Evaluación docente: ¿Qué esconde? ¿Qué pretende?

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Análisis del “currículo oculto” detrás de las políticas de “excelencia” académica y evaluación docente. ¿Será que en vez de abogar por una educación mejor estamos jugando el juego de la productividad capitalista que nos imponen desde afuera?

Por: Alberto Martinez Boom / Razón Pública.

Los discursos y los profes

En este texto abordaré dos planos del análisis:

– En el primer plano están los maestros y su sensación de malestar permanente,  que es la expresión de un malestar social generalizado, resultante de fenómenos como la persistencia de la pobreza y la desigualdad, el desempleo, la precarización del trabajo, las dificultades para incluirse y crecer en un entorno altamente competitivo.

– En el segundo plano están los discursos del gobierno, sus palabras optimistas y “políticamente correctas”: calidad, evaluación, excelencia. Términos que se ofrecen como remedio presunto de todos los malestares, cuando en efecto cada día se acentúan las prácticas oficiales de intervención, control y coerción para poder mostrar mejores indicadores de aprendizaje ante el mundo.

Este proceso comenzó en la década de 1960, cuando la educación cambió drásticamente de horizonte. La mundialización de los procesos educativos significó que los organismos internacionales se erigieran como oráculos de la presunta “verdad” sobre la educación. Desde entonces todas las intervenciones en esta materia son objeto de cálculos y proyecciones numéricas y financieras.

La mundialización anterior se consolidó a partir de dos conceptos: (1) la educación como “piedra angular del desarrollo”, y (2) las teorías del capital humano, sustentadas por los  indicadores y afinadas a través de las evaluaciones.

Los indicadores de evaluación para la excelencia fueron y son establecidos por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), lo cual implica que la política contemporánea en materia educativa conduzca a los Estados a una carrera loca por alcanzar los estándares de aquella organización.

No es exagerado afirmar que la llamada “evaluación por competencias” es una fabricación que no toca a los maestros, ni se remite a su experiencia, ni toma en cuenta sus potencialidades. Es una simple medición del “producto educativo” en función de la  eficacia y la eficiencia.

Esto explica la imposibilidad del diálogo entre un ministerio de Educación que sataniza al maestro porque no quiere ser evaluado, y un maestro de a pie que no se identifica con los simulacros de evaluación que sirven para legitimar su aspiración de ascenso profesional. Tampoco la burocracia sindical parece percatarse de estas diferencias y sigue empeñada en reiterar viejas teorías sobre la victimización de los maestros.

Las políticas educativas se construyen a partir de un discurso sobre deseos, que exige que cada persona, cada maestro, incorpore este deseo como propio. Entretanto, y como la aspiración no se cumple, se instala el malestar.

La excelencia

Por supuesto que los maestros desean la excelencia, pero no pueden alcanzarla sencillamente porque los evalúan pidiéndoles que sean los maestros que esperan los indicadores.

Sin duda hay quienes cifran grandes esperanzas en la excelencia docente, porque creen ver en ella posibilidades de respuesta a las inequidades que aún nos aquejan y que podrían resolverse mediante la educación. Otros, por el contrario, dicen que la excelencia docente no alude a un maestro que enriquece y transmite su saberes y su forma el pensamiento, sino  al proceder aséptico de individuos sin experiencia pero altamente calificados en el recurso docente.

Estas posiciones en tensión comprometen a académicos, grupos de investigación y expertos que consideran la educación como un problema político de primer orden, aunque se diferencien por su diversidad de posiciones. Habrá quienes acuden a los discursos de la pedagogía, la historia y la filosofía para renovar sus convicciones, lo que no invalida esta pléyade de nuevos discursos comprometidos con los resultados aquí y ahora.

Estos análisis podrían conectarse con el estudio Tras la excelencia docente, recientemente realizado por la Fundación Compartir, y que ha sido acogido con un entusiasmo excesivo por parte del gobierno Santos, los empresarios, los asesores ministeriales y algunos investigadores que ven en sus recomendaciones algo que encuadra y racionaliza sus propias decisiones políticas.

Tras la excelencia docente persiste en un juego preposicional ya conocido, que no hace mucho tiempo era “tras el desarrollo”, y que ahora sería “tras la  OCDE”.

