Un llamado de alarma. Sobre sumisión, novela de Michael Houellebecq.

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Tal vez en nuestro tiempo la  verdadera sumisión no tiene que ver con la religión que anula la autonomía, sino con la esclavitud de los deseos publicitarios que le impiden al humano contemporáneo forjar un mundo en común con otros.

Por: Alejandro Mantilla / Palabras al Margen

La ficción y la muerte

Sumisión, la más reciente novela de Michel Houellebecq fue publicada en medio del dolor y la polémica. La obra estuvo disponible en librerías el 7 de enero de 2015, el mismo día del ataque contra el semanario Charlie Hebdo; valga recordar que una caricatura de su autor fue portada de dicha publicación satírica unos días antes del atentado. Tales coincidencias cobran relevancia gracias al relato: una historia que cuenta la paulatina islamización de la sociedad y la política francesa tras la victoria electoral de la Hermandad Musulmana, el único partido que puede vencer al ultraderechista Frente Nacional en unos reñidos comicios.

En un gesto narrativo usual en Houellebecq, la historia tiene como protagonista central a un intelectual maduro lleno de dudas y hastiado por las convenciones sociales. En este caso se trata de François, un profesor de la Sorbona especialista en la literatura francesa de finales del siglo XIX; un solitario conformista con problemas para sobrellevar su sexualidad, distanciado de su familia, con pocos amigos, soportando una aburrida vida académica lastrada por el lejano mérito de su tesis doctoral sobre Joris-Karl Huysmans. Guiándonos por las dudas del profesor universitario, Houellebecq nos retrata una Francia marcada por enfrentamientos políticos violentos, con atentados que suceden a diario y por el ascenso de dos partidos extraños a los bipartidismos europeos tradicionales: El Frente Nacional, encabezado por Marine Le Pen, y la Hermandad musulmana liderada por Ahmed Ben Abbes.

Es abiertamente provocador relatar esa improbable segunda vuelta presidencial donde compite una agrupación islámica con un partido de extrema derecha, máxime si lo hace uno de los escritores más importantes de un país orgulloso de su tolerancia y su secularismo. En su bien manejada ficción, el FN es respaldado de manera subrepticia por el movimiento identitario europeo, una agrupación clandestina racista, ultraconservadora, hostil a los inmigrantes, mientras la hermandad musulmana logra seducir a los socialistas y a los conservadores del MPU (el partido de Chirac y Sarkozy) logrando una mayoría que instaura un nuevo gobierno encabezado por un carismático musulmán que poco a poco abre las puertas a los inversionistas de Arabia Saudita y otras petromonarquías.

El dinero Saudí penetra en La Sorbona, otro orgullo nacional francés, que pasa a ser una universidad islámica abandonando su legado secular. El gobierno de Ahmed Ben Abbes también facilita la instauración de la poligamia y lentamente modifica los hábitos cotidianos de las ciudadanas que adoptan el velo como prenda habitual. El nuevo gobierno también genera una nueva política económica basada en el “distributismo”, organización económica sugerida por Chesterton (genial escritor católico inglés) basada en la asignación de tareas productivas a pequeñas comunidades. Muchos intelectuales también asumirán la nueva era adoptando la religión musulmana, e incluso algunos olvidan la herencia de la autonomía y el autogobierno para abrazar la actitud opuesta; en palabras de Rediger, uno de los personajes centrales:

“-Es la sumisión –dijo en voz queda Rediger-. La idea asombrosa y simple, jamás expresada hasta entonces con esa fuerza, de que la cumbre de la felicidad humana reside en la sumisión más absoluta. Es una idea que no atrevería a exponer ante mis correligionarios, que quizá la juzgarían blasfema, pero para mí hay una relación entre la absoluta sumisión de la mujer al hombre tal como lo describe Historia de O, y la sumisión del hombre a Dios, tal como la entiende el islam”1.

El otro 1984

El género de la utopía negativa nos ha legado piezas maestras de la literatura, desde clásicos comoFahrenheit 451 de Ray Bradbury, o Un mundo feliz de Aldous Huxley, pasando por los trabajos de Phillip K. Dick, por buena parte del cyberpunk, hasta El ensayo sobre la ceguera de Saramago. Sin lugar a dudas, la obra por excelencia de este género es 1984 de George Orwell. Su angustiante trama y sus paisajes opresivos son lo mejor que ha producido el género. La lectura habitual de 1984 presenta la novela de Orwell como una crítica al totalitarismo, en especial al totalitarismo soviético representado por el Gran Hermano bigotón como alegoría de Stalin.

Sin embargo, en la literatura contemporánea se han hecho lecturas más agudas de la novela de Orwell en cabeza de dos gigantes de la literatura estadounidense: E.L Doctorow y Thomas Pynchon. En lugar de acudir al cliché de la crítica al totalitarismo soviético, los dos destacaron las similitudes de 1984 con las democracias liberales actuales. Para Doctorow, “lo que Orwell destaca de manera recurrente a lo largo del libro es la idea de la manipulación política de la realidad mediante el control de la historia y el lenguaje”2. El ensayo escrito precisamente en 1984 mostraba la maniobra del gobierno japonés al mentir deliberadamente a sus ciudadanos acerca de la invasión japonesa a China y la alianza del gobierno imperial con los nazis en la II Guerra Mundial. Además, en pleno gobierno Reagan, Doctorow criticó el lenguaje engañoso usado por el Departamento de Estado para justificar su alianza con las dictaduras más criminales del hemisferio:

“Con el fin de defender lo indefendible debe deformarse el idioma, utilizar palabras que no comuniquen las ideas sino que las anulen. Debe rehacerse la historia. Así, los campesinos, los sacerdotes y las monjas, los granjeros, maestros, médicos, enfermeras, dirigentes sindicales y escolares que han sido fusilados y pasados a cuchillo son ‘elementos rebeldes’. En El Salvador, la desesperada coalición de todas las fuerzas políticas, salvo la extrema derecha encaramada en el poder, es considerada una ‘amenaza comunista’. El despertar histórico del campesinado permanentemente explotado y privado de sus derechos políticos, impulsado por la iglesia católica, es representado como una conspiración terrorista financiada por la Unión Soviética y administrada por Cuba”3.

