluyan las negociaciones con las FARC, disminuirá marcadamente la voluntad política para negociar con un grupo mucho más pequeño sobre una agenda que vaya más allá del desarme. Por eso el acuerdo transformador que anhela el ELN sería más difícil en el futuro, lo cual agravaría sus dificultades internas para cerrar una negociación.

La alternativa

Frente a estas dificultades, las partes deberían empezar a explotar el espacio abierto por el progreso de las negociaciones con las FARC.

Por ejemplo, la agenda sobre el tema del “des-escalamiento” del conflicto podría dar una base para vincular al ELN con el proceso de paz por fuera de las negociaciones formales. Esto fortalecería la confianza entre las partes y reduciría los riesgos de violencia posterior al acuerdo que resultan de la actual falta de coordinación entre los dos procesos.

Esta movida también cambiaría la lógica de las conversaciones en La Habana, pues en vez de negociar durante años antes de reducir las hostilidades, el des-escalamiento sería el camino para llegar al acuerdo.

En realidad, este paso no sería tan radical. La puesta en marcha de un esfuerzo conjunto de desminado humanitario entre el gobierno y las FARC (así como las eventuales medidas para el des-escalamiento) podría acabar con la distancia y el contraste entre la negociación y la realidad cotidiana sobre la cual se ha basado el proceso de La Habana.

Para involucrar al ELN podría empezarse con un esfuerzo conjunto de desminado, algo sobre lo que cual esta guerrilla ha expresado su interés. Este esfuerzo permitiría maximizar las ganancias humanitarias y le daría credibilidad a un proceso de paz, además de ofrecer  un marco para medidas adicionales, como la declaración por parte del ELN de abandonar el secuestro – en ausencia de lo cual sería  muy difícil justificar las negociaciones-.

Por otra parte, y como una manera de considerar las demandas del ELN sobre una participación directa de la sociedad en el proceso, esta aproximación podría incluir consultas con las comunidades en los territorios con influencia de esta guerrilla, y estas deliberaciones podrían también servir como un insumo para una futura agenda de paz.

Nada de esto será fácil. Vincular al ELN al desminado dependerá del progreso con las FARC, lo que resulta incierto en el momento. El gobierno podría dudar sobre invertir tiempo en discutir asuntos procedimentales en lugar de la agenda sustancial, y el proceso podría encontrarse con la resistencia de los militares. Además, la oposición política no dudaría en presentar la reducción de las acciones militares contra el ELN como una evidencia adicional de la supuesta debilidad del gobierno.

Pero el ELN necesita también ser realista, pues lo que se puede lograr en esta etapa no será el cese al fuego bilateral ni la amplia participación social que la guerrilla ha pedido repetidamente.

Aunque en el corto plazo se desvanecen las probabilidades de abrir conversaciones con el ELN, un nuevo enfoque podría convertirse en la opción más promisoria para impulsar un proceso de paz que ninguna de las partes puede darse el lujo de despreciar.

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