El regreso de Angelino

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Un dirigente cambiante y controversial que hoy aspira a la Alcaldía de Cali con el aval del partido de la U. ¿A qué se deben la permanencia y los éxitos de Garzón en la política colombiana, y qué significaría su elección?

Por: Boris Salazar / Razón Pública

Sobreviviente

Dentro del grupo de 16 candidatos a la alcaldía de Cali, Angelino Garzón no tiene par. Ni en estatura física, ni en peso corporal, ni en experiencia política.

La barba de náufrago que ahora luce remata su imagen de sobreviviente en un país donde la muerte es mucho más fácil que la vida. Dice que la dejará crecer hasta que su equipo de fútbol, y de muchos colombianos, el otra vez maldito América de Cali, regrese a la A.

No son metáforas. Angelino regresa a Cali después de estar a punto de perecer en una vicepresidencia accidentada que primero transformó al acompañante “social” de un presidente aristocrático en una carga molesta, y después en un abierto contradictor  político. En ese trance casi pierde la vida. La verdadera y la política. Un accidente cardiovascular lo tuvo al borde la muerte, mientras sus enemigos políticos de entonces pedían a gritos exámenes médicos urgentes para establecer si su estado de salud le permitía permanecer en la Vicepresidencia.

La soledad en que debió enfrentar el trance de la muerte y el abandono de Santos y su gobierno, lo llevó a acercarse a quien había acompañado –otra vez como antiguo dirigente sindical— a promover el TLC con Estados Unidos y nuevo enemigo mortal de Santos: Álvaro Uribe.

Hombre puente

La fluidez de las lealtades políticas de Angelino no era nueva, sin embargo. Desde mucho antes había mostrado una extraña capacidad para moverse de una orilla de la política a la opuesta, de un partido a otro, de una coalición a otra, sin perder su identidad básica.

Podían cambiar los partidos, los jefes y caudillos a quienes se unía,  pero no cambiaba la identidad de Garzón como líder conciliador, amplio, generoso, dispuesto a oír a todo  mundo y a gobernar con todos, sin importar posiciones ni pasados.

Su condición de dirigente sindical y hombre de izquierda le permitió convertirse en un puente necesario  entre las dos orillas de la política colombiana A diferencia de otros que han fracasado en el intento, Angelino siempre pudo mantener buenas relaciones con sus antiguos camaradas y compañeros, y tender puentes y cerrar acuerdos con políticos tradicionales, empresarios de todas las orientaciones y miembros de la elite que buscaban en él la compañía perfecta del antiguo izquierdista que podía conciliar los inevitables enfrentamientos con los de abajo.

La larga lista de sus alianzas con presidentes, caudillos y partidos de todos los colores y tendencias ideológicas hace pensar en los secretos de su habilidad, y en lo que sus muchos aliados eventuales buscaban al unirse con él. No siempre esas alianzas terminaron bien. Y una, sobre todo, terminó muy mal: es inocultable la amargura de Angelino ante el tratamiento que recibió de Santos. Aunque hoy pretenda mostrar una distancia sabia, y sin resentimientos, con respecto al presidente, es casi inevitable detectar su amargura cuando habló del proceso de paz y de las huelgas de los maestros.

Gobernador del Valle

Pero su capital político no ha dependido del todo de relaciones con la cúspide del poder o con el príncipe de turno.

Angelino ha sabido combinar su arribo a gobiernos tan distintos como el de Pastrana y el de Santos, con su ejercicio de la política electoral y de la búsqueda directa del apoyo de los ciudadanos. Después de haber sido ministro de Pastrana, cuando éste se encontraba en lo más profundo de su soledad política, Garzón  buscó y ganó la gobernación del Valle con un triunfo aplastante  que barrió a dos delfines políticos de los ya decadentes partidos liberal y conservador: Carlos Holmes Trujillo y Carlos J. Holguín.

La victoria de Angelino en 2003 representó la súbita unidad de las elites políticas en ascenso del Valle del Cauca. Jefes políticos que habían salido de la nada, y desplazado para siempre a las antiguas elites regionales, lo apoyaron en su lucha contra lo que quedaba de las viejas elites. El objetivo humanitario de liberar a los diputados en manos de las FARC parecía unirlos en la celebración del triunfo electoral. Pero después habría de quedar claro que Garzón no compartía con sus aliados el objetivo de asaltar los fondos estatales y rotar a sus miembros por los cargos de elección popular.

