Santouribismo

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El neologismo que encabeza esta nota recoge la argamasa resultante de la recomposición política ocurrida en los días recientes con ocasión de los traumatismos que aquejan el proceso de paz y los diálogos del señor Santos con las Farc en la ciudad de La Habana.

Por: Horacio Duque Giraldo / Desde Abajo

La tregua unilateral determinada por las Farc desde el 8 de diciembre del 2014, con estimulantes resultados en la caída de la violencia política; el hostigamiento permanente de las Fuerzas Armadas hacia esa agrupación como parte de una acción de sabotaje político a las conversaciones; las medidas de desescalamiento del conflicto gestionadas por una subcomisión de oficiales e insurgentes; los notables apoyos internacionales a la paz; la suspensión de los bombardeos a los campamentos de las Farc; los sucesos violentos en que murieron 12 soldados profesionales en Buenos Aires/Cauca; la reactivación de los operativos aéreos con los asaltos y muertos (34) en Guapi y Segovia reportados por los generales de la Fac (Fuerza Aérea) y por Santos al país, son aspectos de un abigarrado cuadro que engendra incertidumbres y desazón entre diversos agentes de la llamada opinión pública.

Desde la perspectiva del cambio democrático en el Estado y la sociedad, implícito en un proceso orientado a la superación del prolongado ciclo de guerra iniciado desde mediados del siglo pasado, lo conveniente es hacer una lectura e interpretación política (referido a las fuentes sociales del Poder, M. Mann) de los acontecimientos mencionados, del sentido y el curso de sus implicaciones, hecha la consideración de su alta jerarquía e impacto estratégico en todos los campos de la nación. No se trata de asuntos menores, de episodios intrascendentes.

De obligatoria consideración contextual es la actual crisis económica y fiscal provocada por la caída de los precios internacionales del petróleo. Colombia atraviesa hoy una situación económica muy parecida a la de 1999, cuando el PIB cayó un 9%, y los directivos del Estado, Pastrana y Santos, promovieron la zona de distensión de San Vicente del Caguan con las Farc, como movida de respiro para reorganizar el aparato militar oficial y desplegar en los años posteriores una contraofensiva para debilitar y aplastar la guerrilla, que implicó un descabellado rediseño autoritario del Estado como instrumento del paramilitarismo y de la propia política que se transformó en parapolítica. Fueron años de ilegalidad descontrolada, con expresiones aberrantes como la masiva ejecución de los “falsos positivos” por miembros de las Fuerzas Armadas, responsables de delitos de lesa humanidad, mismos que están encartados en complejos procesos judiciales nacionales e internacionales, para los cuales se presiona impunidad mediante ajustes al fuero penal militar y normas de justicia transicional.

Desde luego, la tesitura aludida compromete el campo de la tradicional, y en apariencia estable, gobernabilidad liberal. Santos fue elegido presidente como sucesor de Uribe Vélez, de quien fue su Ministro de Defensa estrella por los golpes ejecutados contra las Farc en desarrollo de la denominada política de Seguridad Democrática. Tan pronto se posesionó del cargo, el actual Jefe de la Casa de Nariño, adelantó un ajuste táctico al esquema de dominación. Reconoció la existencia del conflicto armado (que Uribe negaba) y promovió una ley de víctimas como parte de su cosmovisión (weltanschauung) ideológica alimentada en los conceptos de la Tercera vía socialdemócrata elaborada por los socioliberales ingleses (Blair, Giddens). Ese ajuste fue resentido por Uribe quien lo impugnó dando pie a un ejercicio de oposición política con características de sabotaje crónico a la nueva administración. La mentalidad y el estilo ultraconservador del líder parapolítico se estrelló con el ajuste santista, que en realidad no afectaba el esquema general de la hegemonía oligárquica.

El filo de la oposición conservadora feudal ultraconservadora se focaliza en el proceso de paz y sus avances. Para el efecto se han movilizado diversos recursos entre los que se deben destacar, por su alto impacto, la manipulación de los militares y de la denominada opinión pública, que es una construcción de los medios masivos de comunicación identificados con los valores tradicionales de la cultura imperante, adversa a procesos de cambio.

El litigio entre Santos y Uribe no ha sido menor ni único en la historia del Estado. Trae a la memoria otros episodios de luchas intestinas en la élite colombiana. Las disputas entre Bolívar y Santander; entre Mosquera y Ospina; entre Núñez y los radicales; entre Reyes y los republicanos; entre López Pumarejo y Laureno Gómez; entre el MRL y el Frente Nacional; entre Carlos Lleras y Turbay, por el tema del clientelismo.

Hoy tenemos el litigio entre santistas y uribistas, que parece estar llegando a su cierre después del encuentro del caudillo con el Ministro Néstor Humberto Martínez, quien pesca en río revuelto para apoderarse de la Fiscalía General, con ocasión del desequilibrio de poderes tramitado como reforma constitucional en los poderes legislativos.

Anotemos que la superación de tales reyertas intraclase se ha hecho, en los últimos 60 años mediante el consociacionalismo, método político que sirvió al diseño del Frente Nacional, elogiado como paradigma de pacificación y concordia toda vez que permitió dejar atrás, según sus defensores doctrinales, la grave violencia de los años 50 a raíz del asesinato de Gaitán y la posterior guerra entre liberales y conservadores que dejó 500 mil muertos.