Casi veinte años después, Thomas Pynchon se dio a la tarea de recordar que, a pesar de las celebraciones conservadoras, el autor de la célebre novela era un militante de ultraizquierda vinculado con la República española y con la causa anticolonial. Que 1984 era ante todo una advertencia:

“pese a la derrota del Eje, el deseo de fascismo no había desaparecido, que no solo no había muerto sino que, tal vez, ni siquiera había alcanzado aún su plena madurez… ¿Qué podía impedir que ocurriera lo mismo en Gran Bretaña y Estados Unidos? ¿La superioridad moral? ¿Las buenas intenciones? ¿Una vida higiénica?”4.

La alarma y la soledad

No sorprende que en el respaldo de la edición española de Sumisión, la obra se compare con 1984 y Un mundo feliz, siguiendo los clichés tradicionales de las casas editoriales. Con la novela de Houellebecq no resulta tan sencillo hacer un ejercicio similar al que hicieron Pynchon y Doctorow con la obra de Orwell, sin embargo, creo que esa nueva novela no es una simple imaginería fatalista, sino una voz de alarma ante la crisis europea.

La novela no solo trata sobre el Islam gobernando la patria de Voltaire, trata también sobre la ruina y la rutina de las democracias liberales europeas. Sistemas políticos gobernados por un péndulo donde los partidos socialdemócratas son sucedidos por partidos conservadores que luego son sucedidos por partidos socialdemócratas. Aparece la banalidad de los líderes políticos europeos que hacen declaraciones predecibles conforme a libretos preestablecidos y se narra el constante silencio de una prensa que no informa sobre los asuntos realmente relevantes. También se señala cómo la Hermandad musulmana es aceptada por los partidos tradicionales porque acepta los “valores” de occidente, es decir, el mercado y la democracia liberal. Ante el aburrimiento de la política europea, la ultraderecha y los islamistas aparecen para reavivar los debates políticos, mientras el carisma de Ahmed Ben Abbes pasa a ser una nueva fuente de cambios.

Sumisión es ante todo un ejercicio de alarma. Pero la alerta no se dirige frente a un posible gobierno musulmán en Francia. La novela trata sobre un suicidio: “… cada vez estaba más influido por el pensamiento de Toynbee, por su idea de que las civilizaciones no mueren asesinadas, sino que se suicidan”, dice uno de los personajes. Hoy en Europa no hay un Ahmed Ben Abbes, pero sí crece la extraña mezcla de fascinación y miedo por Yanis Varoufakis, el Ministro de Economía griego, o por Pablo Iglesias el líder de Podemos. De igual manera, crece la relevancia de Marine Le Pen en Francia y Nigel Farage en Inglaterra (aunque sea muchísimo menor la influencia del segundo), dos políticos xenófobos contrarios al proyecto de la Unión Europea. La novela de Houellebecq es una alarma ante varios países de Europa acosados por el desempleo, por el crecimiento de la ultraderecha, por las inversiones de las petromonarquías, por el fortalecimiento de los rusos y los chinos, por la puesta en cuestión de los valores ilustrados vencidos por el tedio de la política real en las democracias capitalistas. Y, por supuesto, también está el miedo por el fundamentalismo islámico.

Podría borrar todo lo anterior y sostener una sola tesis. Sumisión, como otras novelas de Houellebecq, trata sobre un solo tema: la soledad que genera el deseo. El escritor francés alguna vez escribió sobre el mundo como un gran supermercado que obliga a los individuos a desear demasiado; esos deseos conllevan una enorme frustración, pues “sin ser puros simulacros son en gran parte un producto de decisiones externas que podemos llamar en un sentido amplio, publicitarias”5. En sus novelas es usual encontrar individuos aislados en conflicto con su deseo.

Tal vez en nuestro tiempo la verdadera sumisión no tiene que ver con la religión que anula la autonomía, sino con la esclavitud de los deseos publicitarios que le impiden al humano contemporáneo forjar un mundo en común con otros. La alarma que hoy suena desde Francia no trata sobre una religión, sino sobre la frustración, el tedio y el miedo como parte del paisaje emocional que hoy dibuja una civilización en crisis.

***

1Michel Houellebecq, “Sumisión”, Barcelona, Anagrama, 2015, p 245.

2E. L. Doctorow, “1984 de Orwell”, en “Poetas y presidentes”, Muchnick, 1996, p 88.

3Doctorow, p 95 y 96.

4Thomas Pynchon, “George Orwell y el camino hacia 1984”, Revista El Malpensante n.o 48, agosto-septiembre de 2003.

5Michel Houellebecq, “El mundo como supermercado”, Barcelona, Anagrama, 2000, p 65.

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