Carlos Pizarro, mi amigo.

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Debo reconocerles que me invade la tristeza cuando escribo sobre mis amigos que  fueron dolorosa e injustamente asesinados en la plena primavera de sus vidas.

Por: Alonso Ojeda Awad

Son  tantos, que a veces el peso de sus recuerdos, la amplitud de sus sonrisas y las esperanzas de sus sueños e ideas me  acompañan y me siguen por días y noches enteras y me interrogan en mis soledades acerca de lo diferente que hubiesen sido nuestras vidas, si aún nos acompañara el calor fraternal de su valiosa  existencia.Comienzo este  escrito con la imagen joven y serena que conservo de Carlos Pizarro, lo hago en un avión de Avianca,  quizás  similar al último vuelo que el pretendió realizar, antes que las balas asesinas del sicario, colocado premeditadamente detrás de él, nos arrebatara para siempre la vida de este singular y emblemático guerrillero, quien  entendió que la  razón de su existencia era entregarse a la tarea  inaplazable de la búsqueda por  la  justicia social y posteriormente de la Paz. Por eso,  en un gesto que desafiara  los años, decidió en medio de la aguda contradicción armada firmar la Paz y envolver en la bandera nacional su pistola,  gesto que se transformó en símbolo su rearticulación a la vida democrática, como lo habían hecho a comienzos del siglo  XX Rafael Uribe Uribe y Benjamín Herrera, legendarios  Generales Liberales de la Guerra de Los Mil Días. El segundo de ellos,  después de firmados  los Acuerdos, también en un acto que se tornó simbólico: desenvainó su espada y la  despedazó contra las rocas, exclamando: “La Patria por encima de los partidos”.

Tuve la fortuna de conocer a Carlos Pizarro en los años de 1976,  cuando por condiciones específicas del proceso histórico me correspondió adelantar, con mi compañero Medardo Correa, “el paisita”, el surgimiento de esa visión esperanzadora al interior  del ELN que se denominó El Replanteamiento y que pretendió tesoneramente buscar los caminos para una unidad estratégica entre los diferentes expresiones políticas, armadas y sociales que dieran como resultado la creación del Frente de Liberación Nacional, tal como lo había visualizado el padre Camilo Torres Restrepo. En esta tarea habíamos descendido de las montañas de las estribaciones del cerro de “Paramillo” en la cordillera Occidental, acosados por las enfermedades como la fiebre amarilla, lográndose  después de muchas peripecias arribar a la ciudad de Bogotá.

El ambiente político en esos tiempos  era intenso. Muchas organizaciones políticas y sociales exigían al ELN una mayor comprensión y articulación con la lucha de masas. El M-19 comenzaba a despuntar en ese universo revolucionario y pedía dirección política para su accionar. El grupo de base del ELN en Bogotá, llamado el PJ,  aglutinaba en su interior a maestros, periodistas,  trabajadores,  intelectuales, académicos, profesores universitarios, sindicalistas, estudiantes,  que leían y debatían con mucha fuerza y entusiasmo los logros de la Revolución Vietnamita, triunfante en esos momentos. Enrique Santos Calderón era uno de esos intelectuales quien como periodista,  desde su columna de opinión “Contraescape” del diario El Tiempo,  abría serios y profundos interrogantes sobre el curso de la política y la democracia colombiana, planteaba la necesidad de realizar un reportaje al ELN.  Esta  circunstancia llevó a que nos encontráramos, reunión en la que   planteó una serie de temas vitales, entre otros  habló de  uno que me resultaba  extraordinario, la posibilidad de contactarnos con Jaime Bateman Cayón, dirigente máximo del M-19. Efectivamente, la reunión, se realizó en un restaurante camino a La Calera. Recuerdo que mi encuentro con Bateman estuvo  cubierto por un ambiente de amplia camaradería, aprecio y profundo reconocimiento mutuo,  muy rápido entramos en identificaciones del quehacer revolucionario, construyéndose posteriormente  una valiosa amistad.  Fue tal el entendimiento con “El flaco” como cariñosamente le decíamos, que a las pocas semanas me llevó hasta el calor de su hogar, donde tuve la oportunidad de conocer a cuatro emblemáticos comandantes del  M-19, a saber según su responsabilidad en la Organización: Iván Marino Ospina, Álvaro  Fayad, Carlos Pizarro León-Gómez y Elmer Marín.

El menor de este grupo era  Carlos. Desde que lo conocí  me impresionó mucho su decencia, sus sobrios modales, su discreta y elegante manera de vestir, denotando una educación esmerada de sus padres. En nuestras reuniones no hablaba mucho, pero cuando lo hacía expresaba profundo conocimientos en la materia. Me fui dando cuenta que tenía amplia formación universitaria y en sus análisis se detectaba la fuerza de planeamientos sociales y cristianos, remarcándose en la necesidad de construir una sociedad justa y equitativa, donde los extremos fueran asimilados. Era muy crítico de la sociedad  por permitir a la derecha apropiarse de todas las posibilidades y recursos económico, relegar a las amplias masas de campesinos y obreros a las peores condiciones de vida.