Afirmar que la educación es la variable clave para lograr que una sociedad progrese es la consigna que repiten individuos, medios de comunicación, políticos y expertos en economía. Es posible compartir esta consigna pero hay que advertir que se trata de un lema poco novedoso, aunque sea indudable que su sentido común conlleva un profundo valor redentor: la educación nos redime hasta un punto donde solo funciona como coartada.

La evaluación

La evaluación, según la entienden hoy las agencias internacionales, adquiere valor en la medida en que se conecta con los sistemas globales de producción, información, consumo e innovación, es decir, si entra en el juego de aumentar las competencias económicas.

Esta educación subraya el papel económico de la educación- como derecho y como servicio-, o por su sofisticación en términos de “edu-capital” (ya no se trata solo de la educación como mercancía sino de su capitalización y especulación).

No es de extrañar que la vieja promesa educativa de la que hablan las corrientes clásicas de la pedagogía sea objeto de críticas ahora. Se dice que esta no logra avanzar porque precisamente no habla de esta nueva veta econométrica; esta educación no es la que el capitalismo actual necesita, fabrica y demanda.

Algunas voces sugieren que estamos ingresando en una educación post-humana. Valdría la pena entonces preguntar: ¿qué clase de sociedad queremos? Tal vez una sociedad altamente competitiva y por lo tanto hostil. ¿Qué consecuencias podrían acarrearnos estos sugestivos desafíos evaluativos? Tal vez una educación que se comprometa solo con lo productivo y que abandone la formación, la experiencia y el pensamiento. ¿Qué conviene hacer? Tal vez apostarle ciegamente al enunciado vacío de los discursos que buscan la educación de calidad.

Hemos retomado con los llamados a la excelencia y la evaluación docente las teorías del capital humano, afinadas primero como calidad de educación y actualizadas ahora, por su evidente desgaste, con el discurso de la excelencia y de la evaluación para la excelencia.

Los menos ingenuos saben que en la idea de excelencia docente subyace una vieja sospecha, encarnada en ese sujeto que, por conveniencia, señalan ahora como héroe: el maestro. De los maestros se ha sospechado desde hace mucho tiempo, y varias disciplinas, tecnologías y dispositivos (el currículo, la tecnología instruccional, el lenguaje de las competencias) han pretendido gobernarlo y dirigirlo.

En el fondo, los discursos de la rimbombante excelencia docente disimulan unos compromisos nada grandiosos ni convincentes: los de la economía educativa, el educapital y el management educativo.

Podríamos partir del supuesto de que la educación es un factor de progreso económico que contribuye a aliviar los problemas sociales que vivimos. Pero semejante afirmación expresa un sofisma publicitario que se construye sobre datos endebles y maleables.

Otro viejo sofisma aseguraba que la educación promovía la movilidad social, pero hoy sabemos que los beneficios económicos de la educación no son los mismos para todos y hay demasiadas evidencias empíricas para descreer de este entusiasmo.

Más que una política, la evaluación para la excelencia define prácticas muy precisas en las que la educación es intervenida desde los derroteros del gerenciamiento: entre más gestión del aula, del aprender a aprender y de la evaluación, mayor excelencia docente.

Pero este es un falso supuesto, pues los discursos de evaluación, de excelencia y de calidad ignoran la realidad histórica de la escuela, del sistema educativo y de la propia educación y carecen de cualquier reflexión pedagógica. Buscan intervenir asépticamente en un asunto que no conocen a profundidad y sobre el que reflexionan desde un solo punto de vista: su utilidad económica.

No se puede abordar esta discusión desde la tradición como nostalgia de un supuesto maestro anterior, ni acaballarse en esas tendencias descarnadas de una evaluación que al tiempo que controla todo desprecia la experiencia. No hay que pasarse al campo de la utopía, pero tampoco al pragmatismo más burdo.

Si los protagonistas centrales de estos asuntos fueran los “docentes” sus preocupaciones importarían, pero ya sabemos que no hay manera de conciliar una opción ética con el menudeo de una economía para pobres.

Pienso que no hay un único futuro para los maestros. Nos compete intervenir en el presente y describir otros caminos no explorados aún y que no se limitan a los lineamientos de competir por la excelencia.

Tenemos en nuestra historia reciente experiencias como el Movimiento Pedagógico y la Expedición Pedagógica que han mostrado que existen múltiples formas de ser maestro y de hacer escuela y que podemos ubicarnos más allá de estas políticas desastrosas que en el fondo disimulan mal lo poco que creen en los maestros.

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