Es probable que los expertos politólogos que tienen por oficio asesorar a los políticos más encumbrados ya hayan sugerido regresar a las formulas del consociacionalismo para superar los riesgos intrínsecos y sistémicos del proceso de paz. Sus argumentos incluyen casos exitosos de gobernabilidad como el belga y el suizo, donde las facciones étnicas, religiosas y territoriales, atemperan sus diferencias en los escenarios de la concertación consociacional.

Santos parece haber renunciado a los postulados de la Tercera vía y ha regresado a las fuentes de la reaccionaria Seguridad Democrática de quien lo escogió y eligió como sucesor. Se trata de un tránsito muy sutil, pero efectivo, en el que, desde la consideración puramente política (poder), se convierte, como Presidente, en copiloto (Dorado, invertido) de un plan para imponer la paz de los vencidos a la resistencia campesina revolucionaria que participa de La Mesa de La Habana.

Por supuesto, no se trata de algo nuevo. Desde el 2011, el Jefe de la Casa de Nariño, al iniciar conversaciones reservadas, y posteriormente al oficializarlas con la Mesa y Agenda temática, con delegados de la insurgencia, siempre tuvo en mente la paz simulada (Baudillar), la paz expres, la paz neoliberal, la paz geopolitica (de las multinacionales y contra Venezuela bolivariana), la paz de la cárcel y la paz de las tumbas, en este caso mediante un golpe de mano (Tamil y Fujimori), en eso repite el modelo de Pastrana. En resumen, su premisa era la derrota y exterminio de las guerrillas revolucionarias para hacer prevalecer el dominio a perpetuidad de la oligarquía y el imperio global.

Como experto tahúr de póker, últimamente colocó cartas para dar la sensación de sensatez en las conversaciones, autorizando encuentros en Cuba entre las Farc y el Eln, suspendiendo el uso del glifosato y reiterando su continuidad en La Mesa, pese a los hechos del Cauca.

Pero, atendiendo las demandas del uribismo y los militares de la cúpula, afectos a este, dio vía libre a las acciones de la Fuerza Aérea contra los campamentos guerrilleros en Guapi y Segovia.

Algunos dicen que la paz saltó a la pacificación violenta, como si esa no hubiese sido la intención primordial inicial. La pacificación violenta de los rebeldes siempre ha sido la regla de las capas dominantes en la historia de Colombia. Lo fue en la sangrienta conquista española de la civilización indígena durante los siglos XVI y XVII, hasta que lo alcanzaron mediante una muy bien organizada red de fuertes militares por todo el territorio colonial (Girón, Cartago, Popayán, Pamplona, San Faustino, Santa Fe, Caloto etc); lo fue con la insurección comunera del siglo XVIII, vilmente masacrada; lo fue con la pacificación de Morillo para decapitar a los patriotas de la revolución de 1810; lo fue con la regeneración conservadora de Nuñez para degollar a los liberales radicales; lo fue con la masacre de las bananeras; lo fue con el magnicidio de Gaitán; lo fue con el paramilitarismo.

Claramente el proceso de paz está en un momento bastante difícil. La paz en medio del conflicto no es viable, lo previsible es que el proceso adquiera mayor lentitud hasta su extinción. Pensar que a punta de contragolpes –y de simulacros con acuerdos a medias en el tema de victimas–, las cosas se arreglaran, es delirante.

Cierro señalando que el regreso de Santos al uribismo para imponer, conjuntamente, en La Habana la “paz expres neoliberal de la cárcel y los sepulcros” es un reflejo de la crisis orgánica generalizada que atraviesa Colombia en la actual coyuntura.

El Santouribismo hace estos ajuste pensando en las elecciones locales del 25 de octubre, que el actual jefe de gobierno quiere controlar renunciando a las promesas iniciales de su revolución pasiva. Teme el triunfo total de las huestes de la parapolítica del Centro Democrático y la cuenta de cobro correspondiente.

Desde luego, ese es un lado del asunto. En el ambiente de los diálogos de La Habana, ha surgido en el país un apreciable movimiento social que ha desarrollado y ampliado su subjetividad con los asuntos de la agenda tratada en la Mesa de conversaciones.

Dicho movimiento social es plural y diverso. No es homogéneo, parece coincidir en la idea de la realización de una Asamblea Nacional Constituyente como formula extraordinaria para corregir el estancamiento de la dinámica progresista perfilada en los años recientes.

Hay que procurar la coincidencia entre esa movilización popular y el recurso del poder constituyente sin sobredimensionar sus alcances y objetivos, para no forzarla.

Pretender a rajatabla una desmovilización de las guerrillas es un camino cargado de inconsistencias. Es abrir más heridas en la sociedad porque sus benefactores asumirán que tienen vía libre para disponer a su antojo capitalista de los derechos esenciales de millones de colombianos.

Puede ser que el guerrerismo militarista se imponga con la destrucción de la Mesa de diálogos. como parece ser la convicción de los señores Santos y Uribe al día de hoy, pero eso solo logrará que las Farc regresen a su condición anterior de beligerancia y combate, que es la misma en la que está el ELN, de quien muchas veces se ha dicho está a punto de una fulminante extinción.

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