Me contó que había estudiado en la Universidad  Javeriana y  de su  especial   admiración por el sacerdote Camilo Torres Restrepo que le permitió valorar y sentir su consigna de “El deber de todo cristiano es ser Revolucionario y el deber de todo revolucionario es hacer la Revolución”. Este punto fue el que más nos acercó, pasábamos  largo tiempo analizando la magnitud de sus mensajes, sobre todo la gran importancia que el sacerdote revolucionario concedía a la Organización de los sectores populares. Compartía con Camilo la concepción sobre  las Fuerzas Armadas,  decía: en la medida en que la lucha revolucionaria se vaya profundizando, comandantes y  oficiales se irían  vinculando a la lucha  revolucionaria. Después supe que su padre había sido Almirante de las Fuerzas Navales  de Colombia, militar  de conducta intachable.  Pienso que ese ejemplo de su padre, lo animaba a tener esperanzas en que sectores importantes del Ejecito y La  Marina, podrían  estar  al lado de propuestas revolucionarias, alternativas, en beneficio de una mejor y más equilibrada sociedad.

Las discusiones entre nosotros se hacían en un ambiente de mucha camaradería y respeto, sobre todo en lo que respecta al sueño de construcción del Frente Amplio de Liberación Nacional, con  el M19 fusionado al ELN, donde la visión  dominante  fuera el accionar político marcado por la participación de amplios sectores sociales incorporados a las coyunturas de distinta índole, generando tendencias y contra tendencias políticas,  forma de actuar en la política real.  Sin embargo este sueño se abortó y el ELN no logró salir unificado de la discusión ideológica, lo que significó una frustración no solo  para nosotros, sino muy especialmente para ellos.

A partir de este momento teníamos muchos puntos de acuerdo, pero también empezaron a existir puntos de discrepancia. Llegó  el momento en que el Buró político del M19, del que hacía parte activa mí hoy recordado amigo y compañero Carlos Pizarro, planteó la necesidad de asumir la lucha armada. Nosotros con todo respeto y respaldados por nuestra dura y dolorosa experiencia les dijimos No, explicando hasta la saciedad que la necesidad fundamental era la Organización del pueblo. Les dijimos que era necesario aprender de la dolorosa  experiencia del grupo  de Anorí, quien  tuvo tantas armas, que su propio peso la enterraron, al restarle movilidad como guerrilla, circunstancias que le impidió salir  del cerco táctico que le impuso el Ejército Nacional y cuyos  resultados fueron lamentables y muy dolorosos para nosotros. La discusión se generalizó y se amplió. Cada uno expuso lo mejor de sus argumentos. Yo como de costumbre, obsesivo en recordar la  última consigna de la Proclama a los Colombianos, que envió Camilo  Torres Restrepo desde las montañas de Santander: “Por la Organización de la clase popular, hasta la muerte”, la ratifiqué. Recuerdo que Carlos estuvo muy atento a la discusión y al final se acercó para decirme: hay  que tener muy en cuenta las reflexiones que nos acabas de hacer.

Después vino el golpe que dio el M-19 al Cantón Norte, de donde  se sustrajeron miles de armas y se inició una persecución terrible sobre los revolucionarios y sobre la sociedad civil. La diáspora iniciada por esta acción armada nos dispersó por todo el país y el mundo. Cada cual buscó la mejor forma para protegerse de la represión desatada. Acosado por las circunstancias me refugié con Gloria Amparo, Pedrito y Silvia Carolina  mi pequeña familia, en la costa, donde la solidaridad y el cariño de mis viejos amigos y compañeros nos resguardaron. El vendaval fue pasando y la vida nos fue colocando a cada uno en su lugar. No nos volvimos a ver.  Pasaron los años y los nuevos acontecimientos mostraron la vocación de Paz del M-19, que respaldé y felicité. El día que Carlos Pizarro entregó envuelta en la bandera de Colombia su pistola, recordé al joven aquel  que había conocido en el apartamento de Jaime Bateman Cayón, volví a ver en él su pulcritud, su consecuencia, su seriedad  y su deseo ferviente de servir los intereses de los sectores populares, vi un  hombre más maduro que conservaba sus rasgos juveniles y su claridad política. Sabiendo del camino tan complejo que debía recorrer este gigante por la Paz y la cantidad de obstáculos que debía superar solo atiné a murmurar una oración por su suerte.

A los pocos días mi hermana Eufemia asistió una reunión muy fraternal con Carlos y muy contenta me llamó para  decirme que había hablado largo con él y que se expresaba en términos muy cariñosos y generosos conmigo y decía que debíamos reunirnos muy pronto para continuar con nuestros sueños y esperanzas. Me dispuse a nuestro encuentro, me ilusioné con la cercanía del abrazo que nos daríamos y con los miles de análisis, historia y anécdotas que compartiríamos después de su  regreso de Barranquilla. Por eso, cuando las noticias inundaron el espacio informando de su asesinato, un dolor duro y amargo se asentó en mi corazón y supe que ya nunca más volvería a ver a otro de mis buenos e inolvidables amigos que la muerte me estaba arrebatando.

Ex. Embajador de Colombia en Europa.

Vice. Presidente del Comité Permanente de Defensa de los Derechos Humanos. CPDH.

Mayo 1 de 2015

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