Con su sentido teatral y pragmático de la política, Garzón intentó movilizar a los vallecaucanos contra las exigencias de contratistas bien conectados con la política nacional, y expertos en la letra menuda de los contratos con el Estado. Su pleito inútil contra la firma contratista CISA representó el punto más bajo de su gobernación. Después de intentar una lucha política inocua contra un contrato hecho, como todos, para depredar al Estado, Garzón llevó al Valle a pagar tres veces el valor de un contrato que nunca fue ejecutado.

La combinación de los escenarios de la lucha popular contra los peajes, dirigida por Garzón, con los procesos legales de contratación, reflejó la ambigua ubicación de Garzón en la política nacional: un antiguo izquierdista, cuyos buenos oficios son útiles en la conciliación de las tensiones sociales, pero contraproducentes cuando están en juego intereses económicos reales.

Por supuesto, la gobernación de Angelino fue mucho más que eso: sus políticas de inclusión social y de alimentación básica para los niños de las escuelas y colegios públicos fueron efectivas y mejoraron la situación de los más vulnerables.

No cambiaría mucho

¿Qué le ofrece el Angelino de hoy a Cali?

Aunque sus declaraciones sobre temas concretos de la ciudad han sido escasas, Garzón se ha referido a lo que cualquier habitante de la ciudad considera sus problemas más urgentes: la inseguridad, la pérdida creciente de movilidad, la desigualdad, la falta de inclusión social.

Ha dicho que la seguridad no es un problema de policía, y que lo esencial es enviar un  mensaje de  tolerancia cero con el crimen. No ha dicho cómo lo hará ni cuáles son sus planes, ni cómo involucrará a las comunidades a las que todos los políticos apelan cuando están en trance electoral.

Dice que gobernará con todos si llegara a ganar, pero olvida decir que su triunfo, como el de cualquiera de sus contendientes, depende de las alianzas que pueda construir en los meses que quedan. El gobierno de todos, y con todos los que se unan a su proyecto, es un efecto obvio de la abundancia de candidatos, la ausencia de partidos fuertes, y el dominio de las maquinarias  que ponen los votos. Ningún candidato, incluido Angelino, podrá ganar las elecciones del próximo octubre si no cuenta con el apoyo de las maquinarias electorales y los operadores que manipulan el voto ciudadano.

Lo que hace parecer la contienda electoral del próximo octubre como una repetición anunciada de lo que ha ocurrido en las últimas tres décadas en la ciudad. Ni la presencia de empresarios, con clara vocación social y prácticas redistributivas, como Mauricio Armitage, o de innovadores de las finanzas populares, como Roberto Ortiz, o de políticos con un prestigio propio, como Garzón, permiten suponer que el resultado de octubre no dependerá del guiño y del largo brazo de las maquinarias electorales.

El aval de la U

Es fácil ver cómo se mueve la realidad electoral de Cali y del Valle en lo ocurrido y dicho después del aval que el partido de la U le concediera a Angelino Garzón. Se dijo que el  aval concedido por Roy Barreras y Dilian Francisca Toro rompía el pacto que le daba la gobernación del Valle a la antigua presidente del Senado, y la alcaldía al candidato del partido liberal, Roberto Ortiz.

El aval a Garzón no sería más que un intento del partido de la U por quedarse con todo el botín electoral del Valle del Cauca, y de paso unir a distintos grupos y partidos más pequeños que no tienen ninguna opción de poder si juegan de forma independiente. La respuesta ante la aparente traición de Barreras y Toro sólo podría ser una alianza política más amplia que incluya un mayor número de operadores políticos.

La banalidad de los juegos políticos que se juegan en Cali y en el Valle hace más evidente la ausencia de la comunidad y de la ciudadanía de la lucha electoral. Sin duda algunos cientos de miles votarán en las próximas elecciones, pero no habrán podido decidir el destino de su ciudad. El juego de la representación electoral los excluirá otra vez sin remedio.

El regreso de Angelino no cambiará la situación. Al llegar en brazos de los grandes electores del departamento y de la ciudad, acabará jugando el mismo juego que ha venido imponiéndose en la ciudad en las últimas décadas. Y ni siquiera la autonomía que le da su condición de sobreviviente salvará a Angelino del destino de hierro de la política electoral de Cali.

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